Cuando el hotel de al lado te deja sin agua por llenar su piscina: “Es catastrófico, me obliga a cerrar”
Un niño pega la nariz a un mostrador repleto de helado artesanal. Hay más de veinte sabores, pero el pequeño cliente tiene claro qué quiere de merienda.
–¡Papá, pistacho y fresa!
Francesca Basta toma un cucurucho y lo corona con dos bolas –verde y rosa– mientras explica: “Ahora estamos en temporada alta porque nuestra clientela es sobre todo gente local. Como ya hace buen tiempo y apetece un helado, vienen familias enteras. Cuando empieza en serio la temporada turística es más difícil verlas: el padre o la madre está trabajando”. El acento italiano de la heladera está muy matizado porque lleva bastante tiempo en Eivissa. Hace más de una década que cambió los Alpes –es de Varese, muy cerca de la frontera entre la Lombardía y Suiza– por el Mediterráneo. Su negocio está situado dos metros por encima de es Caló des Moro, una caleta en la que termina el casco urbano de Sant Antoni de Portmany.
Este tramo de costa en el que se mezclan vecinos y turistas al caer la tarde porque mira a poniente –la puesta de sol es espectacular– es un territorio abigarrado. Pisos de lujo construidos durante la última década, un edificio de tres bloques que se alzó entre los setenta y los ochenta para alojar a los currantes de hoteles y restaurantes, terrazas donde pinchan electrónica y varios hoteles de distinto tamaño. Todos tienen piscina. Que “tres establecimientos” las llenaran utilizando agua de la red pública provocó un corte en el suministro que afectó a ese bloque de tres edificios en el que Francesca tiene su heladería. Desde las siete de la mañana y hasta las seis de la tarde muchos vecinos se quedaron sin presión. Así lo reconoció a Diario de Ibiza un portavoz de la Sociedad de Fomento Agrícola Castellonense (FACSA), la empresa que controla el abastecimiento y el saneamiento hídricos de este municipio ibicenco.
En declaraciones a ese mismo medio, Josefa Torres, concejala de Medi Ambient, minimizó el problema: “Hubo un pequeño problema de presión durante unas horas. No es algo que suela pasar mucho, pero nos pasa a veces, y más ahora, pues todos los establecimientos hoteleros y comercios de la zona turística empiezan a abrir y se conectan”. Los testimonios de varios residentes que prefieren conservar el anonimato son completamente distintos. “Los grifos se secaron” en unos domicilios donde ya están “acostumbrados” a que el agua corriente mane sin fuerza “por la demanda del turismo”: “Apenas hay presión en los pisos más altos del edificio”. En julio o agosto puede ser una odisea ducharse en la séptima planta.
“El último corte, por suerte, no nos afectó, pero sé muy bien de qué se trata”, cuenta Francesca. “Cogí este local en 2013 y todas las temporadas ocurre dos, tres, cuatro veces. No le veo un patrón, puede pasar en cualquier momento de mayo a septiembre. Para nosotros es catastrófico. Si nos cortan el agua por la noche, lo pierdo todo”. La heladera subraya sus palabras señalando unas tarrinas –tiramisú, limón, chocolates, stracciatella, flaó eivissenc, vainilla– que no tardan mucho más de una hora en derretirse si el sistema de refrigeración –que se alimenta de agua– se detiene.
El único alivio para Francesca es sufrir el corte a plena luz del día. Aunque haga más calor, el contratiempo le pillará dentro del negocio. Entonces, se arremangará y transportará las cubetas de helado hasta una cámara frigorífica donde el producto podrá resistir hasta que vuelva a correr el agua. Lo que no podrá es seguir calmando la gula de sus clientes: “Ese es el problema: si nos cortan el agua, o si baja mucho la presión, tengo que cerrar. Ni puedo servir ni puedo producir helado. Está claro que en verano hay mucho consumo, pero lo que me extraña es que se pongan a rellenar piscinas con agua de la red pública. ¿No estaba prohibido?”
Ese es el problema: si nos cortan el agua, o si baja mucho la presión, tengo que cerrar. Ni puedo servir ni puedo producir helado. Está claro que en verano hay mucho consumo, pero lo que me extraña es que se pongan a rellenar piscinas con agua de la red pública. ¿No estaba prohibido?
Un documento guardado en un cajón
La duda de Francesca tiene diferentes respuestas. Todo depende del lugar de Eivissa en el que se pregunte. Sant Antoni de Portmany carece de reglas que controlen el despilfarro hídrico que provoca vaciar y llenar una piscina. En noviembre de 2024, la Aliança per l’Aigua presentó al Consistorio un borrador sobre el que se podía basar la normativa. Esta organización sin ánimo de lucro trabaja a nivel balear para lograr una gestión sostenible de un recurso tan básico como escaso y, anteriormente, ya había asesorado a los ayuntamientos de Santa Eulària des Riu o Sant Josep de sa Talaia. Allí es obligatorio realizar tratamientos de forma continúa, avisar a los técnicos municipales cada vez que se vacía una piscina y reutilizar el líquido sobrante. Rellenar con agua de la red es motivo de multa.
“Vivimos en una situación de crisis permanente: no se trata de seguir creciendo en infraestructuras, sino de ser más eficientes y aprovechar mejor el recurso. La relación es clara: menos agua y más demanda. Esa combinación nos hace cada vez más vulnerables. No se puede pedir esfuerzo solo a una parte –los residentes– cuando la presión turística sigue aumentando”, razona Juan Calvo Cubero, el científico que dirige la Aliança per l’Aigua.
En la Badia de Portmany la emergencia hídrica es profunda: Sant Antoni –28.000 habitantes, 19.500 plazas turísticas– ha tenido que instalar una segunda desaladora –portátil– porque el sobreconsumo ha esquilmado sus acuíferos. Los vertidos son frecuentes, afectan al ecosistema marino desde hace décadas y obligan a cerrar playas como es Caló des Moro. Sin embargo, el documento que la Aliança per l’Aigua entregó hace un año y medio sigue en un cajón. Los ecologistas lamentan que el Ajuntament de Sant Antoni no haya desarrollado todavía ninguna ordenanza. En el pleno de abril, el PSOE también reclamará que se tomen medidas urgentes. Una de ellas, “sanciones graves para aquellos establecimientos que, por un uso negligente o masivo del agua de red, provoquen un desabastecimiento o la pérdida de presión en los hogares de los vecinos”.
El equipo de gobierno –mayoría absoluta del PP, la formación hegemónica desde finales de los ochenta– ha rechazado realizar declaraciones a elDiario.es. Tampoco ha permitido que hable con este periódico un portavoz de FACSA. La empresa gestiona el servicio municipal de Sant Antoni desde hace siete años –cuando gobernaba un pacto de centroizquierda– tras firmar un contrato que no vencerá hasta 2043. En teoría, la privatización del agua dejará en las arcas públicas 38 millones de euros por los cánones sobre los beneficios que la adjudicataria debe ir abonando.
elDiario.es también se puso en contacto con los tres hoteles que están más cerca de los domicilios afectados por el corte de agua. Sólo uno de los establecimientos contestó, el Hotel & Spa Blau Parc, propiedad de una cadena ibicenca que responde al mismo nombre comercial. “Nosotros no hemos sido causantes de este tema”, explicó Sandra Rodríguez Tur –la directora del complejo– por correo electrónico: “Al revés, cuidamos mucho el gasto de agua y mantenemos las piscinas tratadas todo el invierno y para hacer las reparaciones, pasamos el agua, con bombas, de una piscina a otra para no tirarla. No hemos sufrido cortes, porque trabajamos con una cisterna, lo que también hace que podamos controlar la presión”.
Cubos de agua marina para poder ir al baño
Un perro chico corretea entre cuatro piernas. Son las siete de la tarde cuando Isabel y María vuelven a casa después de dar un paseo junto al mar. Antes de llegar al portal de su casa, estas amigas –que también son vecinas– dejan atrás la terraza de un hotel donde se celebran fiestas cada semana –en ese momento suena con fuerza A Night in the Room, un tema house del productor japonés Yuichi Inoue–; las obras de “unos apartamentos de alto standing en primera línea de mar con piscina y garaje” –eso dice el anuncio de la valla–; la piscina –vacía– de un hotel que aún no ha abierto puertas; una caleta de arena y rocas en la que guiris jóvenes se mezclan con las abuelas que bajan a bañar a los nietos; un gimnasio a reventar; la heladería de Francesca; una cervecería patas arriba: los dueños y un par de currelas se afanan en barnizar la barra y el mobiliario mientras un altavoz portátil reproduce Dogs Days Are Over de Florence and the Machine. La caminata de Isabel y María es un travelling a cámara lenta que anuncia una temporada turística a punto de inaugurarse.
Ellas no le echan cuentas a lo que ven, ya son muchos veranos a sus espaldas, y van hablando de sus cosas en un castellano que no ha perdido su deje sureño pese a que ambas han pasado media vida en la isla. Desde que se construyó, el Jamaica –el edificio de tres bloques que se queda sin agua cuando el turismo tiene sed y las tuberías de Sant Antoni piden auxilio– es una pequeña Andalucía.
–Disculpen, ¿a ustedes les cortaron el agua hace un par de semanas?
Isabel pone cara de póquer, no quiere contestar. Con mucho recelo, María toma la palabra.
–Eso me dijeron algunos vecinos. Yo no me enteré. Estaba trabajando.
–¿Pero es algo raro que les corten el agua o les pasa a menudo?
–¿Que si pasa a menudo? Alguna vez he tenido que bajar para llenar dos cubos con agua de mar. Si no, ni al baño puedo ir. ¡No hay presión en casa!
0