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La vida en Barra, Gambia, punto de salida de migrantes hacia Canarias: “Con lo que gano aquí al día, no puedo ni comprar un plato de arroz”

Katy muestra la foto de su nieto en la que aparece una imagen más pequeña de su hija Yoyo fallecida en Mauritania intentando llegar a Canarias.

Alicia Justo

Barra (Gambia) —
25 de julio de 2026 21:47 h (Hora canaria)

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En Barra, Gambia, el trasiego de personas que van o regresan a Banjul, la capital del país, en uno de los ferris que salen cada pocos minutos y que atraviesan los casi cinco kilómetros que las separa, es imparable. Sin embargo, detrás de ese bullicio hay otro más sutil y silencioso. En el barrio trasero al puerto, detrás de esas paredes que aún no están alicatadas, se esconde el rumor de la migración. En esta ciudad de casi 6.000 habitantes, separada de la capital por el río Gambia, viven las familias de aquellos que llegaron a Europa, los que perdieron a un ser querido, los que lo intentaron y los que aún mantienen la esperanza de embarcarse hacia Canarias.

De Barra han salido una gran parte de los cayucos que han llegado a Canarias en el último año y en 2025. La intensificación de los controles en Senegal y Mauritania ha desplazado las salidas de la ruta atlántica hacia el sur y ha hecho que Gambia se convierta en un foco importante de partida. Aunque también se producen salidas desde otras localidades como Djinak, unos kilómetros al norte de Barra, de Tanjeh, Kartong o Batokunkula, hasta el momento, Barra sigue siendo un punto de partida muy activo, como detalla Ebrima Drammeh, un activista y defensor de derechos humanos gambiano que hace un registro en sus redes sociales de las embarcaciones que han naufragado o llegado a Canarias.

Según puntualiza, “el cambio en los puntos de partida refleja la constante adaptación de las redes de tráfico de personas al aumento de la vigilancia a lo largo de la ruta”. Al mismo tiempo, incide que aunque algunas embarcaciones consiguen llegar a Canarias después de semanas de travesía, otras muchas desaparecen sin dejar rastro, naufragan o solicitan rescate: “Esto pone de manifiesto la persistente crisis humanitaria en la ruta migratoria del Atlántico”, subraya.

Barra (Gambia).

Katy es una mujer de 50 años que ha vivido en el interior de su casa, rodeada de columnas de inspiración romana, los sentimientos más extremos que puede dejar la migración. Uno de sus hijos consiguió llegar a Canarias y ahora vive en Almería, mientras que una hija falleció durante el trayecto. Se llamaba Yoyo, tenía 22 años y un hijo de tres. “El día que recibí la noticia me quedé sin movilidad en las piernas. Mi familia tenía que ayudarme para caminar”, confiesa. Ese día, en 2019, recuerda que uno de sus hijos recibió una llamada y se sentó en uno de los sofás del salón atendiendo con mucha atención lo que le decían al otro lado del teléfono. “Vi a mi hijo llorar y empecé a preguntarle `¿qué ha pasado?, ¿qué ha pasado?´ y ya me dijo que un amigo suyo, cuyo hermano estaba en el cayuco, le estaba contando que mi hija había muerto”, señala.

El naufragio ocurrió en Mauritania y, según revela, sólo ha podido saber de la muerte de su hija por los supervivientes de la embarcación. Los cuerpos de los migrantes fallecidos, alrededor de una veintena, permanecen en un cementerio de Nuakchot. Como Yoyo, muchos de sus compañeros de travesía eran de Barra, de donde salió la embarcación. Y como muchos de ellos, la joven se marchó porque no encontraba trabajo y tenía un hijo al que cuidar. Con el dolor de una madre que pierde a su hija, Katy ha tenido que salir adelante por su nieto y sus otros tres hijos. Su marido trabaja en la construcción y ella vende frutas y agua en la calle. En Gambia, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el salario medio legal es de 16 euros. Y, tal y como indica Katy, los gastos medios por día, solo en comida, son de 600 dalasis, unos 7 euros al cambio. Aunque ha podido mejorar ligeramente gracias al dinero que le envía su hijo desde España, que trabaja recogiendo fruta, el día a día se hace cuesta arriba.

“No puedo comprar ni un plato de arroz”

Las historias de naufragios en Barra no son aisladas. Es normal conocer a alguien que ha fallecido o que ha sobrevivido a esta ruta. Sin embargo, esto no desalienta a algunos jóvenes que consideran que permanecer en Barra es una lucha imposible debido a la disparidad entre lo que uno gana y el coste de la vida. Wally tiene 23 años y escucha con atención a Katy mientras relata con dolor la historia de la muerte de su hija. Ya ha intentado partir a España en dos ocasiones, pero ha dado media vuelta a la altura de Mauritania debido a las malas condiciones del mar. Sin embargo, apunta con mucha seguridad que lo volvería a intentar: “Con lo que gano aquí al día, no puedo ni comprar un plato de arroz”, confiesa.

Wally confiesa su deseo firme de partir a Canarias para poder ayudar económicamente a sus padres y sus cinco hermanos.

Wally trabaja como pescador con una pequeña piragua alquilada, con la que gana al día 200 o 300 dalasis (2-3 euros al cambio). De hecho este día no ha salido a faenar, ya que no puede permitirse ni salir a pescar cada día. Se lamenta de que, aparte de la comida, les cuesta pagar la electricidad, ya que los contadores de luz se recargan según la disponibilidad económica que tiene la familia en ese momento, y que puede ser para unos días, unas semanas o un mes. Sus padres son mayores y tiene cinco hermanos, de los que él es el mayor, por eso debe contribuir económicamente para ayudar a su familia: “Vengo de una familia muy pobre y lo único que quiero es ayudar a mis padres”, apunta.

Las experiencias de trabajo en Europa y las mejoras económicas que traen de vuelta los gambianos que han llegado, impulsa a muchos a querer salir. “ Ves a tus compañeros que se van, que cambian sus vidas, que ayudan a sus padres, les construyen casas, les pagan la renta. Y tú aquí mientras la gente te dice que por qué tú no haces lo mismo”, relata Modou Lamine. Este peluquero de 36 años es el reflejo de una perseverancia que a punto ha estado de costarle la vida. Ha intentado llegar a Canarias cinco veces. La última en mayo de 2025. “Sufrí mucho en este viaje. Después de estar nueve días en la misma posición, no podía caminar. Estuve tres meses sentado. Todo mi cuerpo estaba lleno de dolor”, rememora.

Modou Lamine, en su peluquería, cuenta que ha intentando llegar a Canarias en cinco ocasiones. La última le dejó secuelas en su cuerpo.

Salvo en una ocasión que salió desde Senegal, el resto de partidas cuenta que las ha hecho desde Barra. Lo ha intentado tantas veces que ha vivido muchos episodios traumáticos. En Mauritania la policía los detuvo durante una semana y, según su relato, “sufrió mucho” y no les dieron comida ni bebida, estuvo en el vuelco de una patera cerca de Nuakchot, donde ayudó a rescatar a varias personas, ha visto en el mar los cuerpos de gente conocida y ha presenciado los efectos delirantes provocados por la falta de sueño durante el viaje. “Lo que he visto es inimaginable. A veces, por la noche, ni siquiera puedes abrir los ojos y mirar a la gente. Porque lo que ves a tu alrededor es aterrador”, revela.

A pesar de este dolor, en el interior de algunas casas de Barra pervive el deseo de partir. Aunque muchos gambianos se han aventurado a llegar a Europa desde Barra, a esta localidad se trasladan también migrantes de otros países de África, como Guinea Bissau, Senegal o Sierra Leona.

Hawa, Mayabi y Ena, son tres jóvenes guineanas que se encuentran a la espera de poder viajar hacia Canarias. Dos de ellas migran con sus hijas pequeñas, ya han estado antes en Senegal y todas han sido detenidas en algún momento por las autoridades gambianas. “Lo único que quiero es salir de la pobreza”, recalca Ena, de 19 años. Por su parte, Hawa cuenta su historia mientras su hija de cuatro años revolotea a su alrededor. Llegó hace seis meses a Gambia, está casada y su primera hija falleció después de que la familia de su marido le practicara la mutilación genital femenina. “Tras eso, cogí a mi segunda hija y me vine para que no le sucediera eso, ya que querían hacerle lo mismo a ella”, asegura.

Hawa, Mayabi y Ena esperan en Barra poder embarcarse hacia Canarias. Han migrado solas con sus hijos pequeños desde Guinea Conakry.

Lo ha intentado en dos ocasiones desde Djinak, Gambia. La primera ocasión estuvieron ocho días en alta mar sin moverse hasta que la policía los detuvo: “Perdí 300.000 francos CFA (457 euros). Se comieron nuestro dinero”, indica enfadada. En un segundo intento, su barco sufrió una avería frente a Mauritania debido al fuerte viento y al agua. “Tuvimos que ir hacia la costa, hasta que la marina nos detuvo. Después nos dejaron allí tres días”, cuenta. Tras este episodio, relata que regresó a Gambia y que ahora trabaja como empleada de hogar de manera esporádica para ganar algo de dinero con el que pagar la comida, el alquiler y, quizá, en un futuro poder viajar de nuevo: “Mi objetivo es poder llegar a Europa. Tengo miedo de volver a mi casa, porque si lo hago, lo que le hicieron a mi hija la mayor, se lo harán a la otra”, confiesa.

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