La viña en Canarias está en horas bajas, pero un grupo de viticultores cree haber encontrado una salida bajo sus pies
A la sombra de unos aguacateros, Pedro Reyes, de 54 años, se toma un descanso mientras limpia su finca ubicada en Tegueste, en el noreste de Tenerife. La parcela, dedicada principalmente al cultivo de la vid, es una herencia de su padre, que perteneció a “la generación del químico”: aquella que apostó por la aplicación de fertilizantes y productos fitosanitarios día sí y día también para aumentar la producción y reducir el trabajo en el campo.
Pero ese uso masivo de químicos dejó los suelos “muy pobres”, dice Reyes, incluso “quemados”. Hasta que un amigo le habló de la viticultura regenerativa, una forma de cultivar que apuesta por no labrar la tierra y devuelve la vida al suelo.
Para ello, esta práctica crea cubiertas vegetales y aumenta la materia orgánica, favoreciendo la actividad de insectos y microorganismos que ayudan a recuperar el equilibrio natural del terreno y al control de plagas. Unos suelos más vivos son también capaces de retener mejor el agua, fortalecer la resistencia de las viñas y almacenar más carbono, contribuyendo así a mitigar el cambio climático causado por la quema de combustibles fósiles (gas, carbón y petróleo).
“Se trata de devolverles la vida a los suelos. Y, a partir de ahí, todo cambia. Ves salud, cada vez más salud. Hasta las ciruelas del ciruelo que tengo ahí abajo son más sabrosas. Al final encuentras un equilibrio que se mantiene solo”, resume Reyes.
Desde principios de este año, Reyes forma parte de la Asociación de Viticultura y Agricultura Regenerativa de Tegueste (AVARTE), una iniciativa que busca impulsar estas prácticas en Canarias en un momento en el que el sector primario atraviesa una profunda crisis y el cultivo de la vid, en concreto, está en horas bajas.
La producción de uva alcanzó en 2024 las 10.828 toneladas, según el Instituto Canario de Estadística (ISTAC), la cifra más baja desde 2016. La superficie cultivada, por su parte, lleva años estabilizada entre las 6.000 y las 8.000 hectáreas, muy lejos de las cerca de 19.000 que llegó a ocupar a principios de siglo.
En Tenerife, el retroceso es todavía más evidente. En 2024 se recogieron 6.374 toneladas de uva, el segundo peor dato de la serie histórica, solo superado por las 6.312 toneladas de 2023. La superficie cultivada, por su parte, ha caído de más de 11.600 hectáreas en 2007 a apenas 3.380 en 2024. “Esto se nos está hundiendo”, lamenta Reyes.
Carlos Alfonso, técnico en Gestión de Recursos Agropecuarios e ingeniero técnico agrícola de la Fundación Canarina, explica que muchos terrenos dedicados al cultivo de la vid están asfixiados por décadas de uso de fertilizantes, herbicidas y plaguicidas. Los suelos se han compactado y, como una suela de zapato, apenas dejan filtrar el agua ni permitir que las raíces respiren.
La escasez crónica de agua en el Archipiélago ha obligado, además, a recurrir al riego con agua depurada en las zonas bajas, introduciendo de forma continuada sales en las parcelas costeras. Alfonso asegura que las analíticas de esas fincas muestran pérdidas de rendimiento de hasta el 50% únicamente por la salinización del suelo.
A ello se suma el laboreo continuo, que rompe la estructura biológica de la tierra, acelera la oxidación de la materia orgánica y libera a la atmósfera el carbono que el suelo debería almacenar. La plaga de la filoxera en julio de 2025 fue el último golpe que necesitaba un sector ya debilitado.
“Mucha gente está viendo que la viña cada vez produce menos uva y que, por lo tanto, el rendimiento por hectárea disminuye”, asegura el presidente de AVARTE, Joaquín Poggio.
Poggio cuenta que hace poco empezó a trabajar una nueva finca de 7.000 metros cuadrados. De ellos, unos 2.000 estaban ocupados por viñas, otros 1.500 habían sido destinados al cultivo de papas y cebollas, aunque llevaban años abandonados, y el resto permanecía en estado natural, sin haber sido cultivado.
La parcela con la “peor calidad” de suelo, hasta el punto de que no le recomiendan ni siquiera cultivar en ella, es precisamente la dedicada a la viña, según Poggio. Él atribuye esta situación al manejo aplicado durante años: “Se hizo una gestión convencional del suelo, utilizando productos químicos que pensábamos que la planta necesitaba. Pero la planta necesita mucho más que solo un fertilizante NPK. He ahí la demostración”, concluye.
Fran Beltrán, fallecida durante la elaboración de este reportaje, compartió con Canarias Ahora un relato similar sobre la finca que tenía en Tegueste, donde también cultivaba viña.
Ella heredó el terreno de su abuelo, que había permanecido décadas sin cultivar, y comenzó a trabajarlo siguiendo el modelo convencional: uso de glifosato (un herbicida) en los alrededores de la finca; aplicación de fungicidas para combatir plagas y enfermedades habituales en Canarias; empleo de fertilizantes para aumentar la producción; y arado y desbroce para mantener el suelo desnudo.
Al cabo de un tiempo, comprobó que ese modelo no estaba funcionando, sino todo lo contrario.
“Me daba cuenta de cómo mi finca iba para atrás. Cada vez necesitaba más agua, el suelo estaba cada vez más seco, sin plantas, sin hierba, solamente malas hierbas, horrorosas, que eran las que resistían a toda la porquería que yo echaba”, relató. “Las plantas sufrían más enfermedades, más hongos… Las primeras cosechas fueron maravillosas. Pero luego empecé a tener un montón que no funcionaban”.
Beltrán decía que, de esta manera, estaba perdiendo en todos los sentidos: producción, dinero (porque cada vez tenía que aplicar más tratamientos químicos a las plantas) y el propio suelo, que se iba deteriorando por el uso de esos productos.
La agricultura convencional (incluida buena parte de la viticultura) también ha contribuido al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. El uso de fertilizantes nitrogenados genera óxido nitroso (N2O), un gas que permanece en la atmósfera durante más de un siglo y cuyo potencial de calentamiento es unas 273 veces superior al del dióxido de carbono (CO2) en un horizonte de cien años.
La agricultura y la ganadería representan, de hecho, el 15,1% de las emisiones de gases de efecto invernadero en España, según el avance del Inventario Nacional de Emisiones a la Atmósfera de 2025. En Canarias, donde el peso del sector primario es menor, la cifra baja hasta el 1,4%.
Puede parecer poco, pero son unas 183.000 toneladas de CO2 equivalente (la unidad de medida que se emplea para este tipo de gases), una cantidad casi tres veces superior a la que genera el sector de la construcción en las Islas (63.000 toneladas).
La viticultura regenerativa busca rebajar esa cifra y convertir el suelo en un aliado frente al cambio climático, generando un impacto positivo de la actividad, en palabras del técnico Carlos Alfonso.
“Es darle la vuelta a la tortilla y empezar a trabajar a favor de la naturaleza, aprovechando la propia actividad biológica del suelo y dejando de depender de insumos externos, que en realidad estaban deteriorando nuestros suelos”, sostiene.
La asociación AVARTE nació en Tenerife con el objetivo de demostrar que restaurar la vida del suelo y reducir la dependencia de los productos químicos no es una utopía ni una postura romántica. Su presidente, Joaquín Poggio, asegura que más de la mitad de sus integrantes son agricultores profesionales que viven de la explotación de sus fincas.
Poggio explica que la agrupación también pretende romper con el aislamiento que tradicionalmente ha caracterizado a la agricultura en Canarias, marcada por el minifundio y la fragmentación de las explotaciones, creando una comunidad activa para compartir conocimientos y técnicas. El objetivo es, además, coordinar compras colectivas, aprovechar recursos de kilómetro cero y elaborar de forma conjunta biofertilizantes líquidos naturales, conocidos como bioles, cuya preparación resulta muy compleja para un agricultor de manera individual.
“La agricultura regenerativa es un modelo que no solo beneficia al medio ambiente, sino que también mejora las condiciones de quienes trabajamos el campo y de nuestras producciones”, remarca.
En el caso de Beltrán, el cambio fue radical: labrar la tierra pasó a estar descartado. El arado deja el suelo desnudo y altera su estructura. En su lugar sembraba trigo, cebada y leguminosas, como las habas, y las desbrozaba antes de que florecieran, dejándolas descomponerse sobre el terreno. Esa cubierta aportaba materia orgánica y favorecía el ciclo natural de los nutrientes.
El acolchado vegetal (mulching, en el argot agrícola) actuaba como una especie de sombrero para el suelo: conservaba la humedad, protegía su vida y reducía la erosión. El agua de lluvia, en lugar de escurrir por la superficie, se infiltraba en la tierra. Para prevenir los hongos recurría a tratamientos tradicionales, como el azufre en polvo y la bentonita. También elaboraba y aplicaba té de compost, un preparado elaborado a partir de compost maduro para incorporar microorganismos beneficiosos al suelo y a las plantas.
Y tuvo paciencia. Mucha paciencia. Porque las parras de uva, explicó, atraviesan al principio una especie de “síndrome de abstinencia” cuando se inicia la transición hacia un manejo regenerativo, mientras el suelo recupera poco a poco su equilibrio.
“Lo que no puedes hacer es cambiar de repente. Tiene que ser paulatino”, insistió. “El campo no es una empresa. El campo tiene su vida, tiene su momento, su tiempo, su clima… Tiene su forma de desarrollarse. Y en tanto que nosotros vayamos en contra de esa realidad mucho más grande que nosotros, fracasaremos. Fracasaremos porque el campo no va a nuestro ritmo”.
Pedro Reyes, por su parte, admite que con la transición hacia la viticultura regenerativa puede haber perdido entre un 10 y un 20% de producción. Pero asegura que ahora sus parras producen racimos de uva “de mucha más calidad”. Y que, si en lugar de sacar 5.000 botellas de su bodega acaba elaborando 1.500, esas “tendrán mucho más valor”.
“Que el producto sea más sano y mejor, casi único. Así es como lo veo yo”, remacha Reyes.
El técnico Carlos Alfonso comparte esa visión. “En territorios pequeños y fragmentados como el nuestro, tenemos que apostar más por la calidad que por la cantidad, porque nunca vamos a poder competir con un vino de La Rioja, por ejemplo, con una producción enorme. En Canarias lo que funciona son las pequeñas cantidades, con valor cultural, diferenciadas… Y respetar el medio ambiente que tenemos mediante un conjunto de prácticas que beneficien a la sociedad y también a los productores”.
Beltrán lo resumía así: “Es importantísimo entender cómo funciona la naturaleza e ir de su mano, no en contra de ella”.
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