La “civilización” del fútbol
¿Qué es la civilización? La pregunta suele responderse de dos formas: o bien el conjunto de cultura, normas y costumbres que definen una sociedad humana, o bien las ventajas materiales y sociales que caracterizan a las sociedades más avanzadas.
De una forma más pragmática, y atendiendo a la evolución reciente de la humanidad, podemos afirmar que la “civilización” (una palabra tan polisémica y ponzoñosa como “progreso”) es inseparable de la concentración del poder en unas pocas manos.
(Tengan un poco de paciencia: enseguida llegamos al fútbol). Decimos con cierta complacencia, por ejemplo, que no puede existir un sistema democrático sin que el Estado ostente el monopolio de la violencia (es la comúnmente aceptada tesis de Max Weber). Y aceptamos como inevitable, o al menos como poco destructiva para el tejido social, la corrupción “de arriba”, la generada por la colusión entre el Estado y el poder económico privado.
¿Quieren ejemplos? Ahí va uno “de arriba”: el rescate de la banca española a costa del contribuyente. No pasa nada. Seguimos con nuestras vidas. En cambio, la violencia y la corrupción “de abajo” alteran lo que llamamos “paz social”: eso ocurre cuando abundan las bandas dedicadas al secuestro y la extorsión y cuando el guardia de tráfico o el funcionario de la ventanilla te exigen un soborno.
El Mundial de 1974, en la República Federal de Alemania, marcó el momento en que el fútbol empezó a “civilizarse”. El brasileño Joao Havelange acababa de alcanzar la presidencia de la FIFA y abrió el torneo al gran dinero: exclusivas de retransmisión televisiva, patrocinios, publicidad, mercadeo en la elección de la sede y corrupción salvaje, pero concentrada en pocas manos. En fin, el fútbol que conocemos hoy. Según la Fiscalía suiza, Havelange cobró unos 40 millones de euros en sobornos durante sus 24 años de mandato.
En aquel Mundial de 1974 seguía vivo, sin embargo, el fútbol “sin civilizar”. Y se dio el “caso Gadocha”. Paso a contarlo según lo reconstruyó el gran periodista argentino Andrés Burgo. Polonia tenía entonces una selección formidable, posiblemente la que mejor jugaba. En su primer partido venció 3-2 a Argentina y en el segundo, 7-0 a Haití. Como Italia y Argentina empataron a un gol, el destino de los argentinos dependía de que Polonia (ya clasificada) ganara a Italia y de que Argentina ganara a Haití por tres goles o más.
Un periodista argentino, Héctor Vega Onesime, se encontró con un futbolista polaco, Robert Gadocha, deslumbrante extremo izquierdo de su selección. A Gadocha le acompañaba otro argentino, Iggy Bocwinski, gerente de las aerolíneas estadounidenses Pan-Am en la entonces comunista Varsovia. Charlaron y Gadocha acabó sugiriendo que él y sus compañeros estaban dispuestos a aceptar “incentivos”.
El periodista trasladó la sugerencia a la selección argentina. Enrique Wolff, lateral derecho que tras el Mundial jugó en Las Palmas y Real Madrid, explicó años más tarde lo ocurrido: “Cada uno de los jugadores pagamos mil dólares. Lo más gracioso fue que había muchachos que no tenían dinero para pagar a Polonia y lo puso la AFA [Federación Argentina], pero después se lo descontó de los premios”.
En total, los futbolistas argentinos reunieron 25.000 dólares. Y se los entregaron a Gadocha. La selección polaca cumplió: jugaron todos los titulares y en el descanso ganaba a Italia por 2-0. Fue precisamente en el descanso, según contó el central Wladyslaw Zmuda en su autobiografía, cuando apareció en el vestuario polaco Italo Allodi, vicepresidente de la Federación italiana, con una maleta llena de dólares.
¿Qué pasó con esa maleta? Zmuda dejó la cuestión en el aire, aunque lo más probable es que los dólares se repartieran en el vestuario. Italia no logró remontar, perdió 2-1 y fue eliminada. Más curioso es lo ocurrido con los 25.000 dólares argentinos. Según Bocwinski, Gadocha no dijo nada a sus compañeros y se quedó con la pasta.
En 1982, Grzegorz Lato, extremo derecho de Polonia en 1974 y máximo goleador de aquel Mundial, coincidió en el Atlante de México con el argentino Rubén Ayala (seis temporadas en el Atlético de Madrid). Por curiosidad, Ayala le preguntó a Lato por los 25.000 dólares. Lato quedó sorprendido y telefoneó a Gadocha, que entonces jugaba en Chicago. Gadocha no respondió a la llamada. Al parecer, nunca más quiso saber nada de sus antiguos compañeros de selección.
¿Notan la diferencia entre la corrupción “de arriba” y la “de abajo”? Hoy, ninguno de esos futbolistas que viajan en avión privado se dignaría a aceptar (supongo) como soborno unos cuantos fajos de dólares. En cambio, hoy no se designaría una sede (o varias, que dan más dinero) sin contratos armamentísticos previos, sin acuerdos multimillonarios entre empresas, políticos y monarquías petroleras y sin premios de la paz a Donald Trump.
El fútbol se ha “civilizado” tanto como el mundo.
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