‘Petita Walden’, un retrato del amor en el laberinto del edificio que reinventó la utopía
Era una mañana de diciembre cuando Pere J. Pastor recorrió con su mirada aquella mole rojiza. Desde que se mudó de Sóller a Barcelona hace ya veinte años, había visto el Walden7 muchas veces, como los cientos de miles de conductores que circulan a diario por la Nacional 340 o la Ronda de Dalt. Aquella mañana de diciembre fue distinta: el curioso no iba al volante sino a pie. Pudo tomarse tiempo para vagar por los recovecos de un edificio que dista mucho de ser lo que parece, complejidad, desorden, un mundo enrevesado. La experiencia lo sentaría después a escribir, sería la semilla de su primer libro.
Petita Walden (Kairat, 2026) es la crónica de una relación –flechazo, convivencia, rutina, ruptura, el después– donde la mole rojiza ejerce de metáfora y, también, de mapa. A Pere J. Pastor le sorprendió descubrir que la distribución de los cuatrocientos apartamentos de aquel laberinto gigante fuera única. Cada planta es única. “Y, curiosamente, la suma de esas diferencias es la que crea el conjunto del edificio. Al recorrerlo me puse a imaginar las estructuras que conforman una relación. Vivirla es como hacerte tuyo un edificio y el Walden era perfecto para representarlo”, explica Pere J. Pastor, que acababa de romper con su pareja cuando tuvo aquel brote de inspiración.
Hay lógica en las dieciocho torres de dieciséis pisos entrelazadas por una red oculta de patios y pasarelas. Son hijas de un sueño coral que se construyó en Sant Just Desvern a principios de los setenta. En aquellos tiempos, la utopía no hacía mñas que reinventarse. El Walden7 fue producto de las tertulias entre matemáticos, poetas, actrices, cineastas o músicos que se formaban alrededor del Taller d’Arquitectura de Ricard Bofill i Leví. A su hermana Anna –pianista y, también, arquitecta– se le atribuyó la idea de los cubículos de treinta metros cuadrados que conforman –como si fueran una casa ibicenca– las viviendas de un edificio que terminó ocupando una superficie de más de 30.000 metros cuadrados. El nombre del proyecto lo tomaron prestado del cuaderno que Henry David Thoreau escribió a lo largo de los dos años, dos meses y dos días (4 de julio de 1845 – 6 de septiembre de 1847) que vivió en una cabaña de madera de pino. La construyó con sus propias manos junto a un estanque llamado Walden.
Los tres episodios están relacionados.
En plena Revolución Industrial, un filósofo estadounidense sintió la necesidad de escapar de la ciudad y refugiarse en los bosques del interior de Massachusetts.
En plena resaca de Mayo del 68, algunos burgueses de la gauche divine barcelonesa sintieron la necesidad de imaginar un barrio vertical en el extrarradio que pusiera en tela de juicio el urbanismo depredador que practicaba el desarrollismo franquista en su ciudad.
En pleno auge de las inteligencias artificiales, un tipo al borde de los cincuenta que se hace preguntas existenciales sintió la necesidad de ser un flanêur dentro del Walden7.
Un libro difícil de catalogar
“Este libro no nace del conflicto, sino del silencio que llega después. Del momento en que una relación termina sin gritos, sin culpables claros, sin una explosión que lo explique todo. Termina porque ya no puede seguir siendo lo que era, aunque el amor no haya desaparecido del todo”, se lee en el prólogo de un libro que se publicará el próximo 24 de junio. Una campaña de micromecenazgo lo ha hecho posible. Más de trescientas personas apostaron por financiar una historia que se articula en capítulos que toman como título los espacios del Walden7 –la puerta, los pasillos, los patios interiores, las escaleras, los miradores, las paredes, las habitaciones vacías, la salida, el vestíbulo, la luz– y que se despliegan en párrafos cortos, casi estrofas de un par de versos. A veces, de uno sólo. El texto dibuja formas que recuerdan a las obras futuristas de Joan Salvat-Papasseit.
–Petita Walden es un libro difícil de catalogar. Alguien me ha dicho que tendría que presentarlo a un concurso de poesía –explica Pere J. Pastor–, pero, aunque haya prosa lírica, no es un conjunto de poemas al uso. Tampoco es una novela ni un ensayo.
–Al estar escrito en segunda persona, parece más bien un archivo epistolar. Cartas, correos electrónicos o mensajes de WhatsApp que se quedan en la carpeta de borradores. Como dice el subtítulo que has elegido: “Textos que nunca te envié”.
–Escribir este libro ha sido terapéutico, una terapia paralela a la que he hecho durante los últimos meses con el psicólogo. Si me da algún beneficio económico, lo destinaré a alguna asociación de salud mental. Lo que no es Petita Walden es un retrato de mi última relación. Me ha inspirado, claro, pero igual como me han inspirado todas las personas que un día fueron casa, y otras ideas de pareja en las que pensé mientras escribía. Y luego están las voces externas, que influyen en la intimidad aunque nunca tendrán una información completa de lo que ocurre en la pareja.
Igual que en cueva o castillo mágico / todo iba a cambiar en aquel sitio / todo iba a cambiar porque en el sueño / las cosas imposibles ocurren fácilmente, escribió José Agustín Goytisolo, uno de los ideólogos del Walden7 cuando empezaron a desprenderse las baldosas de la fachada tan sólo cinco años después de su inauguración. Empezó entonces una reforma que alcanzó los mil millones de pesetas y no concluyó hasta 1996. Una odisea que mereció la pena atravesar, según refleja la página web que mantienen los vecinos de un edificio en el que Pere J. Pastor presentó su proyecto literario hace unas semanas, aprovechando la Diada de Sant Jordi. Otra analogía con el amor: quien lo probó, lo sabe. “Aunque dé la falsa sensación de que todo sigue igual, los sentimientos hacia la persona a la que amas mutan con el paso del tiempo… igual que cambia nuestra manera de ver y sentir los espacios que habitamos. Cuando tienes balcón disfrutas de las vistas y cuando no lo tienes, te adaptas”, afirma el escritor.
Escritura en analógico
Petita Walden contiene otros detalles que resultarán curiosos al lector. Como está escrito en catalán de Mallorca, bastantes fragmentos transitan por la ambigüedad entre el plural y el singular. “Sí, he jugado bastante con el som”, reconoce el autor, “que puede leerse como somos o soy”. Un desdoblamiento que recuerda al que practicó él mismo para separar sus dos vertientes creativas. Pere J. Pastor es director teatral, actor y uno de los cómicos que con más filo están reflejando la gentrificación que sufre Mallorca a través de las redes sociales: “Durante el proceso de escritura, me desconecté completamente de internet. Fueron dos semanas, de Navidad a Reyes. Lo necesitaba para conectar recuerdos y flashes, para tirar del hilo. Ahora supongo que volverá el Pere J. que se sube a un escenario a hacer un monólogo o que se graba un vídeo sobre el colapso de coches que vivimos en Sóller casi todos los fines de semana para publicarlo en su Instagram. Pero creo que con este libro he abierto un camino nuevo. Me gustaría que esta idea tuviera continuación. Cuando me siente a escribir, volveré a desconectarme de mis perfiles”.
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