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CV Opinión cintillo

Verano Azul 2026

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Para varias generaciones un “Verano Azul” rememora días sin fin con nuestros amigos de la infancia y adolescencia. En aquella infancia analógica apenas si podíamos esperar a terminar de desayunar para salir a la calle, a la playa, a la piscina o al campo. Intuyo que cualquier padre de 2026 se horrorizaría al conocer las cosas que hacíamos los niños de mi pueblo y consideraría a nuestros padres unos imprudentes indocumentados. Lo cierto es que todos llegamos a la edad adulta de una pieza, aunque más o menos recosida en algún punto, con experiencias vitales impagables. Ciertamente éramos niños muy primarios. De esos que se conforman con una pelota y dos porterías hechas con piedras, de los que disfrutaban corriendo por el campo y zampándose unas ciruelas, melocotones o lo que diese el tiempo. En nuestra rutina diaria había dos reglas inamovibles: se duerme la siesta y nunca, nunca, repito nunca, se entra en la piscina o en el mar después de las comidas. Lo mejor llegaba con la caída del sol. En los pueblos, se cenaba a la fresca con la tele apuntando a la calle a través de la ventana. Bueno, esto eran los padres. Nosotros, bocadillo en mano, seguíamos con nuestros juegos y nuestras peleas tratando de no escuchar el grito hipo-huracanado de las madres llamando a dormir.

Hoy en día, somos más civilizados. En nuestro tiempo el Verano Azul es un verano de pantallas. El mundo ahí afuera se ha vuelto muy peligroso y los niños deberían andar siempre bajo la atenta mirada de los padres. Y cuando salen de la esfera de custodia parental deberían participar en actividades perfectamente organizadas y controladas por eficientes monitores. El ecosistema social del menor no se construye desde el azar y la aventura, todo debe ser seguro, controlado y monitorizado. Por otra parte, las madres y los padres hemos encontrado dos grandes aliados que contribuyen a nuestra tranquilidad. De una parte, nuestras niñas y niños disponen de esa inmensa fuente de entretenimiento educativo que es TikTok. De otra, los videojuegos han mejorado muchísimo y suponen toda una experiencia inmersiva y social a lo largo del planeta.

Lo curioso del caso es que podría resultar que los padres mejor adaptados a las necesidades de la especie fueran aquellos que de manera tan inconsciente como irresponsable nos dejaban a nuestro libre albedrío desde la mañana y nos acostaban llenos de mugre y raspones a eso de las once de la noche. Es posible que existan algunos psicólogos y pediatras que en su locura revisionista hayan escrito que la socialización autónoma en el mundo físico sea determinante para el desarrollo de nuestra personalidad. Esta gente, ciertamente indocumentada, piensa e incluso ha escrito que en ese periodo que llega en la pubertad y traspasa la adolescencia el humano experimenta un montón de nuevas emociones que debe gestionar, aprende a autorregularse y a convivir en sociedad.

No es en absoluto creíble que niños dejados de la mano de sus padres aprendan todo eso. La maldad es inherente al ser humano, ¿o es que no han leído El señor de las moscas? Sin embargo, incluso en mis juegos de niño salvaje y adolescente de los años 80 reproducíamos esquemas aprendidos de alguna manera. Los juegos seguían reglas, las pandillas exigían interacción para tomar decisiones, se compartían cosas y sí, tienen razón, hacíamos alguna que otra maldad. Lo peliagudo era que un vecino te soltase aquello de “se lo voy a decir a tu padre”. Esa tarde-noche uno lo pasaba mal. Ciertamente crecíamos sin ley, con enamoramientos desesperados, risas sin freno, una permanente sensación de aventura y esa ansiedad de quererse comer la vida.

Hoy las cosas son mucho mejores como decía más arriba. Exageraría si dijese que hemos adormecido a la infancia. Solo hay que tratar de relajarse en una playa para entender a qué me refiero. Pero lo mejor de todo es que la infancia se comporta de manera excelente en su relación con las pantallas. Para empezar, es imposible encontrar un solo niño o niña que no sepa como hay que posar ante la cámara de papá o mamá. Da igual lo que dieran la lata en el museo, o que no hayan querido comer, en cuanto se desenfunda el móvil para el momento Instagram son de una profesionalidad espeluznante. Es más, debo confesarles que a mí me emocionan hasta las lágrimas esas madres que acompañan a sus hijas de 14 años o menos al amanecer del Mediterráneo vestidas de blanco ibicenco con su biquini sugerente a hacerles más fotos de las que se necesitarían para el book de una modelo profesional.

Por otra parte, el momento TikTok o Instagram, en el verano se prolonga durante horas y garantiza el silencio y la paz familiar. Olviden Vds. aquellas familias ochenteras de comidas a gritos y niños toca narices. En el restaurante, es un espectáculo ver a la familia unida, comiendo mecánicamente en silencio y cada uno viendo en su red social lo mucho que han disfrutado de la mañana, cuánto le ha gustado a sus trescientos seguidores o pasando a intervalos de segundos stories. Esa es también otra ventaja, nosotros no teníamos la ventaja de la tecnología y la vida se te escapaba de la memoria por todas partes. Hoy no, hoy el Verano Azul de tu pantalla te permite vivir intensamente tus vacaciones a través de la lente de la cámara. Además, no hay momentos tristes que recordar: hay que estar feliz todo el tiempo.

En el Verano Azul pantallas la satisfacción es casi inmediata. Al parecer solo con tocar el smartphone en el bolsillo se estimulan los receptores de la dopamina y sus niñas y sus niños sienten el subidón de endorfinas. En mi Verano Azul para experimentar esa sensación necesitabas ganar seis a cero, sobrevivir a una batalla con ciruelas como armas de guerra o experimentar la sensación urgente de la huida después de tocar el timbre de la señora Pepa. Pero esto, apenas duraba unos minutos y debía ser memorable para mantener esa dulce excitación.

Hasta la siesta de la tarde es distinta. Mi abuelo me tenía que amenazar severamente para descansar. El pobre hombre tenía que soportar protestas interminables y nos ofrecía el consuelo inconsistente de leer un libro. Hoy, la paz doméstica está garantizada: Instagram garantiza un mínimo de dos o tres horas de tranquilidad cuando más calienta el sol.

No voy a insistir más. Me he convencido. Mi Verano Azul era amistad, riesgo, algo de salvajismo y emociones humanas sin freno. Era abrazarse tras un gol, el peligro de deslomarse con el ¡churro va!, o de una pierna magullada tras una caída. Era un verano sudoroso, de mugre, de revolcarse por la tierra y llenarse de alérgenos. El verano que es posible que Vd. le regale a su hijo será de un azul pantalla infinita. En ese verano su niña o su niño se volverán todavía más adictos a las pantallas. Es posible si no ocurrió antes que se acentúe una cierta dismorfia y podrían empezar quién sabe si a sentirse inseguros o a avergonzarse de su cuerpo. Sus juegos pueden consistir en hacer las barbaridades que les proponga un influencer y sus reglas serán las que dicte un algoritmo.

Puede que el Verano Azul de 1982 en Carcaixent, el último antes de que el Pantano de Tous me arrebatara la inocencia, fuese salvaje, sucio y desordenado. Pero hizo de mí un niño libre y renovado que, a punto de terminar la EGB, empezó a tomar sus decisiones. ¿Qué Verano Azul van a regalarle a sus niñas y niños?

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