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Los Mundiales soñados

Harry Kane, durante una pausa en su partido contra Croacia, el pasado 17 de junio.
23 de junio de 2026 22:35 h

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Es una lástima que la Copa Mundial de fútbol se dispute este año en el Amerikastán de Donald Trump, además de en Canadá y en México. Pero no es una novedad. La FIFA parece sentir una cierta atracción por los regímenes inquietantes, o directamente repulsivos. Nos vienen a la mente los casos recientes de Rusia (2018) y Catar (2022). Y el de la dictadura de Jorge Videla en Argentina (1978). Recordamos menos, por lejano, el Mundial fascista de la Italia de Mussolini (1934). Y tendemos a olvidar que el México de 1970 había sufrido, sólo dos años antes, la espantosa matanza de estudiantes y obreros en Tlatelolco, con 300 o 400 muertos. Nunca se sabrá el número exacto de cadáveres, lo que da idea de cómo funcionaba el régimen de Gustavo Díaz Ordaz. Y olvidamos también que en la España de 1982, sacudida por el terrorismo, la policía, el ejército y la judicatura seguían siendo mayoritariamente franquistas.

En fin, nada nuevo. Como advertía el tango “Cambalache”, “el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”. Siempre queda el refugio de los Mundiales soñados. El más célebre de ellos, sin duda, es el de Patagonia en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial. Parece seguro que en aquel lugar del sur remoto se jugaron partidos con jugadores locales (mayormente mapuches) y extranjeros (se construían presas y carreteras y había técnicos y obreros de distintas procedencias, incluyendo la Alemania nazi). El resto lo puso la imaginación de Osvaldo Soriano en su relato “El hijo de Butch Cassidy”. Según Soriano, la final se jugó “en un domingo gris que la historia no recuerda”. El árbitro fue William Cassidy, hijo de Butch Cassidy, que con su compañero Sundance Kid y la amante de ambos, Edna, vivió en Patagonia, o eso dice la leyenda, antes del acribillamiento en Bolivia (véase la película Dos hombres y un destino). Se enfrentaron en la final la selección mapuche y la alemana, Adolf Hitler pronunció por vía telefónica un discurso lleno de racismo y arrogancia y, gracias a ciertos recursos mágicos, ganaron los locales.

Otro Mundial soñado es el de Alfredo di Stéfano. Existe un cierto consenso en que los mejores futbolistas de todos los tiempos son Pelé, Maradona y Messi. Ahí, sin embargo, falta el cuarto hombre. El que jugó antes de las retransmisiones televisivas en directo, el que apenas dejó partidos filmados, el que no llegó a participar en ningún Mundial. Ese que Pelé, Maradona, Charlton, Beckenbauer y Cruyff coincidieron en señalar como “el mejor”. Un futbolista tan completo que hoy aún no sabemos en qué posición jugaba exactamente. En 1950, Di Stéfano tenía 24 años y era la estrella de Los Millonarios de Bogotá, el mejor equipo del planeta según las crónicas de la época. Podía haber acudido con la selección argentina al famoso Mundial de Brasil, el del “Maracanazo”. Ocurrió que los dirigentes deportivos argentinos, en pleno conflicto sindical con sus futbolistas (el general Juan Domingo Perón impuso en 1948 un tope salarial), renunciaron al torneo de la forma más estúpida.

La ausencia se repitió en Suiza-1954, cuando Di Stéfano, con 28 años, llegaba a la plenitud. Ya jugaba en el Real Madrid y estaba nacionalizándose español, pero los trámites se alargaron y no fue incluido en su nueva selección, la española, que no logró clasificarse. Lo mismo ocurrió en Suecia-1958. España sí logró llegar a Chile-1962, pero Di Stéfano, con 36 años, se lesionó antes del torneo. Creo que Di Stéfano pudo haber ganado casi en solitario para Argentina el Mundial de 1950, como se dice (un poco injustamente, ¿verdad, Valdano?) que lo hizo Maradona en 1986. El caso es que habría tenido compañeros tan buenos como Pedernera, Pontoni o Rossi. Quizá hoy hablaríamos del

“Distefanazo” en lugar del “Maracanazo”. No ocurrió. Lástima.

El Mundial que se celebra estos días permite, sin embargo, olfatear un cierto aroma de Di Stéfano. Si es cierto lo que cuentan quienes tuvieron la suerte de ver jugar al gran Alfredo, el inglés Harry Kane, que inicia la jugada, la convierte en peligrosa y llega a tiempo de rematarla, funciona de manera similar. Kane no tiene la mala leche de Di Stéfano, ni su regate seco, ni su facilidad para hacer “bicicletas” en carrera. En resumen, no es Di Stéfano. Pero se le parece. Eso es motivo suficiente para no perderle de vista.

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