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Darío Adanti: “Tenemos que reírnos de la ultraderecha porque son peligrosos, pero objetivamente ridículos”

El dibujante y escritor Darío Adanti, durante la lectura de 'Chistes contra Franco'

Juanjo Villalba

8 de julio de 2026 21:25 h

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El avance del autoritarismo en el mapa político global ha dejado de ser una distopía lejana para convertirse en una realidad palpable. En un ecosistema marcado por el ruido en los medios y la simplificación en los discursos, este resurgimiento de postulados reaccionarios plantea un desafío directo a los pilares fundamentales de los sistemas democráticos tradicionales.

Lo que en el siglo XX se caracterizó por uniformes y marchas militares, hoy se propaga a través de pantallas, narrativas digitales y algoritmos diseñados para favorecer la confrontación.

En este contexto de mutación ideológica ve la luz el Manual Antifascista de Mongolia, una propuesta que utiliza la sátira y el análisis crítico como herramientas de autodefensa intelectual frente a la nueva ola reaccionaria. Todo al más puro estilo de la revista.

La alianza del dinero y el algoritmo

El crecimiento de los movimientos de ultraderecha responde a una compleja confluencia de intereses económicos y dinámicas sociales contemporáneas. Para el editor y cofundador de la revista Mongolia, Darío Adanti, este fenómeno está directamente relacionado con las transformaciones del capitalismo global y las ambiciones de los grandes magnates tecnológicos.

“A esto también hay que sumar la ambición sin límites de los tecnoligarcas”, añade, “los nuevos amos del mundo, que favorecen un ecosistema autoritario porque la democracia ya no les es rentable a la hora de competir con China en la carrera de las nuevas tecnologías”. Según el dibujante y escritor, estas élites riegan Occidente con recursos financieros y lógicas algorítmicas para fomentar un modelo que beneficia sus intereses corporativos.

Esta estrategia encuentra un terreno especialmente receptivo debido a cómo han evolucionado las relaciones sociales en el entorno digital. El sistema actual fomenta dinámicas marcadamente individualistas y narcisistas. Al contrario de lo que se esperaba, la fascinación por los dispositivos móviles e internet ha operado no como un vehículo de comunicación y ampliación del conocimiento, sino como todo lo contrario.

Adanti advierte que se delegó el uso de estas herramientas en las nuevas generaciones de manera inocente, lo que ha facilitado la asimilación de discursos que favorecen a figuras como Elon Musk, Peter Thiel o Alex Karp. “Y ahora seguimos igual con la inteligencia artificial, haciendo billonaria a esta gente a la par que nos cargamos el planeta”, añade, apuntando a la paradoja de utilizar plataformas comerciales hipercapitalistas para difundir consignas de resistencia social. “En el mejor de los casos, usamos la IA para que nos haga una animación de Marx y así poder contar en Instagram lo malo que es el capitalismo según el filósofo alemán”.

La perversión del lenguaje común

Uno de los campos de batalla centrales en la consolidación del discurso reaccionario es la disputa por el significado de las palabras. La resignificación de términos históricos, como asimilar antifascimo con terrorismo, busca alterar los marcos de referencia de la opinión pública para normalizar posturas que anteriormente generaban un rechazo consensuado.

El editor de Mongolia inscribe esta práctica dentro de una larga tradición de manipulación semántica por parte de este tipo de ideologías. “Es parte de la perversión lingüística de la derecha, que no es tan nueva”, argumenta. “Recordemos que los nazis se llamaban nacionalsocialistas para hacer una opa semántica a la izquierda, del mismo modo que ahora los sectores más contrarios a las libertades individuales básicas, como la autonomía sobre el propio cuerpo o la sexualidad, se autodefinen como liberales”.

En el mejor de los casos, usamos la IA para que nos haga una animación de Marx y así poder contar en Instagram lo malo que es el capitalismo según el filósofo alemán.

La influencia de teóricos de la denominada Alt-Right estadounidense, como Steve Bannon, resulta determinante en este proceso. “Él lo tenía claro desde hace tiempo, en la guerra cultural el relato y las palabras logran crear el marco necesario para que aquellas ideas que hasta ayer eran tabú en la opinión pública sean aceptadas sin resistencia”, explica.

“En este caos de palabras y conceptos la verdad desaparece y la discusión real y efectiva de las ideas es imposible porque no se discute desde el mismo código, no hay lenguaje común, y entonces solo nos queda el humor que es, por otro lado, un código en común con los que piensan como tú”, continúa. “Porque el humor, la ironía, la sátira, es ese invento cultural que tenemos desde tiempos muy primitivos para ver cómo se caen las ideas y reírnos de toda idealización al imaginarla pisando la piel de plátano y manoteando el aire para no terminar en el suelo. Y el fascismo es eso, una gran idealización perversa, destructiva para la mayoría pero útil para las élites, y su antídoto no es el miedo que buscan provocar sino la risa que, visto en perspectiva, provocan, porque sus ideas son ridículas y acientíficas”.

Fragmento de una de las páginas del Manual Antifascista de Mongolia.

Tribus urbanas e impostura libertaria

En el Manual, los autores hacen una radiografía de especímenes como los criptobros, los influencers hormonados o los anarcocapitalistas. Un nuevo “fascismo pop” y digital que parece casi más peligroso que el de la nostalgia rancia.

“El turbocapitalismo y la sociedad de mercado del dogma neoliberal han creado nichos de mercado dentro de las ideologías que te permiten sentirte parte de un grupo más pequeño y selecto dueño de la verdad”, explica Adanti. “Esta fragmentación es peligrosa porque permite que mucha gente joven defienda postulados reaccionarios sin siquiera saber que forman parte del núcleo central del fascismo”.

Conceptos tradicionales como el supremacismo, el imperialismo o la violencia hacia la diversidad se camuflan bajo estéticas modernas y dinámicas de subcultura digital.

“Por ejemplo, se dicen ‘libertarios’ y son machistas, racistas, supremacistas, colonialistas. Pero les dices que son fascistas y te dicen que no porque el fascismo es estatista y ellos, dicen, están en contra del Estado”, sostiene Adanti. “Sin embargo, los grandes líderes libertarios están tomando los Estados y convirtiéndolos en herramientas para la represión de la protesta o de las minorías migrantes. El fascismo es una herramienta útil a los poderes fácticos y muta según las épocas para seguir siéndolo cuando estos ven en peligro sus privilegios o el incremento de sus ganancias. La herramienta política y social es la misma, pero cambia el léxico y la parafernalia”.

El monopolio de la provocación

Muchos analistas dicen que la ultraderecha le ha ganado la batalla cultural a la izquierda, entre otras cosas, porque ahora son ellos los que usan los memes, la incorrección política y la provocación. Algo que, según Adanti, tampoco es algo nuevo. “La guerra cultural siempre fue una guerra asimétrica porque del lado de la ultraderecha está toda la industria que produce las tecnologías en las que se desarrolla esta supuesta guerra cultural. No importa lo que hiciera la izquierda, desde que la batalla se libra con tableros y fichas (como las redes o internet) creados por los intereses que promueve la ultraderecha, esa batalla estaba perdida para la izquierda de antemano, hiciera lo que hiciera”.

“Pero sí que es cierto que la izquierda indignada tuvo su tiempo y ya está de retirada, y la izquierda aterrorizada no entusiasma ni tiene fuerza para luchar contra un poder tan brutal”, analiza. Su propuesta pasa por despojar de solemnidad a los líderes del autoritarismo tecnológico y evidenciar sus contradicciones a través del humor. “La única forma de enfrentarnos a la ultraderecha es siendo valientes en lo político y reírnos de ellos porque son peligrosos, pero objetivamente ridículos”, apunta.

“¿Has visto a Elon Musk bailando? ¿Has oído a Peter Thiel dando charlas sobre el anticristo? Más allá de su tremendo poder y capacidad de matar, son tipos ridículos y tremendamente ignorantes”, zanja.

El sustrato cultural del autoritarismo

Hay una frase en la sinopsis del libro que dice: “el fascismo también vive dentro de nosotros”. ¿Quiere eso decir que todos tenemos un “facha interior”?

En opinión de Adanti, “todos los que hemos nacido en occidente, sobre todo si somos hombres, blancos y heterosexuales, tenemos una dosis importante de supremacismo provocada por una exposición prolongada a esta contaminación cultural de nuestro pasado como imperios coloniales patriarcales”.

El origen del autoritarismo social se encuentra estrechamente ligado a emociones básicas y universales. “El fascismo late dentro de la mayoría de nosotros porque es un sentimiento arraigado culturalmente de miedo a lo nuevo, al otro, al cambio, al diferente y a perder un estatus o un privilegio”, reflexiona el cofundador de Mongolia.

"El fascismo late dentro de la mayoría de nosotros porque es un sentimiento arraigado culturalmente de miedo a lo nuevo, al otro, al cambio, al diferente y a perder un estatus o un privilegio.

Dado que este modelo político se nutre de la inseguridad colectiva, la desactivación de ese temor es el paso indispensable para articular cualquier respuesta democrática firme. El humor funciona en este esquema como el mecanismo que permite confrontar la hostilidad antes de que se transforme en parálisis social.

La respuesta ante la estrategia del señalamiento

La trayectoria de publicaciones como Mongolia está marcada por una constante tensión con colectivos radicales y organizaciones judiciales de corte conservador.

Lo que comenzó como un fenómeno marginal se ha ido trasladando al debate institucional debido al respaldo de formaciones políticas mayoritarias que asumen y legitiman estas prácticas de hostigamiento. “Con Mongolia venimos amenazados desde hace muchos años”, explica Adanti. “Antes de la pandemia ya tuvimos dos shows en Valencia con protección policial por amenazas serias de grupos ultras. Tuvimos una manifestación ultra en un show de Cartagena con policía en la puerta del teatro y disturbios en la vía pública. En Sevilla, unos macarenos nos querían pegar. Después de la pandemia hemos tenido amenazas por nuestro show ‘Chistes contra Franco’, hacer actuaciones con protección policial y policías sacando a nazis del teatro. Amenazas continuas, insultos y una campaña de acoso judicial, al menos desde el año 2023, por parte de agrupaciones ultras”.

“La escalada está clara, y lo que antes era marginal ahora está avalado por PP y VOX, que blanquean con sus insultos y sus señalamientos estas actitudes de matones que antes eran minoría y ahora se ven legitimadas porque su discurso está llegando a las instituciones. Pero si buscan que tengamos miedo, lo mejor es reírnos de ellos”, concluye.

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