La tienda de Floridablanca
Un buen día, Indalecio Prieto encargó unos muebles para su domicilio. El político socialista no tuvo que buscar mucho, porque la tienda adonde acudió estaba pegada a las Cortes: en la antigua Calle de Floridablanca, que el Congreso de los Diputados absorbió décadas más tarde, convirtiéndola en patio. El establecimiento en cuestión tenía pocos años de vida; su historia había empezado en 1928, junto al Ateneo de Madrid –en Santa Catalina– y, por motivos que se verán pronto, estaba a punto de terminar; pero, a pesar de su juventud, ya era un local mítico. Se llamaba Arte Popular Español, y no tenía ese nombre por capricho. Sus fundadoras, Inés Muñoz y Zenobia Camprubí Aymar se habían asociado con intención de recuperar la artesanía de nuestro país, desde la cestería a los bordados de Lagartera, pasando por el vidrio, la forja, la alfarería, etcétera. Sabían lo que hacían, y lo hacían bien. Al fin y al cabo, eran deudoras intelectuales de “la Institución Libre de Enseñanza”, como afirma la propia Camprubí en Diario de juventud.
La “modesta industria” que habían creado las dos mujeres, con la colaboración posterior de familiares como Juan Ramón Jiménez –quien llegó a ejercer de diseñador y escaparatista– y amigas como Olga Bauer y Constancia de la Mora, dejó huella en varios campos. Crearon talleres en Moguer, Calzada de Calatrava y Caleruela; rompieron dinámicas en oficios que solían estar reservados a los hombres; reintrodujeron técnicas que se empezaban a perder e hicieron una labor social que, por supuesto, se estrelló contra el 18 de julio. Sin embargo, los golpistas seguían sin estar preparados para alzarse en armas cuando Prieto se empezó a preocupar por sus muebles; se limitaban a seguir con su premeditado “plan de atentados”, echando “más leña al fuego” (Testimonio de dos guerras, de Manuel Tagüeña Lacorte) y, aunque la situación era muy grave, quedaba la esperanza de que las autoridades reaccionaran y les pararan los pies. La sangre no se había convertido aún en la medida de todas las cosas. Hasta cabía el humor en lo puramente cotidiano.
Según cuenta Constancia de la Mora en sus siempre recomendables memorias (Doble esplendor), Indalecio Prieto tenía gustos bastante conservadores. Le encantaban “los muebles pesados y feos” y, como le espantaba la idea de que su casa de Carranza acabara llena de “ligeras mesas modernas” y sillas sin florituras, consultó el asunto con “todos sus amigos” por pura inseguridad y acabó pidiendo opinión a un correligionario de criterio indiscutible, un “amigable y simpático profesor de fisiología” que se presentó en la tienda de Floridablanca. Y es ahí donde una anécdota de apariencia inocente se transforma en otra cosa, en demostración de que la autora madrileña no daba puntada sin hilo: Aquel hombre, que caía “extraordinariamente bien” a De la Mora y su esposo (Ignacio Hidalgo de Cisneros, nacido un 11 de julio), era nada más y nada menos que el doctor Juan Negrín, quien estudió el mobiliario con detenimiento y sentenció, poniendo fin al problema: “es espléndido”.
Doble esplendor se publicó en diciembre de 1939: es decir, meses después de que unos personajes convencidos de que podían negociar con Francisco Franco –y de que la inminencia de una guerra mundial era un cuento de Negrín– traicionaran a la República y acabaran con ella. Constancia de la Mora estaba al tanto de lo todo lo sucedido. Lo había estado desde el principio, desde los días en que su marido la informaba sobre la “ceguera” de los Azaña y los Casares Quiroga (lean Cambio de rumbo), convencidos en su caso de que la situación se encontraba bajo control cuando empezó el verano de 1936. Había visto lo que había ver y, al escribir su libro, optó por hacer lo que llama “un pequeño chiste” a cuenta de la anécdota de Prieto, que en realidad funciona en dos direcciones: la primera, como crítica política, por la evolución del político de Oviedo; la segunda, como último abrazo a la normalidad y la luz de una España que iba a morir.
Si tienen tiempo y ganas, gírense hacia el Parlamento la próxima vez que pasen por delante y piensen unos segundos en las mujeres que sostuvieron Arte Popular. Estaba en el antiguo número 3 de la calle que verán enfrente, cerrada con una verja y, durante ocho años, fue la niña de sus ojos. Evidentemente, su manzana desapareció con la extensión del complejo; pero nada impide que la imaginación llene los vacíos históricos que tiende a dejar la arquitectura al servicio del poder. Y si la imaginación les falla, háganse un favor: vayan al epílogo de Doble esplendor y lean las tres últimas palabras. Les aseguro que son un buen resumen.
0