¿Epidemia de salud mental entre los jóvenes o espejismo? Un nuevo estudio cuestiona las conclusiones alarmantes
En los últimos años, la percepción de que existe una epidemia de problemas de salud mental entre los más jóvenes ha encendido las alarmas a nivel mundial. Sin embargo, muchos especialistas insisten en que la evidencia disponible no respalda esta idea. Un nuevo estudio basado en los registros médicos de 3,7 millones de ciudadanos de entre 10 y 46 años en Noruega entre 2010 y 2024 ofrece datos muy interesantes y llama a la tranquilidad: aunque las consultas de salud mental crecieron un 62% de forma general, la inmensa mayoría se registraron bajo la etiqueta de “síntomas”, en lugar de diagnosticarse como “trastornos”.
Los hallazgos del trabajo, publicado este miércoles en la revista Journal of Epidemiology & Community Health, muestran una enorme divergencia. Mientras las consultas por síntomas de ansiedad aumentaron en Noruega un 286% y las de síntomas depresivos un 147%, los diagnósticos por trastornos de ansiedad crecieron de forma mucho más modesta (46%) y los trastornos depresivos incluso experimentaron una leve caída del 4%. Esta tendencia es especialmente aguda entre las mujeres de 16 a 20 años, donde las visitas por síntomas de ansiedad se dispararon un 475% frente a un aumento del 64% en diagnósticos de trastornos.
A partir de estos datos, los autores concluyen que los principales motores de este aumento no son necesariamente un deterioro en la salud mental de la población, sino cambios en el comportamiento de búsqueda de ayuda y en las prácticas de codificación diagnóstica. Esto indicaría que los jóvenes actuales tienen un umbral mucho más bajo para acudir al médico ante cuadros de malestar emocional y, al mismo tiempo, que los médicos prefieren cada vez más registrar estas visitas como síntomas en lugar de etiquetar a los pacientes con trastornos clínicos, algo que podría considerarse estigmatizante.
La clave son los cambios en el comportamiento de búsqueda de ayuda y/o en el registro de diagnósticos, en lugar del empeoramiento de la morbilidad subyacente
“Los aumentos observados podrían reflejar cambios en el malestar subyacente, pero también cambios en el reconocimiento, la disposición a revelar los síntomas, la búsqueda de ayuda y las prácticas de registro clínico”, señalan los autores. “Los resultados sugieren que los cambios en el comportamiento de búsqueda de ayuda y/o en el registro de diagnósticos, en lugar del empeoramiento de la morbilidad subyacente, son factores clave del aumento de los contactos con los servicios de salud mental en atención primaria”, concluyen.
En cualquier caso, los investigadores se muestran prudentes y advierten de que su estudio se basa únicamente en datos de atención primaria, que no incluyen la gravedad de los síntomas. Por otro lado, “no se pueden excluir explicaciones alternativas, como un aumento real de problemas de salud mental menos graves entre los jóvenes, por ejemplo, debido al mayor uso de las redes sociales, la experiencia de la pandemia u otros factores”, añaden.
Además, los investigadores recalcan que el creciente volumen de consultas basadas en síntomas supone un reto organizativo para los médicos de cabecera, que “se enfrentan a una demanda cada vez mayor que podría gestionarse de forma más adecuada mediante psicoeducación o breves intervenciones digitales, en lugar de las vías clínicas tradicionales”.
En España, los datos de la última Encuesta Nacional de Salud indican que el porcentaje de personas con cuadros depresivos ha crecido del 5,4% al 14,6% entre 2020 y 2023 en todas las edades, aunque es mayor entre las personas con más años. Los números escalan mucho más cuando se pregunta cuál es severidad de los síntomas depresivos; el porcentaje de personas que aseguran tener alguno –de leve a grave– aumenta hasta el 29,8%, pero el resultado se mide por la percepción, no por el diagnóstico.
Sin evidencia de una ‘epidemia’
José César Perales, catedrático en el departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Granada (UGR), coautor del libro Ni frágiles ni idiotas. Cómo la mala ciencia ha construido el estereotipo adolescente (Shackleton Books), cree que una interpretación plausible de estos datos es que el incremento reciente de las consultas relacionadas con la salud mental se podría deber a cambios en el comportamiento de búsqueda de ayuda por parte de las personas y a modificaciones en las prácticas de codificación clínica.
La evidencia disponible no respalda la idea de un aumento desproporcionado de los problemas de salud mental en la adolescencia en los últimos años
“La evidencia disponible no respalda la idea de un aumento desproporcionado de los problemas de salud mental en la adolescencia en los últimos años”, subraya Perales en declaraciones al SMC. “Desde esta perspectiva, el aumento registrado reflejaría menos un cambio en la incidencia subyacente de los trastornos que una transformación en cómo se detectan, se nombran y se registran”.
Sin embargo, advierte, esto no excluye otras explicaciones posibles. “Que exista este fenómeno de inflación diagnóstica no elimina por completo la posibilidad de que también se haya producido un incremento en los problemas de salud mental subyacentes”, comenta. “Sí que explicaría, no obstante, por qué esas tendencias subyacentes parecen ser menos nítidas y universales de lo que se defiende desde determinadas posturas, no siempre estrictamente científicas”.
Lo que muestra el estudio no es necesariamente un cambio directo en la prevalencia real de los trastornos mentales, sino un cambio en la manera en que determinados problemas psicológicos se registran
Javier José Pérez Flores, profesor del área de Psicobiología de la Universidad de La Laguna, destaca la fortaleza del estudio en cuanto al tamaño de la muestra y la amplitud temporal. “Lo que muestra el estudio no es necesariamente un cambio directo en la prevalencia real de los trastornos mentales, sino un cambio en la manera en que determinados problemas psicológicos se registran, se codifican y posiblemente se abordan dentro del sistema sanitario noruego”, explica al SMC.
En este sentido, el experto recuerda que la divergencia entre la prevalencia de síntomas y diagnósticos no es una novedad y ya había sido señalada en la última década, además de que en otros trabajos se había identificado la posibilidad de que la clave estuviera en la práctica de codificación por parte de los médicos y muchos protocolos de actuación. “Visto así, el aumento de los registros de síntomas no tendría por qué interpretarse únicamente como una señal de alarma epidemiológica, sino también como el reflejo de una decisión organizativa: identificar antes el malestar, atenderlo en dispositivos más próximos y no esperar necesariamente a que adopte la forma de un trastorno plenamente codificado”, explica Pérez Flores.
La comparación con España también invita a la prudencia, en opinión del experto, aunque el estudio muestra patrones que recuerdan, al menos parcialmente, a los observados en nuestro país. Y conviene no perder de vista, advierte, la solución que se está dando a estos casos. Estudios recientes han encontrado un aumento muy marcado de las prescripciones de antidepresivos, muy superior al incremento de los diagnósticos de depresión. “Este tipo de hallazgo plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto importa que el sistema codifique síntomas o trastornos si, en la práctica, el abordaje acaba siendo el mismo?”, plantea Pérez Flores. “El debate no debería limitarse a si aumentan los síntomas o aumentan los diagnósticos, sino a qué se hace con las personas que llegan a la atención primaria con malestar psicológico”.
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