La ultraderecha usa el calor extremo del cambio climático que niega para convertir el aire acondicionado en guerra cultural
Los que niegan el cambio climático usan ahora el calor extremo que atraviesa Europa —consecuencia de esa crisis del clima— para abastecerse de más munición en su guerra cultural: la extrema derecha europea ha echado mano del aire acondicionado.
Ha bastado que la ONU —mediante la OMS y el Programa de Medio Ambiente— sugiriera una “política matizada” para el uso del aire acondicionado y haya descrito los problemas de apostarlo todo a esta tecnología contra las altas temperaturas, para que la extrema derecha hable de “hacernos morir de calor” y promueva una campaña masiva de instalación de aparatos —sin aclarar quién o cómo financiarlos ni cómo se abonaría luego la factura eléctrica—.
El doctor en comunicación y experto en desinformación en el contexto del cambio climático Lluís de Nadal resalta que “es paradójico o más bien hipócrita que defiendan así el aire acondicionado los que no han aceptado el cambio climático y torpedean las medidas para combatirlo”.
Es paradójico o más bien hipócrita que defiendan así el aire acondicionado los que no han aceptado el cambio climático y torpedean las medidas para combatirlo
Se refiere a cómo los partidos ultraderechistas están aprovechando el choque del calor extremo sin precedente en Europa para presentar la cuestión como una batalla entre “buenos, ellos, y malos, la élite que quiere matarnos para salvar el medio ambiente”, describe. “Una discusión muy efectiva que apela al sentimiento y no a la razón”.
Ante la descripción de la ONU de que en el planeta hay un montón de personas que no pueden ni acceder al aire acondicionado y que la refrigeración pasiva —ofrecida por paredes, techos, sombras, zonas verdes...— puede rebajar la temperatura en una casa “entre 0,5ºC y 8ºC”, varios líderes ultraderechistas se han puesto el sombrero climático del aire acondicionado.
El ataque ultra
Precisamente, en Francia, la líder ultra Marine Le Pen ha dicho estos días: “Es un absurdo hacer morir a la gente de calor”. Es la misma política que ha bloqueado los planes para hacer los edificios energéticamente más eficientes, que ha promovido la retirada de ayudas a las energías renovables para centrarse en la nuclear —la misma que tuvo que detenerse en plena ola de calor— y querría desmantelar los aerogeneradores instalados. “Ante las olas de calor, que van a repetirse, el aire acondicionado se ha convertido en la única solución para las residencias de ancianos, los hospitales y los colegios”, ha sostenido durante las jornadas de temperaturas disparadas.
En Alemania, los que han dado incluso un paso más allá —tanto en el tono como en la contradicción— han sido los del partido ultra AfD al asegurar que la población “está siendo sacrificada en el altar de la ideología climática predominante”. El grupo disemina la idea de que las políticas verdes impiden poner aparatos refrigeradores: “La histeria climática está llevando a más muertes relacionadas con el calor debido a errores ideológicos en la construcción como evitar la instalación de aire acondicionado”.
AfD es el mismo partido que hace solo un año hablaba de “pánico térmico” para restar importancia al número de fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas.
“Es una estrategia burda. Una guerra cultural interesada y simplista en torno a los aires acondicionados”, analiza el profesor de la Universidad de Sevilla, Rogelio Fernández-Reyes sobre la postura de los “negacionistas del cambio climático”. Este investigador analiza cómo se construye el discurso en medios de comunicación y recuerda que los científicos del IPCC ya han subrayado que “los aparatos de refrigeración se consideran muy eficaces. Pero también se reconoce que tienen una baja viabilidad económica y social. La realidad es más compleja”.
La cuestión es que colocar el foco principalmente en instalar aparatos para cuando lleguen las olas de calor corre el riesgo de orillar las medidas para la mitigación del cambio climático, es decir, la reducción de las emisiones de gases provocadas por los combustibles fósiles. Una especie de salida que permite decir: “Ya nos defiende el aire acondicionado”.
Lo que verdaderamente ha dicho el Programa de Medio Ambiente de la ONU, organismo que evalúa la situación a nivel mundial, es que “la refrigeración está en primera línea de la adaptación al calor, pero si se hace insosteniblemente, lleva a más emisiones de gases, desigualdad y colapsos eléctricos porque la demanda durante las olas eleva el riesgo de cortes de suministro lo que pone en peligro sistemas vitales”. No es algo inventado, ya que ha sucedido en Europa durante las olas de 2026. Por eso habla de “extender la refrigeración sostenible”.
Es una estrategia burda. Una guerra cultural interesada y simplista porque la realidad ha traído una inesperada necesidad de refrigeración y el aumento de la demanda energética, pero señalar al aire acondicionado como solución única es una estrategia incompleta
En este sentido, el Instituto de Investigación Urbana de Barcelona (IDRA) detalla en un informe de este julio que, si bien la “difusión de la refrigeración explica una parte sustancial del descenso de la mortalidad por calor de las últimas décadas” la fórmula tiene sus límites: solo repartir aparatos no sirve porque hay viviendas mal aisladas o insertas en una isla de calor, dejar la medida en “manos de mercado ahonda en la desigualdad”, ya que hay quienes no pueden comprar y además “incrementa el consumo eléctrico y las emisiones”. Su conclusión es que “se trata de una respuesta de emergencia, pero no la única ni la más estructural”.
Rogelio Fernández-Reyes admite que la realidad ha puesto de manifiesto “una inesperada necesidad de refrigeración y el aumento de la demanda energética, pero señalar al aire acondicionado como solución única es una estrategia incompleta”: “Hay experiencias de multitud de mejoras tecnológicas, como el aislamiento térmico, la ventilación, toldos, ventiladores, tejados verdes, reducción del hormigón o más arboleda en la planificación urbana”.
Sin embargo, la batalla ultra ha ido ganando peso hasta el punto de que la Comisión Europea ha tenido que aclarar que no se mete en decisiones privadas como es instalar o no un aparato de aire acondicionado.
Cada vez hay más aparatos instalados
Porque la realidad es que la regulación y planes climáticos de la Unión Europea no parecen haber ejercido gran freno a la instalación de aire acondicionado. En España, el Instituto Nacional de Estadística contó que, en 2008, un 35% de las casas ya tenía uno de estos aparatos. En 2025, el sector industrial de la refrigeración ha informado de que “tres de cada cuatro” viviendas tienen aire —cosa distinta es que el 60% de los usuarios querrían encenderlo más, pero la factura eléctrica les frena—.
En Francia, la instalación ha subido hasta el 28% en el conjunto del país y llega a un 48% en las regiones del sur más expuestas a las altas temperaturas.
Cuando Fernández-Reyes subraya que existe un riesgo de “desigualdad social de poblaciones vulnerables en situación de pobreza energética” se refiere a que, no solo no pueden permitirse la instalación, sino “tampoco su mantenimiento”. Su uso intensivo supone un incremento notable en la factura de la electricidad. Entre un 30% y un 60% más dependiendo de cuánto tiempo y a qué temperatura se aplique.
Y eso se refería el Programa de Medio Ambiente Naciones Unidas al señalar: “Es menos probable que los hogares de bajos ingresos puedan tener un aparato de aire acondicionado al tiempo que se enfrentan a un mayor riesgo”.
Del Nadal resume este proceso en que “lo que debería ser un debate racional sobre cómo podemos financiar esto, la extrema derecha lo transforma en una pelea identitaria”.
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