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Refugios climáticos: diez pueblos de España que permiten huir del calor y abrigarse por la noche

Sotres, en el concejo de Cabrales (Asturias).

Roberto Ruiz

4 de julio de 2026 22:10 h

Da la sensación de que los veranos son cada vez más largos y calurosos, y salir a la calle se vuelve todo un sacrificio. Durante el día el calor es intenso y durante la noche cuesta encontrar alivio incluso con las ventanas abiertas. Es cierto que, cuando eso ocurre, la playa suele ser la primera alternativa que aparece en la mente de muchos. Pero no es la única.

Hay pueblos de montaña ideales para dormir tapados aunque sea con una sábana fina, salir a pasear después de cenar sin sentir que el aire sigue caliente o aprovechar el día sin tener que refugiarse constantemente en interiores. No es que haga frío, ni mucho menos, pero el calor al menos no lo ocupa todo.

Repartidos entre Pirineos, Cordillera Cantábrica, Sistema Central o las montañas gallegas, estos pueblos tienen algo en común: altitud, agua, bosques, sombra o un microclima que ayuda a mantener las temperaturas a raya. Desde Sallent de Gállego hasta Riaño, pasando por O Cebreiro, Sotres o Espot, son destinos donde las tardes suelen ser más llevaderas y donde, cuando cae el sol, todavía hay noches que invitan a sacar una rebequita. Auténticos refugios climáticos.

Sallent de Gállego (Huesca)

Sallent de Gállego es uno de esos pueblos que parecen pensados para el verano. Situado en pleno Valle de Tena y a más de 1.300 metros de altitud, este rincón del Pirineo oscense combina montaña, agua y sombra para hacer que incluso en julio o agosto las temperaturas se vivan de otra manera. Durante el día rara vez se alcanzan registros extremos y, cuando cae el sol, el ambiente cambia lo suficiente como para volver a disfrutar de una cena al aire libre sin mirar constantemente el termómetro. A eso ayuda también la cercanía del embalse de Lanuza, que aporta una sensación de frescor muy agradecida. 

“El puente del Paco” sobre el río Aguas Limpias, en Sallent de Gállego.

Pero Sallent no es solo un lugar donde dormir mejor. Merece la pena perderse por su casco de piedra y tejados de pizarra, cruzar el histórico Puente del Paco sobre el río Aguas Limpias y subir hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción para entender la importancia que tuvo el pueblo siglos atrás. También es una buena base para caminar por el entorno, recorrer el camino junto al embalse o acercarse a algunos de los paisajes de alta montaña más espectaculares del Pirineo. 

Riaño (León)

Rodeado por las montañas de la Cordillera Cantábrica y situado a unos 1.130 metros de altitud, Riaño es una de esas escapadas donde el verano del interior parece otra cosa. Aquí el gran protagonista es el agua. El enorme embalse suaviza el ambiente y las corrientes de aire que bajan de la montaña ayudan a que el calor no llegue a hacerse tan pesado como en otras zonas de la meseta. El paisaje ha hecho que muchos hablen de los llamados “fiordos leoneses”, aunque en realidad se trate de antiguos valles inundados. 

El columpio más alto de España, o casi. En Riaño.

Más allá del clima, Riaño tiene una historia que acompaña cada paseo. El actual pueblo nació después de que el antiguo quedara sumergido con la construcción del embalse en los años ochenta, junto a otros núcleos del valle. Hoy ese recuerdo convive con una nueva vida ligada al turismo de naturaleza. Se puede recorrer el embalse en barco, buscar vistas desde los miradores del entorno o hacer rutas sencillas entre bosques y montañas, siempre con la sensación de estar en uno de esos lugares donde el paisaje nos envuelve por los cuatro costados. 

O Cebreiro (Lugo)

Si hay un lugar donde el verano todavía puede venir acompañado de niebla, ese es O Cebreiro. Esta pequeña aldea lucense, situada a 1.330 metros de altitud y puerta de entrada del Camino de Santiago Francés en Galicia, tiene un clima muy particular gracias a su altura y a la influencia de los vientos atlánticos. Incluso en plena canícula es habitual encontrarse mañanas frescas y noches que obligan a taparse más de lo esperado. 

Las pallozas de O Cebreiro.

Su tamaño es pequeño, muy pequeño, pero tiene mucho que ver. El gran símbolo del pueblo son las pallozas, antiguas construcciones circulares con cubierta vegetal que muestran cómo se adaptaba la vida al clima de montaña. También merece una visita la iglesia de Santa María la Real, vinculada a leyendas y al Camino, además de los miradores sobre Os Ancares. Y si hay algo que no conviene dejar pasar es probar el queso do Cebreiro y la gastronomía local antes de seguir la ruta. 

Pola de Somiedo (Asturias)

No es el pueblo más alto de esta lista, pero sí uno de los que mejor demuestra que el frescor no depende únicamente de la altitud. Pola de Somiedo, situada a unos 700 metros, está rodeada por uno de los paisajes más verdes y mejor conservados del norte peninsular. Bosques, ríos y relieve cantábrico crean un microclima que hace que el verano aquí tenga poco que ver con el de buena parte del país. 

El Parque Natural de Somiedo.

Además, funciona como puerta de entrada al Parque Natural de Somiedo. El pueblo se puede recorrer con calma, cruzar su puente de piedra sobre el río Somiedo o visitar el centro de interpretación para entender mejor el territorio. Desde aquí salen rutas sencillas entre hayas y robles y también se puede visitar la Casa del Oso, uno de los animales más emblemáticos de la Cordillera Cantábrica. Es un destino cómodo para quien busca naturaleza sin necesidad de grandes esfuerzos. 

Sotres (Asturias)

En pleno corazón de los Picos de Europa aparece Sotres, considerado uno de los pueblos más altos de Asturias. A unos 1.050 metros de altitud, el verano aquí cambia completamente respecto a la costa o a otras zonas del norte. Los días suelen ser suaves y las noches mantienen ese punto fresco que hace que uno vuelva a pensar en la manga larga. 

El Cabrales, buen representante del concejo donde se encuentra Sotres.

Sotres tiene además el atractivo de conservar el ambiente de los pueblos de montaña que siguen viviendo a otro ritmo. Es una base habitual para quienes quieren caminar por los Picos de Europa o acercarse al entorno del Picu Urriellu, pero también merece la pena simplemente quedarse en el pueblo, pasear al fresco sin prisas y probar el queso Cabrales en el concejo de donde toma su nombre.

Bronchales (Teruel)

A más de 1.500 metros de altitud, Bronchales lleva décadas siendo una referencia para quienes buscan escapar del calor sin salir del interior peninsular. En la Sierra de Albarracín, este pueblo turolense ha sido tradicionalmente conocido por la calidad de su aire y por sus veranos suaves. Incluso hoy sigue siendo uno de esos lugares donde por la noche una camiseta se queda corta. 

Panorámica de Bronchales.

Su gran atractivo está alrededor del casco urbano. Los pinares del Puerto forman uno de los paisajes más característicos de la zona y ofrecen rutas sencillas, sombra abundante y rincones donde pasar horas sin mirar el reloj. En el pueblo también se puede visitar la iglesia parroquial o subir hasta la ermita de Santa Bárbara, aunque aquí el verdadero plan consiste en caminar, respirar y bajar revoluciones. 

Hoyos del Espino (Ávila)

En la Sierra de Gredos hay varios lugares donde refugiarse del calor, pero Hoyos del Espino es probablemente uno de los más conocidos. Situado a 1.440 metros de altitud, este pueblo abulense se convierte cada verano en campamento base para quienes buscan montaña y temperaturas mucho más amables que las del resto de Castilla. 

Santuario de Nuestra Señora del Espino.

Desde aquí parte la carretera que lleva a la Plataforma de Gredos, punto de inicio de algunas de las rutas más conocidas del macizo, como la Laguna Grande o el Almanzor. Pero también merece la pena quedarse en el propio pueblo, recorrer sus calles, acercarse a la iglesia de Nuestra Señora del Espino o pasar por el histórico Puente del Duque junto al río Tormes. 

Tresviso (Cantabria)

Tresviso tiene algo de destino escondido. Encajado entre montañas y con poco más de 900 metros de altitud, este pequeño pueblo cántabro aprovecha la influencia de los Picos de Europa para mantener un verano mucho más llevadero.

Tresviso entre las nubes.

Llegar hasta aquí ya forma parte de la experiencia. No en vano, es uno de los pueblos más aislados de Cantabria. Una vez arriba, el premio son las vistas, el ambiente tranquilo y esa sensación de haber encontrado un lugar donde el tiempo va más despacio. Es también tierra de tradición quesera, con su D.O. Picón Bejes-Tresviso, y un buen sitio para combinar caminatas cortas con sobremesas largas sin el calor como protagonista.

Rascafría (Madrid)

A poco más de una hora de la capital, aparece uno de los refugios clásicos del verano madrileño. Rascafría, en el Valle del Lozoya y a más de 1.100 metros de altitud, demuestra que no siempre es necesario huir a la costa para encontrar noches más frescas y temperaturas más suaves.

Puente del Perdón, en Rascafría.

Su combinación de naturaleza y patrimonio hace que funcione muy bien para una escapada corta. Las Presillas y sus piscinas naturales siguen siendo uno de los lugares más buscados cuando aprieta el calor, mientras que el Monasterio de El Paular aporta el contrapunto histórico. Entre paseos junto al río, sombra y aire de montaña, es fácil entender por qué tantos vuelven cada verano.

Espot (Lleida)

Cerrar esta lista en Espot es hacerlo en uno de los grandes clásicos del verano de montaña. Este pueblo del Pallars Sobirà, situado a unos 1.300 metros de altitud, vive mirando al Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici y tiene un clima de alta montaña donde el verano suele ser suave y relativamente húmedo. 

Parc Nacional d'Aigüestortes i Estany de Sant Maurici.

Espot es sobre todo una puerta de entrada a uno de los paisajes más espectaculares del Pirineo. Desde aquí salen excursiones hacia el lago de Sant Maurici, rutas entre bosques y estanys y recorridos más exigentes para quienes buscan caminar durante horas. Aunque si el senderismo no va contigo y lo único que quieres es que el calor no condicione constantemente tus planes, Espot también es un acierto. 

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