Binta llegó a Canarias desde Senegal persiguiendo el viento: “Quería mis propias alas para poder volar y decidir sobre mi cuerpo”

Binta en Teror, el municipio de Gran Canaria donde reside con su familia de acogida. Foto: Alicia Justo

Alicia Justo

Las Palmas de Gran Canaria —

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En Colibantang el viento levanta la arena roja de sus caminos. En este pueblo de Senegal, el aire le llega en forma de susurro a Binta, una niña que aún no lo sabe, pero que estará destinada a dejar a su familia y su pueblo en busca de un futuro mejor. Para ello, hará como otros muchos jóvenes del país y pondrá rumbo a Europa. Mientras, en su pueblo, muchas otras niñas la mirarán como una referente. Finalmente, Binta consigue llegar a Canarias, comienza una nueva vida como menor tutelada en Gran Canaria y decide con 15 años poner por escrito todo lo que vivió antes de salir, sus sueños, sus tristezas y su aprendizaje. En La hija del viento, Binta cuenta a través de textos en prosa y verso las vivencias de una niña de Senegal que decidió romper con lo que se esperaba de ella: “Yo quiero tener mis propias alas para poder volar, para poder ser libre y decidir sobre mi cuerpo. En mi casa eso es casi imposible de conseguir, de poder vivir libre siendo niña, siendo mujer”, detalla.

Binta se crió en una casa de una familia numerosa, con ocho hermanos por parte de padre y siete por parte de madre y posteriormente, los hijos de algunos de ellos. Aunque fue a la escuela coránica, recuerda que no pudo ir al colegio para aprender a leer y a escribir y que gracias a una prima francesa, pudo tener algunos conocimientos sobre escritura y lectura. Su vida transcurría en la tranquilidad y monotonía de un pueblo del interior de Senegal, donde miraba a los niños jugar al fútbol y a ella se le encendía la chispa de la ilusión. Sin embargo, esto no era lo que se esperaba de ella. “Mi sueño siempre ha sido ser futbolista, y en mi pueblo era casi imposible jugar a la pelota siendo mujer. Esta es una de las cosas que me ayudó mucho a llegar aquí”. Rememora los momentos en los se unía a otros niños para jugar a la pelota pero se reían de ella. Su madre, cuenta, no decía nada “pero su mirada lo decía todo”, apunta.

Binta en Teror, el municipio de Gran Canaria donde reside con su familia de acogida. Foto: Alicia Justo

Binta sabía desde pequeña que su futuro no sería muy diferente al de sus hermanas mayores. Todas fueron casadas muy jóvenes, se encargan de llevar sus casas y ya son madres. “Decidí irme para no acabar como mi hermana, que cumplió 26 años el mes pasado y ya tiene cinco hijos. Yo veo eso un poco absurdo para mí, porque yo no quería vivir eso, yo tenía un pensamiento diferente”, recalca. Todas sus reflexiones siempre las guardó para ella. Binta confiesa que desde muy pequeña aprendió a callar y a observar: “Cuando yo era muy pequeña observaba muchísimas cosas dentro de mi casa y del pueblo, y empezaron esas ideas de irme de casa, porque mi cuerpo necesitaba algo diferente”, comenta.

Yo quiero tener mi propias alas para poder volar, para poder ser libre y decidir sobre mi cuerpo

Binta

Binta se marchó de casa en 2023. Primero fue hasta la ciudad de Thies y después a Mbour, una localidad costera de Senegal desde donde parten muchos cayucos. Cogió la patera una noche sin luna, como relata en su libro. Era la única niña. Durante diez días, el miedo y la esperanza calaron sus huesos. Hasta que llegó en noviembre de ese mismo año a Tenerife, donde estuvo tres meses en un centro de menores y la trasladaron a Teror, en Gran Canaria. En las páginas de su libro, menciona que durante el trayecto vio morir a compañeros. De ahí, que confiese que los peores momentos que ha vivido en Canarias son las noches en vela recordando las mismas noches que pasó en la patera. “Muchos compañeros han sufrido, otros se quedaron allí. Eso no podía olvidarlo y tenía la cabeza muy pesada. Y aunque tenía mucha gente que me ayudaba, no he podido conseguir dormir algunas noches pensando en todo lo vivido allí en el mar”, confiesa.

Binta en Teror, el municipio de Gran Canaria donde reside con su familia de acogida. Foto: Alicia Justo

“La familia que me acogió, el mayor regalo que me ha ofrecido la vida”

Binta comenzó pronto a materializar uno de sus sueños. Cuenta que lo primero que dijo después de llegar es que quería jugar al fútbol hasta que la llevaron a un club de otro municipio de Gran Canaria, en Arucas. Allí le enseñaron a patear una pelota y conoció a una chica que sería una persona muy importante en su vida. Gracias a Leyre, ahora Binta tiene una familia de acogida, vive con los padres de su amiga, a quienes ella llama mami y papá. “Primero estuve con Leyre en el mismo club y después en la misma clase. Poco a poco la amistad se convirtió en algo más grande, que es ser mejores amigas y después ser hermanas”, explica.

Se conocieron en el club, pero después se reencontraron en la clase del instituto de Teror donde Binta estudia. Allí Leyre se le acercó para decirle que la conocía, se pusieron a hablar y se sentaron juntas. “Me invitó a su casa porque teníamos que hacer un trabajo y como ella no podía venir al centro, fui a su casa. Después de eso siempre iba con ella, y su madre se encariñó conmigo, y el padre también y decidieron que fuera a vivir con ella”, señala. A diferencia de muchos menores extranjeros que han llegado solos a Canarias y que residen en centros y están tutelados por el gobierno autonómico, la familia de acogida de Binta la ha recibido como una más en su casa, lo que repercute en el bienestar de la niña. “La familia que me acogió, que me abrió sus puertas, ha sido el mayor regalo que me ofreció el mundo, la vida; es mi mayor felicidad porque ahora estoy más tranquila”, indica. Binta continúa con sus estudios y este próximo curso pasará a primero de bachiller, mientras lo compagina con el fútbol. Señala entre risas que es fan del Barça y, como muchas adolescentes, admira a la exjugadora de este equipo, Alexia Putellas: “Ella es mi referente, es la reina y sigo soñando con poder conocerla algún día”.

Binta con su libro 'La hija del viento'. Foto: Alicia Justo

Al mismo tiempo, Binta también escribe y lee mucho. Uno de sus guías ha sido Mario Benedetti, de quien confiesa que ha leído mucho, y de quien tiene sus libros. Los poemas del uruguayo le sirvieron para observar la estructura y poder crear ella sus versos. Mediante estos textos, Binta quiso poner por escrito todas esas ideas que llenaban su cabeza y las cuales nunca había dejado escapar. “El libro nació cuando decidí no callar más y de querer expresarme de otra forma, porque me costaba un montón poder mirar a la cara y explicar lo que realmente siento”. Además, señala que este libro también tiene el objetivo de que la gente pueda conocer “la vida real de una niña africana, de una mujer, de una migrante”, detalla.

En Colibantang, cuenta que tampoco le dan tanta importancia a que haya podido escribir un libro, pero su madre sí está contenta. “Ella me dijo que está feliz si yo estoy bien. Al saber que yo estoy bien, que he podido conseguir algo bueno, porque le envié las fotos y los vídeos que hemos hecho en la presentación en Casa África, pues, se quedó muy contenta”. Sus otras seguidoras son las niñas del pueblo, para quien Binta es una referente. Ella confiesa que no busca ser un modelo a seguir mientras no consiga su objetivo: “Lo que quiero es poder cambiar la mentalidad de esa gente, de los padres que casan a las niñas temprano y que las niñas vean que pueden hacer algo más que ser mujeres de casa, que levantarse, barrer, fregar, lavar, dar a luz y ya está”, subraya. A ella fue el viento, de lo cual sentía que le decía que su vida podía ser de otra manera y el que la llevó hasta aquí: “Desde pequeña yo pensaba que era el viento que me susurraba que me fuera, que me tenía que ir. Por eso, básicamente el viento simboliza para mí la libertad, ser libre”, concluye.

Poema La hija del viento sueña

Después del vuelo, el sueño.

Después de soltar cadenas, la mirada se eleva

y toca estrellas que antes no sabía nombrar.

Soy la hija del viento que sueña

con cielos abiertos y mares en calma,

con palabras que se posan como pájaros

en la rama de mi pecho.

Sueño para volver a mí,

para acariciar a la niña que fui,

para decirle que ahora puede cerrar los ojos

sin miedo a la oscuridad.

(..)

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