De fracasar como pintor a inventar el sistema de comunicación que revolucionó el siglo XIX: la vida del padre del código Morse

Samuel Morse en una fotografía tomada en 1857.

Andrea Blez

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Un 27 de abril de hace 235 años, en 1791, nacía Samuel Morse, el inventor del sistema de comunicación más sencillo a larga distancia a mediados del siglo XIX, a base de puntos y rayas, y que le dio reconocimiento a nivel mundial al tener diferentes campos de utilización como las comunicaciones, las guerras o el tono de los mensajes SMS de los teléfonos móviles.

Samuel Finley Breese Morse nació en Charlestown, Boston (Estados Unidos) el 27 de abril de 1791 como hijo de un pastor calvinista y geógrafo que desde un comienzo se preocupó y estuvo encima de su educación. De niño su gran vocación fue la pintura, pero también tenía gran interés por los descubrimientos científicos que se producían entonces, así como los experimentos con electricidad que tenían lugar.

Así, estudió en la Universidad de Yale y más tarde se formaría como pintor en Londres. Sus primeros años, Morse los dedicó a la pintura, llegando a ser un retratista reconocido, cofundador y primer presidente de la National Academy of Design en Nueva York en 1826.

El viaje y encuentro que cambió su vida

Fue en 1832 cuando su carrera dio un vuelco, en concreto durante un viaje en barco en el que regresaba de Europa. Allí coincidió con Charles Thomas Jackson, médico e inventor con el que tuvo una conversación sobre electromagnetismo que inspiró a Morse, pues este le dio a conocer los últimos experimentos de André M. Ampère, quien desarrolló el primer telégrafo eléctrico, llamado Galvanómetro.

Fue a través de la charla que tuvo con Jackson cuando Samuel Morse comenzaría a dar los primeros pasos en su mente de un sistema que pudiera moverse a través de un alambre por un impulso eléctrico. Si bien era una idea que ya estaba en marcha, nadie había hecho todavía realidad el código que hacía falta.

En este sentido se ha comentado que fue su vida personal lo que propició su fuerte motivación por crear una manera de acelerar las comunicaciones, pues su primera mujer falleció de forma repentina en 1825 sin que él pudiera llegar a verla antes porque recibió tarde el mensaje mientras trabajaba fuera de casa. Así, tan solo un año después de su conversación en el barco con Jackson, en enero de 1833 realizó su primera demostración pública.

Samuel Morse pasaría varios años perfeccionando tanto su sistema como el telegráfico eléctrico, con más de una década de trabajo obsesivo marcado también por dificultades económicas, competencia con otros inventores y el poco reconocimiento de lo que había desarrollado hasta entonces, sobre todo teniendo en cuenta que no tenía una educación técnica en la materia.

El desarrollo del código Morse y sus últimos años

El momento culminante del código Morse y el telégrafo llegó en 1844, cuando tuvo lugar el primer mensaje telegráfico de forma oficial entre Washington y Baltimore. Tuvo lugar el 1 de mayo de ese año, cuando se difundió la noticia de la nominación del senador Henry Clay como presidenciable, viajando desde Baltimore donde tenía lugar la Convención del partido Republicano hasta la sede presidencial.

Ese mismo 1844 fue cuando también se transmitió el mensaje bíblico a través del telégrafo: “What hath God wrought” (lo que Dios ha creado), una elección que no fue casual porque Morse lo entendía como instrumento de la providencia divina. De hecho, su fe protestante calvinista influyó en su obra, también llevándole a tener posturas polémicas como defensor de la esclavitud y abiertamente contrario a la inmigración, especialmente por el avance del catolicismo en Estados Unidos. Fue a partir de ese 1844 cuando también Samuel Morse entró dentro de batallas legales con Alfred Vail, maquinista e inventor que fue colaborador de la creación del código Morse, que contribuyó de forma significativa y entorno al que todavía hay debate historiográfico al respecto.

A su vez, también estaba buscando el reconocimiento global, lo que obtuvo a través de compensación económica en Europa y después de que se le concedieran finalmente los derechos de su invento por parte de la Corte Suprema de Estados Unidos en 1854. Sus últimos años los vivió como filántropo activo, al financiar universidades y causas religiosas. Murió en Nueva York en 1872 debido a una neumonía a los 81 años, celebrado como uno de los grandes transformadores de la comunicación.

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