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Cien piscinas más cada año: la alegría del cloro se come Ibiza

Joan de Can Pau, frente a la piscina que construyó a principios de siglo XXI para disfrute familiar.

Pablo Sierra del Sol / Marcelo Sastre

Eivissa —
13 de febrero de 2026 22:00 h

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“La piscina –simbólicamente– es alegría. Promete diversión. ¡En las discotecas hay piscinas! El símbolo de la desolación es una piscina vacía. Si aparece una piscina vacía en una peli te están trasladando tristeza. En cambio, verla llena te transmite que habrá niños jugando”. La frase la pronunció –hace unas semanas– Jorge Dioni López, uno de los periodistas que más tiempo ha dedicado a bucear –en profundidad– en qué supone –en términos sociales, económicos, políticos, inmobiliarios– poder chapotear sin salir de casa, ya sea en un recinto privado o compartido con otros miembros de una misma comunidad. El autor de La España de las piscinas estaba en el lugar correcto para hilar esa reflexión. Había viajado –por primera vez– a Eivissa. La meca de la música electrónica –más de un club se hizo famoso hace décadas promocionando fiestas del agua– es también el territorio español donde más piscinas –con y sin licencia– hay: una cada catorce ibicencos. Son 11.435 estanques artificiales, según datos del Catastro. Un puntito azul cada cinco hectáreas dentro de una isla de 571 kilómetros cuadrados azotada por la sequía y el exceso de consumo. 

La cifra no ha dejado de crecer desde que hay registros fiables. Ni siquiera la pandemia o los tres años consecutivos –desde enero de 2023 a diciembre de 2025– que Eivissa ha estado en prealerta porque llovía demasiado poco, demasiado irregular, detuvieron la construcción de piscinas. En la última década, cien más al año. Un hiperconsumo que, además de comprometer la situación de los acuíferos y obligar a más de un ayuntamiento a aplicar restricciones de consumo, ha ido acompañado de más políticas expansionistas –la puesta en marcha de la tercera desaladora de la isla, el proyecto de construir una cuarta– que normas que impongan límites. 

“Hemos llegado a una situación insostenible: no es de recibo que se esté pidiendo una cuarta desaladora y se sigan construyendo piscinas. Hay que trabajar en políticas para reducir la demanda y eso no se puede conseguir aumentando la oferta”, dice Joan Carles Palerm Berrocal. Este biólogo preside la sección ibicenca del Grup d’Estudis de la Natura de les Pitiüses (GEN-GOB), una asociación ecologista que se puso en marcha en 1982. Un año más tarde, George Michael –todavía a dúo con Andrew Ridgeley– se hizo famoso en todo el mundo gracias al videoclip que grabó en una piscina ibicenca: la del hotel Pike’s. Club Tropicana fue el primer éxito de Wham!. Estos jóvenes británicos se mofaban de las vacaciones baratas que se habían puesto de moda entre los chicos y las chicas –cócteles baratos, desfase de madrugada, resaca de mediodía– de su generación. Pero, a la vez, usaban la piscina como fetiche hedonista. Broncearse sobre los pliegues de una colchoneta era el rumbo a seguir. Bien lo sabía otro cliente ochentero del mismo negocio: Julio Iglesias. La imagen del triunfador olía a cloro.

Y es que fueron los ochenta la época en que las piscinas pasaron a formar parte del paisaje insular. Todo nuevo hotel necesitaba la suya. Aquella década terminará en Eivissa con la inauguración de unos parques acuáticos que –curiosamente– el cambio de modelo turístico –de la familia al lujo, del ocio nocturno al diurno– ha convertido en ruinas vivientes –algunos están abandonados– o reconvertido en complejos VIP. Grandes demandantes de agua. “La isla es un sistema autónomo a nivel hidrológico que funciona como una única unidad”, recuerda Palerm, “por eso, cada metro cuadrado sobre el que inciden el sol y el viento está evaporando agua durante los seis meses de más calor”. “Son toneladas y toneladas y toneladas que se pierden. Si se llenan con agua de la red a la que estarán conectadas esas casas, estarán consumiendo agua de desaladora”.

Hemos llegado a una situación insostenible: no es de recibo que se esté pidiendo una cuarta desaladora y se sigan construyendo piscinas. Hay que trabajar en políticas para reducir la demanda y eso no se puede conseguir aumentando la oferta

Joan Carles Palerm Berrocal Grup d’Estudis de la Natura de les Pitiüses (GEN-GOB)

Una ordenanza para ahorrar agua

La ordenanza que el Ajuntament de Santa Eulària des Riu aprobó en verano de 2024 dio un paso en dirección contraria. Quizás porque se trata del término ibicenco donde el número de piscinas –una cada nueve vecinos, hay más de 42.000 personas censadas en uno de los municipios españoles donde más caro es comprar una vivienda– es el más alto de toda la isla. ¿Qué es ahora obligatorio allí? Sistemas de recuperación del líquido sobrante, un máximo de una piscina por hogar –en rústico–, obligación de llamar a los servicios municipales cada vez que se vacía o contadores independientes para calcular el gasto en las que están dentro de los cascos urbanos, donde puede haber una piscina por parcela, excepto en condominios donde las casas compartan tapia: la gatera por la que nuevas promociones regatean la ley. Como Can Dalt. 

La nueva ordenanza de Santa Eulària permite una piscina en rústico como máximo

Esta urbanización cuenta con once piscinas para once casas. Si se fusionaran, sumarían 155 metros cuadrados. La superficie de un ático. Casi la mitad de la capa de agua de una piscina de veinticinco metros. Como la municipal de Santa Eulària, que se encuentra al otro lado de la calle donde se ha construido este complejo de lujo. A Palerm ese modelo le parece un escándalo: “¡Once piscinas para once casas! Es algo que no se puede soportar. Si una urbanización quiere tener piscina, que sea comunitaria”.

Can Dalt es una urbanización cuenta con once piscinas para once casas. Si se fusionaran, serían como la piscina municipal de Santa Eulària, que se encuentra al otro lado de la calle donde se ha construido este complejo de lujo

“El mar para ti: no tienes que ir a la playa para disfrutarlo. Y aumenta el valor de la propiedad”, explica Jorge Dioni López, y prosigue: “Terraferida [entidad ecologista de Mallorca] lo demuestra cuando mapea Mallorca: ¿por qué hay tantas piscinas en sitios que están al lado del mar? Porque es la forma de aumentar el valor inmobiliario, pero también una tentación para quedarte en tu villa y no salir. La playa, en un Estado como España donde todavía es pública –aunque el 30-40% puede ser privada, un tema muy conocido, es uno de los pocos sitios que quedan totalmente democráticos. Plantas tu toalla y tienes que respetar al vecino. Me parece normal que a quien no le guste compartir su espacio con otras personas diga: yo no quiero ir a la playa”.

¿Por qué hay tantas piscinas en sitios que están al lado del mar? Porque es la forma de aumentar el valor inmobiliario, pero también una tentación para quedarte en tu villa y no salir

Jorge Dioni López Autor de 'La España de las piscinas'

Diversión para los nietos

Es imposible no pensar en esos datos y en esas normas –y en la mirada de Jorge Dioni López también– cuando se escucha a Joan Roig Tur explicar la historia de su piscina y de los dos safaretjos que funcionan en Can Pau, los terrenos agrícolas en los que nació y donde sigue viviendo a sus setenta y cinco años. Es –literalmente– el último vecino de Santa Eulària: la finca está justo en el límite occidental del municipio. La piscina la construyó, a los pies del casament del siglo XVIII –la forma ibicenca de possessió, lloc, alqueria, masia o cortijo– que heredó de su padrino, con “una idea muy clara”: “Que la disfrutaran nuestros nietos. La hicimos porque en aquel momento mi mujer y yo teníamos el dinero para construirla, no nos queríamos hipotecar en algo así. Fuimos unos de los primeros vecinos en construir una piscina, y no me arrepiento para nada: aquí, los niños de la familia han disfrutado y disfrutan una barbaridad cuando llega el verano. Vienen de Palma, donde vive mi hija, y se vuelven locos jugando por aquí. Algunos de nuestros mejores recuerdos familiares están alrededor de esta piscina”.

Las cincuenta y cinco toneladas de agua que almacena –y que, según dice él mismo, “nunca se vacían sino” porque se dedica a hacer un mantenimiento semanal, “y sólo una vez salieron algas verdes”– conviven con otras trescientas toneladas que se reparten en dos safaretjos. Tras las lluvias de las últimas semanas, están a tope sin que tenga que sonar la musiquilla que anuncia el arranque del motor eléctrico que acciona el pozo. En las paredes de las albercas, cuando el cemento todavía estaba fresco, el albañil escribió dos fechas. 1939, para el que queda más lejos de la casa, a un kilómetro y poco. 1980, para el que queda a apenas cincuenta metros de la vivienda.

El dueño de la finca señala la fecha de construcción del depósito, la cifra no se ve con claridad, pero él afirma que fue en el 39.
La galería que excavaron el padre y los tíos de Joan de Can Pau para instalar el primer motor de su 'safareig'.

“El safareig más antiguo –explica Joan de Can Pau– lo construyeron mi padre, Pere, y sus dos hermanos, Joan, que era mi padrino, y Pep. Una aventura. Allí, ¿veis?, no hay piedra que sacar. La tuvieron que traer con un carro desde una cantera que queda a un buen rato… y meterla por estos caminos, que no eran mejores que ahora. Como se quedó pequeño, ¿os fijáis?, levantaron el muro para que tuviera más capacidad. Yo recuerdo, de niño, a una mula dando vueltas para sacar el agua: unas acequias la llevaban hasta los cultivos. Y también me acuerdo de cuando pusieron el primer motor de nuestra perforada. Ahora es eléctrico, pero fue de combustible mucho tiempo: ese motor lo conservo, está oxidado pero si lo encendemos aún rodaría. Para conseguir que chupara agua tuvieron que excavar un túnel de catorce metros e instalar el motor. Aquí el acuífero es muy bueno, no tiene nada de sal ni está contaminado, pero también es muy profundo. El agua se saca a casi noventa metros”. Ventajas y desventajas de vivir –prácticamente– en el centro de la isla.

“En el otro safareig –continúa Joan de Can Pau– yo mismo hice de peón de un maestro de obras que contraté. Mi padre ya había faltado. ¿Por qué lo construí? Necesitábamos otro depósito, más cerca de la casa, para aumentar la producción de frutas y verduras que vendíamos en la tienda: la abrieron mis padres, en el sesenta y tantos, y luego la atendió mi mujer, hasta que se jubiló hace unos años y la alquilamos; yo le echaba una mano por las tardes y, además, trabajábamos la finca, claro”. Aunque jubilado –“y con las rodillas operadas”–, sigue subiéndose a un tractor para arar feixes. En unas planta algo de trigo, en otras crecen naranjos y limoneros. 

La casa de Can Pau data de finales del siglo XVIII y está anexa a una tienda que vendió frutas y verduras cultivados en la misma finca.

Agricultura pese al turismo

La biografía de este ibicenco de interior permite entender cómo ha ido cambiando –y adaptándose– la relación de los habitantes de la isla con el turismo y, de rebote, con el agua. Un ejemplo: mientras “cumplía el servicio militar, dieciséis meses en es Polvorí”, un antiguo arsenal que quedaba a pocos kilómetros de su casa, todavía se duchaba a la manera rural. Una regadera sobre una figuera de pic, “la de los higos chumbos”, pastilla de jabón, y a funcionar. Cuando terminó la escuela, Joan de Can Pau se puso a trabajar con su familia. De payés. En la veintena, sin embargo, bajó a Vila. En la capital de la isla condujo un taxi “trece años, hasta 1987”, cuando compró “una grúa” con la que se empleó lejos de casa sin desatender el colmado que durante décadas nutrió –producto fresco, producto en seco, bebidas, pan, bombonas de butano– a “un barrio” de casas diseminadas. Dos mundos opuestos estaban fusionándose. 

Por eso, con la misma precisión con la que nombra las viviendas que rodean a la suya –“Aquí arriba está s’Alqueria, que es muy antigua, aquella de al fondo es Can Lluquí…”– Joan de Can Pau recuerda los nombres de los hoteles que se fueron inaugurando en la costa mientras él conducía un taxi. El mismo invento que –“de niño”: es decir, apenas veinte años antes– había reunido a decenas de familias en la puerta de la iglesia de Santa Gertrudis de Fruitera –la parroquia a la que pertenece su casa– cuando un paisano apareció “con un SEAT 1500 e invitó a bunyols y orelletes”, dulces de fiesta mayor, “a todo el pueblo”. 

“Hasta ese momento no había por aquí más de dos o tres coches: era todo un acontecimiento que hubiera un taxista en el pueblo. Luego todo cambió muy rápido –dice Joan de Can Pau–. Yo algo de mundo he visto y en Eivissa hemos progresado en muchísimas cosas, pero también recuerdo cómo, para nuestros mayores, cada gota de agua era importante. Si se llenaba una tinaja para meterla en la casa, se gastaba lo mínimo porque no sabías cuánto te podía faltar. Ahora, para no sufrir, necesitamos temporadas como esta última: aquí han caído unos 500 litros por metro cuadrado desde el pasado verano”.

En Eivissa hemos progresado en muchísimas cosas, pero también recuerdo cómo, para nuestros mayores, cada gota de agua era importante. Si se llenaba una tinaja para meterla en la casa, se gastaba lo mínimo porque no sabías cuánto te podía faltar. Ahora, para no sufrir, necesitamos temporadas como esta última: aquí han caído unos 500 litros por metro cuadrado desde el pasado verano

Joan de Can Pau Vecino de la isla

El caso de este pensionista es peculiar, pero no único: no ha dedicado su piscina al turismo y porque los safaretjos de su finca no son ornamentales. Quizás tenga que ver que sus posesiones estén a media hora de caminata del Riu de Santa Eulària, el que sirvió para crear el topónimo del municipio, el único que existía en las Illes Balears hasta que la sobreexplotación secó su cauce, el mismo que resurgió el pasado octubre, cuando una DANA anegó las zonas inundables de la isla, muchas de ellas cimentadas, edificadas, urbanizadas

El 'safareig' más antiguo de la finca aumentó su capacidad en los noventa.

Un patrimonio hidráulico por catalogar 

Juan Calvo Cubero, director de la Aliança per l’Aigua, anima a “inventariar” con fondos públicos el número de “depósitos tradicionales” que permanecen en una isla donde la superficie agraria sigue reduciéndose mientras –paradoja– aumentan las hectáreas que se dedican a la agricultura ecológica. “En Eivissa está pendiente un trabajo casi antropológico que es escuchar a los mayores que todavía conservan la memoria del agua; provienen de un mundo donde se sabía para qué y cuándo había que utilizar un recurso muy escaso. No sabemos, por ejemplo, cuántos aljibes, que excavaban para almacenar las precipitaciones, hay en la isla. Pero están y aparecen hasta en los lugares más sorprendentes”, explica este biólogo sobre unas cisternas tan transversales que aparecen en los palacios de la nobleza –situados tras las murallas renacentistas de Dalt Vila– o en la orilla del mar, en calas que tuvieron uso comercial. Como la Xanga, donde se salaba atún para exportarlo. “Ponerlos en funcionamiento sería una buena forma de ayudar a la regeneración de los acuíferos”, remata Calvo, que es especialista en proyectos de recuperación ecológica. 

Todo tiene una razón. En el safareig más antiguo de Can Pau nada una carpa, “enorme, de tres kilos”, que emerge para comerse el pan que le tira su amo y para liberar la superficie de mosquitos. De la misma manera que la cadena trófica funcionaba como pesticida no contaminante, un aljibe recogía toda la lluvia posible en la finca. Estaba cerca del casament y su propietario decidió cubrirlo hace décadas. El pozo mecanizado ya hacía manar agua corriente y aquellos metros cuadrados que ocupaba el depósito subterráneo podían reconvertirse en un bancal cultivable: en el minifundio todo pedazo de tierra cuenta.

“Hasta la llegada del turismo –razona Calvo– y la sobreexplotación de unos acuíferos que están esquilmados en casi toda la isla funcionaron comunidades de regantes donde había manantiales, pese a que esta es una tierra de pocos regadíos, más allá de es plans, las llanuras, bastante construidas desde hace décadas. Ahora, excepto en algunos rincones, como el valle de es Broll, donde tienen la suerte de contar con una fuente que todavía brota, esos colectivos ya no existen, pero formaron un tejido de relaciones sociales”.

Hasta la llegada del turismo y la sobreexplotación de unos acuíferos que están esquilmados en casi toda la isla funcionaron comunidades de regantes donde había manantiales

Juan Calvo Cubero Director de la Aliança per l’Aigua

La prueba que redondea lo que dice Calvo –la vida que pivota sobre el H2O– es una expresión que, aunque no se use en la isla, se mantiene viva en el catalán de Catalunya: fer safareig. Matar el tiempo hablando de fulano o mengano. Se charlaba junto al agua. Xafardeig –literalmente, cotilleo– es la deformación de esta palabra que –como ocurre, también en castellano con el vocabulario del regadío– viene del árabe. Cualquier leyenda o fiesta ibicenca sucede alrededor de una fuente o un pozo –construcciones que sí están catalogadas– y fueron inventadas en una época en la que no existían las botellas de plástico con tapón de rosca. Las criaturas mágicas, como el fameliar, salían de recipientes de vidrio.

En los tiempos agrícolas de Eivissa, las leyendas sucedían en torno a fuentes y pozos, y las criaturas mágicas salían de botellas de vidrio.

Tres veces más piscinas que ‘safaretjos’

Sí existe un dato –fiable, pero ya algo antiguo– para conocer el número de safaretjos que hay en la isla. Es fruto de un estudio –muy exhaustivo, se rastreó la piel de Eivissa a través de visores geográficos, parcela a parcela– que realizó el GEN en 2015 y publicó el digital Noudiari. Para entonces, los ecologistas ya alertaban de que, por cada safareig –3.425– había tres piscinas en un momento en el que se estaba extrayendo casi toda el agua disponible –19.281 de los 20.296 hectómetros cúbicos– de unos acuíferos que rondaban el 66% de capacidad.

En el peor momento de la sequía, el nivel medio de las reservas subterráneas bajó al 27%, pero un número indefinido de piscinas no dejaron de vaciarse para volver a llenarse. Y de dibujarse en planos de reforma o de nueva construcción. “Hay otro factor” que influye en la proliferación de “las piscinas”, advierte Jorge Dioni López. Con la ironía que imprime carácter a sus textos y después de haber dado un paseo por la capital de la isla, envía un mensaje de WhatsApp: “Quedan de puta madre en los anuncios de las inmobiliarias”.

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