Atestados e informes
Hay quien ve una relación de causa-efecto entre el auge de las redes sociales y la decadencia de los medios tradicionales, por un lado, y el aumento significativo de la desinformación circulante, por otro. Pero eso es una forma apresurada y seguramente simplista de abordar la cuestión. Desinformación ha existido siempre, de hecho nació como hermana melliza, o siamesa más bien, de la información: van unidas y comparten más de un órgano vital.
Si alguien tiene poder y credibilidad entonces, desde el momento en que nos traslada sucesos que no hemos visto ni oído con nuestros propios ojos ni oídos, la posibilidad de darnos gato por liebre ha sido largamente probada con éxito. Pensemos en Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU en 2003: bastaron una fotos aéreas contundentemente rotuladas y una probeta que contenía ántrax para convencer a parte del mundo de que armas de destrucción masiva en Irak, haberlas, habíalas. Poder y credibilidad, ambas cosas a la vez: a pesar de querer decir “verdad” en ruso, Pravda tenía solo poder y no se la creía nadie. Como cada vez más sucede con Truth Social de Trump, por cierto.
Pero a Trump le han votado por dos veces (a los comisarios políticos detrás de Pravda en cambio no). ¿Es que acaso la credibilidad se ha descabalgado de la ecuación? ¿Puede vivir y medrar la desinformación en un estado formalmente democrático cuando la credibilidad hace aguas por todas partes? ¿No era condición necesaria, para que triunfara una mentira, que confiáramos de entrada en la credibilidad de quien nos mentía?
En otras palabras, ¿qué ingredientes incluye la desinformación hoy día que la hacen distinta a la de otras épocas? Pues, paradójicamente, es la inmensa cantidad de información ajustada y veraz disponible (pero no procesable humanamente). El combustible de la desinformación es la información.
Así que el problema no consiste solo o no consiste tanto en que hay muchos agentes de desinformación, es decir, que todos podamos ser potenciales emisores de información, y también de desinformación, debido a las redes sociales. Eso suena a pesimismo aristocrático orteguiano: denle a cada individuo de la masa un micrófono y ya verán... No es tampoco que los desinformadores tienen cancha libre y no deben someterse a ninguna ética periodística ni a ninguna responsabilidad: solo atrapar nuestra atención y mantenerla ocupada (viralizarse y monetizarse). Eso también lo hacían los tabloides, el amarillismo y la prensa de crónica rosa o negra, que obtenían pingües beneficios a partir de la publicidad.
Tampoco se trata solo de que haya agentes extranjeros, granjas de troles y bots maliciosos: eso es externalizar (o automatizar) el problema. Decir que son los estados de Rusia, China o incluso Venezuela (!!!) los que intoxican la conversación pública de terceros países en periodo electoral, o que hay bots automatizados que reparten juego en la red de manera tendenciosa quizá sea en parte cierto, pero es desviar la atención de los agentes humanos patrios: como si no hubiera Alex Jones, Tucker Carlson, Tommy Robinson, Eric Zemmour, Alvises, Vitos, Bertrands, Pilares, Cristinas, Ikers y Danis en sus respectivos países. Como si no hubiera InfoWars, Breitbart, The Daily Caller, Frontières, La Gaceta de la Iberosfera, Mediterráneo Digital, Alerta Nacional, Estado de Alarma, El Diestro, El Puntual24h, Caso Aislado, etc.
La desinformación ha existido siempre, sí, y ha tenido quien la financiara, también, pero nunca ha dispuesto para sus fines de una cantidad tan ingente de información circulante, ajustada y veraz, que nosotros mismos proporcionamos gratis et amore. Cada uno de nosotros, tanto sobre asuntos no solo públicos sino también privados que nos conciernen, ofrecemos datos con alegre liberalidad. Y también lo hacen empresas, instituciones, partidos políticos, colectivos, organizaciones no gubernamentales, etc. Ello permite que sean recolectados o extraídos (data mining) y procesados en una extensión, intensidad y precisión nunca vistas antes. Piensen tan solo en el caso Cambridge Analytica que estalló en 2018 o en la llamada genéricamente “propaganda computacional”.
Hoy todos tenemos más información sobre los demás y sobre los asuntos públicos que nos atañen a todos que en ninguna otra época de la Humanidad. Pero cada vez que buscamos información en la red le entregamos más de la que recibimos. No digamos ya si lo damos todo en redes con asuntos de índole privada. Ello permite segmentar tanto lo que nos viene de vuelta que la publicidad inserta se vuelve muy certera. La inversión de los anunciantes financia tanto a las propias redes que sirven de soporte como a los (pseudo)medios que a menudo se nos ofrecen con aquello que las redes ya saben que nos gustará ver y oír.
Así que la desinformación se nutre de información, la parasita. La desinformación no es la negación de la información, es funcional a ella. Será el lado oscuro de la fuerza, pero es la misma fuerza. No solo hay un aire de familia entre una y otra, hay una intimidad consustancial. Por seguir empleando el símil de Star Wars: consiste no solo en que Anakin Skywalker era el padre de Luke Skywalker, sino interna: Anakin Skywalker en el proceso de convertirse en Darth Vader, que es la parte más apasionante de la saga.
Quizá la paradoja más escalofriante de la desinformación es que resulta ser el precipitado o el sedimento, sin duda con aditivos ¾potenciadores de sabor y excitantes como el glutamato, que hacen volver a por más¾ de un exceso de información que no puede ser digerido, asimilado a escala humana, y provoca empacho y acidez un poco por todas partes.
Si la desinformación se nutre de información, explota sus datos y, aplicando una incluso muy limitada inteligencia persuasiva, consigue transfigurarla, tenemos un gran problema. Vistas con cierto sosiego, las fake news más virales se fundan en tópicos argumentativos capciosos o tergiversaciones burdas de populismo sádico. Que a una ex-alcaldesa de Madrid le llevaron un respirador en plena urgencia vital pandémica, con fotos de una ambulancia a la puerta de su casa, como si fuera un Glovo sanitario. Que los niños de un colegio público en la Comunidad Valenciana eran adoctrinados sentándolos en el patio sobre una bandera republicana, por las malas artes de una administración autonómica bolivariana. Que las ratas infectadas, diestras nadadoras, podrían alcanzar la costa ayudadas de sus orejas y con el rabo de timón (ya se dijo de los inmigrantes en la crisis del COVID que ponían las proas de sus pateras infectadas rumbo a España). Y entonces, ¿dónde ibas a esconderte en tu isla? ¿Y a dónde se irían los turistas?
“Atestados e informes” era el rótulo que llevaban algunas furgonetas de la Guardia Civil de Tráfico. Recuerdo un chiste de los ochenta que se preguntaba qué tipo de personas podrían salir de ese portón. Como si pusiera “Gigantes y cabezudos”, pero no de fiestas de pueblo precisamente. Pues eso: ahora uno debe plantearse, ante las noticias que le encuentran (más que buscarlas activamente él), si no serán atestadas e informes.
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