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Resistiéndose al futuro

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El manual de resistencia determina demasiado el futuro de los valencianos, aunque la mayoría no lo haya leído. Algo se está haciendo muy mal (nadie dijo que fuera fácil) cuando la conversación en el bar local es sobre las joyas de Zapatero y no sobre el bulevar García Lorca. Descontada la notoriedad de un expresidente o un exministro o el morbo de una caja fuerte o una acompañante de pago, el día a día de los parroquianos lo determina cómo queda la cuestión educativa, qué atención sanitaria vamos a tener este tórrido verano, con ciudades peor preparadas para el calor que el año pasado, o si las bajadas de impuestos afectan o no a quien opina sobre escándalos estatales (más o menos engordados artificialmente). Y las respuestas a esas preguntas, como a otras que podemos plantear sobre las cuestiones principales de la vida ciudadana, son mal, mala y entre poco y nada. Pero parece no importar.

Alguna vez, de las muchas que lo piden unos y lo vaticinan otros, acertarán y Pedro Sánchez convocará elecciones. Ya sabemos que, en principio, no las juntará con otras, más por exigencia de socios como los vascos que por atender a las plegarias de los suyos. En ese clima, empieza a hacerse evidente en la política valenciana que todos los partidos han entrado ya en la cuenta atrás de las autonómicas y municipales de 2027. Esa incertidumbre estatal, lejos de retrasar los movimientos, los acelera. Porque cualquier adelanto electoral obligaría a comparecer con liderazgos consolidados y con un proyecto reconocible. Por eso, las próximas semanas y los próximos meses serán decisivos. No tanto porque se celebren elecciones inmediatas, sino porque se están definiendo las candidaturas que deberán afrontar el siguiente ciclo político. Y ahí todos los partidos llegan con deberes pendientes.

El PSOE ha decidido acelerar la consolidación de Diana Morant como líder del PSPV. El PP mantiene la apuesta por Juanfran Pérez Llorca, aunque Génova dosifica cuidadosamente los tiempos de su proclamación definitiva. Compromís recupera a Mónica Oltra para intentar relanzar su proyecto municipal y, al mismo tiempo, explora una ampliación de su espacio político mediante alianzas a la izquierda del socialismo, que, como siempre, amenaza con ser una batalla retransmitida. Los tres movimientos tienen una lógica evidente. Pero los tres comparten también una misma debilidad: resolver quién encabeza el cartel no equivale a construir una alternativa política capaz de entusiasmar a los ciudadanos.

Los socialistas siguen confiando en exceso en el antimazonismo y el desgaste sufrido por el Consell tras la gestión de la dana. Fían demasiado sus opciones en los errores ajenos para lograr convertir a la Comunitat Valenciana en uno de los pocos territorios donde el PSOE podría gobernar. No obstante, las derrotas de ministros con poco predicamento en sus territorios deberían hacer desconfiar y pensar la estrategia. El adelanto del proceso interno para consolidar la candidatura de Diana Morant debería ir más allá de convertirse en cartel electoral. Necesita demostrar que dispone de un proyecto específicamente valenciano y que no es únicamente la prolongación del discurso que llega desde Madrid. De momento, no ha conseguido que se hable de sus propuestas más que de los asuntos que marcan la agenda de los demás.

Morant y Pérez Llorca se miran de reojo desde su lado de la calle. En el Partido Popular pasan los días con cara de una estabilidad que no tienen, pese a gobernar la Generalitat. Está tan claro quién es el candidato natural para 2027 como que no materializarlo esconde estrategias que supeditan los intereses del PPCV a la batalla estatal. La dirección nacional ha optado por administrar cuidadosamente los tiempos. La prioridad de Alberto Núñez Feijóo continúa siendo la política nacional y el desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez. Abrir ahora el congreso regional valenciano supondría introducir un debate interno que distraería el foco. Ante eso, algunos no tiran la toalla. Vicent Mompó va a estar en todas las fotos. Lo peor es el poco peso de los populares valencianos, con el president a la cabeza, para marcar sus tiempos. Otra vez, supeditación a Madrid. Y una apariencia de resistencia electoral que no es buena para sus votantes. No es cuestión de conformarse con permanecer, hay que ofrecer soluciones.

La debilidad socialista la disfruta, por momentos, Compromís, empeñados en jugar con encuestas que solo sirven para distraer y para hacer que algunos crean vivir en una opulencia que no es tal y que quedará en nada sin la generosidad y el acierto que requiere la situación de hoy. Cada acto de Mónica Oltra refuerza la autoestima y evidencia una movilización potente que pierde fuste cuando no se avanza en procesos que no deberían eternizarse. La experiencia nos dice que no sale mejor por alargarlo. Siempre se acaba resolviendo en los últimos momentos con escenarios calcados del principio del proceso, pero con heridas y cansancio acumulados. Deberían aprender de la historia y ponerse a trabajar cuanto antes en visualizar sus alianzas. Los pegados de última hora no suelen sumar.

El PP se permite jugar con los tiempos porque está acostumbrado a recibir el respaldo a la potencia de sus siglas, pero les convendría no olvidar que su socio les come terreno y que es especialista en sacar rédito de la nada. También en eso le ha ganado la mano. Los populares aparentan vivir tranquilos porque la movilización entre sus oponentes sigue sin llegar, pero, ahora mismo, el resultado electoral es incierto y puede depender de algunos flecos que no están repartidos.

Mientras, la izquierda vive en su comodidad tradicional. Olvidando por momentos que su papel es generar una ilusión de mejora social como la vivida durante la huelga educativa. Hasta ahora, no han encontrado cómo mantener esa tensión que también se generó los primeros meses tras la dana. Vuelve a ser la asignatura pendiente: conservar la energía que insufla un acto de Oltra más allá de lo que dura el evento. De nuevo, hay que tener claro que la victoria de Morant no es contra sus compañeros de partido. No olvidar que el PP ganó en Torrent y en Valencia tras el accidente del metro o que Rita Barberá era la más votada en barrios como El Cabanyal. La movilización no tiene traslación directa en votos, pero puede generar una ilusión que, si la hacen contagiosa, decide mayorías. Siguen todos muy lejos.

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