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San Juan de la Peña: memoria, románico y siglos de lucha contra el fuego

Claustro de San Juan de la Peña.

José María Sadia

14 de agosto de 2026 21:25 h

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Cuando a mediados del siglo XIX, el historiador José María Quadrado ascendía hacia el monasterio de San Juan de la Peña (Huesca) por el sendero tradicional que arranca en Santa Cruz de la Serós, tomaba nota de una naturaleza frondosa, agreste, casi salvaje. La ascensión —un camino de unos tres kilómetros y medio, con un desnivel de más de 400 metros— merecía el esfuerzo. Tanto, que se había convertido en etapa obligatoria para los viajeros románticos que recorrían el país, buscando los vestigios de un pasado esplendoroso. Al llegar, les aguardaba un espectáculo único: un monasterio medieval incrustado bajo un inmenso abrigo rocoso que le servía de bóveda natural. El litógrafo Francisco Javier Parcerisa, que acompañaba a Quadrado para ilustrar la enciclopedia Recuerdos y bellezas de España, realizó una serie de dibujos extraordinarios. Sin embargo, no retrataban un monasterio en plenitud: la vegetación se apoderaba de un claustro ya ruinoso. Aquel estado de decadencia era producto del abandono –los monjes se habían mudado al monasterio nuevo, en la parte superior de la montaña–, pero también de una larga historia de incendios. La misma que hoy vuelve a cercarlo.

El incendio forestal de Las Peñas de Riglos, que avanzaba este jueves hacia el enclave donde se encuentran los dos edificios religiosos, obligó a intervenir a miembros de la UME y a los responsables de Patrimonio del Gobierno de Aragón. El objetivo era salvar uno de los símbolos más valiosos del monasterio viejo de San Juan de la Peña: la memoria de Aragón. En las imágenes de la evacuación, se observa cómo los militares se llevan varias urnas de cristal repletas de huesos y las introducen en los vehículos para depositarlas en el Museo de Huesca. Para entenderlo, hay que viajar al siglo XI. Todo comenzó con la decisión de un rey: Ramiro I. El primer monarca de Aragón optó por reunir sus restos mortales y los de sus herederos en un panteón real. La necrópolis solo podía tener un emplazamiento: San Juan de la Peña. De esta manera, el linaje de los primeros reyes aragoneses —Ramiro I, su hijo Sancho Ramírez y su nieto Pedro I— cobraría un enorme poder simbólico e identitario. Y a fe que lo consiguió. Nuevos sepulcros se fueron añadiendo al mausoleo y la tradición medieval consagró el lugar como el germen del Reino de Aragón. Actualmente, a San Juan de la Peña se le considera cuna de Aragón y abundan las referencias a la “Covadonga aragonesa”. El Panteón Real es una de las principales razones por las que cerca de 80.000 personas visitan el lugar cada año.

Detalle de la iglesia prerrománica, situada en la planta subterránea del monasterio.

La otra gran razón para conocer San Juan de la Peña es conocida en el mundo del arte: el legado románico. Y eso que la historia de San Juan de la Peña –recogida en un documento escrito en el siglo XIV– no arranca con el primer arte internacional. Según la crónica, en torno al siglo VIII una comunidad de eremitas que sobrevivieron a la conquista musulmana buscaron la paz entre las rocas del Prepirineo aragonés, donde nacería el monasterio viejo. Quien hoy recorre las estancias de San Juan de la Peña desciende hacia los orígenes del edificio. En el piso subterráneo se encuentra la iglesia prerrománica más importante de Aragón, excavada en la piedra a principios del siglo X. Una inscripción de la época señala el pensamiento de sus fundadores: “Por esta puerta entran los fieles en el cielo si se esfuerzan en unir a la fe los mandamientos de Dios”. En cambio, es otro espacio el que atrae a los amantes del patrimonio. El claustro, una de las grandes joyas del románico español, posee una singularidad prácticamente única en Europa. Su techo no lo construyó ningún ser humano. Lo forma una gigantesca roca que lo protege desde hace un milenio.

Un maestro para San Juan de la Peña

Hay una singularidad más. Una parte de los capiteles alcanza una calidad escultórica extraordinaria. “Cada día estoy más seguro de que existió un maestro en San Juan de la Peña”, afirmaba el investigador José Luis García Lloret años atrás. En 2025, creyó haber resuelto el misterio y lo publicó en un libro. Según su tesis, un artista del sur de Francia, Guillermo de Boclón, llegó a Huesca para trabajar en diferentes templos y dejó en San Juan de la Peña una de sus obras más sobresalientes. Al recorrer el claustro, es posible reconocer los rasgos que definen su estilo: personajes con ojos abultados, cabezas desproporcionadas, barbas voluminosas o profundos pliegues en los ropajes. El efecto resulta sorprendente. Las figuras parecen escapar de la piedra y cobrar vida.

Detalle de uno de los capiteles del claustro de San Juan de la Peña.

El visitante descubrirá otra rareza. El claustro que recorre hoy no es el que vieron los monjes en la Edad Media. Las restauraciones de comienzos del siglo XX recolocaron muchos de sus capiteles y columnas, tratando de devolver a las galerías su aspecto original tras siglos de ruinas y transformaciones. Y cuando la historia se acaba, comienza la leyenda. La planta subterránea, donde se encuentra la iglesia prerrománica, expone una copa. Es la réplica del Santo Grial, el supuesto cáliz que Jesús empleó en la Última Cena. Según la tradición, San Lorenzo envió la reliquia desde Roma a Huesca antes de ser martirizado. Siglos después, durante la conquista musulmana, el objeto habría encontrado refugio en uno de los lugares más inaccesibles del Prepirineo: el monasterio de San Juan de la Peña. Desde allí emprendió un nuevo viaje a Zaragoza y, finalmente, a Valencia, donde el cáliz se conserva hoy en una capilla de la catedral.

Litografía de San Juan de la Peña, obra de Francisco Javier Parcerisa (siglo XIX).

Ese pasado –el histórico, el artístico y el legendario– es el que ahora amenaza el fuego. No es la primera vez que las llamas ponen a prueba el monasterio. San Juan de la Peña ya se tuvo que enfrentar a sucesivos incendios en los siglos XIV, XV y XVII. La consecuencia fue el traslado de la comunidad religiosa a otro monasterio –menos bello, pero más funcional– en la pradera ubicada en la parte superior de la peña. Aun así, el monasterio sobrevivió. Quizá por eso todavía cabe la esperanza de que vuelva a hacerlo ahora.

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