El abogado marroquí volcado en la regularización de decenas de migrantes: “Los papeles no los regalan”
Las alarmas de Mohamed Alami Battahi empezaron a sonar con mucha fuerza la mañana de primavera en la que vio que la cola de la oficina de atención ciudadana llegaba hasta la puerta de su despacho. Doscientos metros repletos de historias que le resultaban demasiado familiares como para permanecer indiferente. Pere Garau bullía. En uno de los barrios más multiétnicos de Palma, casi cualquiera podía sentirse interpelado por la regularización que acababa de decretar el Gobierno de España.
Ese proceso extraordinario ha concentrado en apenas dos meses el trabajo que el abogado Alami pensaba desarrollar a lo largo, quizás, de su primer año como profesional liberal. Abrió la oficina en enero y el tsunami llegó a finales de abril. Varias decenas de las 15.000 solicitudes de residencia que se han tramitado en las Illes Balears han pasado por las manos de este joven mallorquín –de la quinta del 99– con abuelos en la medina imperial de Fez. Sus tarifas prefiere no desvelarlas, pero reconoce que son más baratas que en otras gestorías. El tema le toca de muy cerca Cuando él tenía cinco años, a su padre lo contrataron para darle forma a los interiores de una mansión que se construía en Artà. Completado el encargo, aquel maestro de obra decidió quedarse en este pueblo del noreste de la isla y reunificar a la familia. Simo –el diminutivo por el que conocen en su casa al abogado Alami– aterrizó en el aeropuerto de Son Sant Joan con edad para empezar la escuela. En el colegio público Na Caragol aprendió a hablar catalán, la misma lengua en la que confiesa:
–Además de abogado, yo, al final, también soy un inmigrante. Nunca he sentido lo que es estar de forma irregular, pero he tenido gente que, uf, tenía miedo de salir a la calle. En Son Gotleu, cada equis, había redadas para pedir documentación. Estás tomando un café después de nueve horas en la obra y te piden el carné porque sólo por tu cara saben si eres regular o irregular. Ahora se han calmado un poco, pero hace unos años era horrible…
Estás tomando un café después de nueve horas en la obra y te piden el carné porque sólo por tu cara saben si eres regular o irregular. Ahora se han calmado un poco, pero hace unos años era horrible
El cartel de cerrado
Es martes, 30 de junio de 2026. Pasadas las once de la mañana, al abogado Alami le cuesta terminar las frases. Aunque el despacho esté cerrado, cada dos, tres, cinco minutos como máximo, aparece alguien con ganas de abrirla. Normalmente, hombres magrebíes de mediana edad. El abogado quita la llave y, con la puerta entreabierta, susurra una excusa. Que no admite réplica: el “hoy ya no trabajamos” va rematado de un “yallah” y un “vamos” y un “d’accord”. Árabe, castellano y francés para que no quepa duda de que la suerte de la regularización ya está echada.
La mayoría son clientes que esperan con ansia una respuesta. Con los documentos en manos de la Administración, al abogado Alami ahora le toca esperar y descansar. Más de una vez le dieron las cuatro de la madrugada delante del ordenador mientras trataba de certificar que las pruebas que le habían entregado sus clientes eran verídicas. Sin embargo, anoche cayó rendido antes de que Marruecos machacara a los Países Bajos en los dieciseisavos de final del Mundial de fútbol: “Luego me lo pondré en la tele del despacho... si me dejan”. Alami suelta el mando a distancia con el que trasteaba por un menú en busca del partido en diferido, pone una mueca y camina hacia la puerta. Alguien vuelve a reclamarlo. Soltando una carcajada, dice:
–Fatouch, ¿y si compramos un cartel que ponga cerrado?“
Más marroquíes que alemanes
En Mallorca viven más marroquíes que alemanes. Muchos se establecieron en Manacor. En este pueblo grande –o ciudad pequeña– ya existe una segunda –y una tercera– generación de una comunidad mucho más compleja y diversa de lo que parece. Hay árabes y bereberes. Algunos tienen, incluso, gotas de sangre gnawa (subsahariana) o judía (de los sefardíes que se refugiaron en el norte de África tras la expulsión católica) en las venas.
Todos, sin embargo, son hijos y nietos de la misma diáspora. Fatouch El Abdaoui es una de ellas. Esta mujer nació hace veinte años en el hospital público que atiende a los mallorquines que viven en la comarca de Llevant (y a los turistas que la visitan). Luego vendrían, sin salir de casa, el colegio y el instituto, y un grado superior de Administración y Finanzas que acaba de terminar. El 16 de junio se graduó y al día siguiente ya recorría los tres cuartos de hora de carretera que separan Manacor de Palma para convertirse en la ayudante del abogado Alami. En la recta final de la regularización, aprendió rápido cómo había que afrontar cada caso:
–Lo importante es empatizar con la persona que viene al despacho. Aquí hemos recibido a gente muy desesperada, que viene muy triste y, por supuesto, agobiada. Por eso, preferimos decirles la verdad, aunque les siente mal. Si no son capaces de reunir todas las pruebas que exige el proceso, difícilmente les van a dar la documentación. Pero yo les entiendo, aunque yo no las pudiera reunir, ante una oportunidad así me metería de sopetón y rezaría para que me las dieran.
Fatouch describe con elocuencia –y bastante gracia– el sentimiento de quien no es ni de aquí ni de allí. Tiene primas en Francia, en Bélgica, en Holanda, en Alemania. Las reuniones familiares, en torno a unos tajines bien cargados de carne, pescado o verduras, son una Torre de Babel. En una esquina se habla en francés, en la otra, en alemán. En medio se cuela el castellano. Y, si hay dudas, tienen el dhariya, el árabe que se habla en Marruecos. “Es el que usamos en el despacho porque Simo habla el árabe de Fez, que a nosotras nos suena muy pijo, y el mío, en cambio, a él le parece muy duro, muy basto. Con mi familia podría ser todavía más divertido”, ríe Fatouch, “porque venimos de una aldea rodeada por pueblos que hablan rifeño: por eso lo entendemos también aunque no lo hablemos”.
El apellido El Abdaoui procede de la provincia de Driuch, cerca de Nador. Una zona castigada por las guerras coloniales contra españoles y franceses hace un siglo, por la marginación y represión de la monarquía alauita en épocas más recientes. La rebeldía independentista de los hermanos Abd el-Krim no se ha apagado completamente en el Rif, una tierra donde el futuro es arduo. “¿Por qué hay tantos rifeños en el extranjero? –se pregunta Fatouch– Allí, aunque estudies una carrera, dependes de la suerte y es difícil que la tengas. Aquí, si te esfuerzas, sales adelante. En nuestra generación, la mentalidad de las mujeres ya no es me caso y en diez años tengo siete hijos a los que habrá que mantener. Casi todas las mujeres de mi familia se han sacado una carrera. Derecho, Periodismo, Historia del Arte… Quizás, por eso, en Marruecos me siento europea y en Europa, marroquí”.
¿Por qué hay tantos rifeños en el extranjero? Allí, aunque estudies una carrera, dependes de la suerte y es difícil que la tengas. Aquí, si te esfuerzas, sales adelante. En nuestra generación, la mentalidad de las mujeres ya no es 'me caso y en diez años tengo siete hijos a los que habrá que mantener'. Casi todas las mujeres de mi familia se han sacado una carrera. Derecho, Periodismo, Historia del Arte… Quizás, por eso, en Marruecos me siento europea y en Europa, marroquí”.
Química entre Latinoamérica y el Magreb
Un “amigo venezolano” le habló a Giselle Lor del despacho del abogado Alami. Como esta mujer ecuatoriana vivía “a tres cuadras”, consiguió una cita y fue a contar su situación. Un año y medio empadronada en Palma, donde ya vivía una hermana; una niña y un niño escolarizados; ganas de regularizar su situación legal para poder firmar un contrato de trabajo en condiciones. Y hubo química. “Estoy muy en gracia con él. Vi profesionalismo, no interés económico. No me pidió dinero por adelantado ni nada, apenas tengas la documentación metida me pagas”, dice ella. “Tengo muchos clientes ecuatorianos y colombianos: es muy fácil trabajar con ellos. Suelen ser personas relajadas, confían mucho en ti. Todo depende de lo fácil que sea probar que ya vivían aquí antes del 1 de enero y obtener certificados de penales que sean válidos. Con ella, ha sido sencillo”, replica él. Ahora, Giselle es una de las 360.000 personas –algo más de un cuarto del total de solicitantes– que ya saben que su papeleo se está tramitando. Aunque no sea un triunfo definitivo, su vida ha dado un vuelco de ciento ochenta grados.
–Entonces, ¿has empezado a trabajar? –le pregunta el abogado Alami.
–Estoy haciendo un curso de uñas y, mientras lo hago, estoy trabajando en una hostelería. Justo tengo ocho días limpiando un hotel de cinco estrellas.
–¿Sabes que yo empecé de botones? Mientras estudiaba Derecho en la Universitat de les Illes Balears, trabajaba los veranos en un agroturismo.
–Yo voy de abajo y en un futuro quiero ser gobernanta, pero primero tengo que ser ejemplar. Entender cómo se hace bien el trabajo, qué productos de limpieza tengo que utilizar en cada caso, cómo hay que dejar las habitaciones.
–¿Has hablado con tu familia de Ecuador para decirles que han aceptado a trámite la solicitud?
–Mi mamá estaba súper contenta, aunque sabe que tenemos que esperar a la resolución final. No más la tenga, espero viajar. Por eso mismo busqué el trabajo de los hoteles. Se acaba el verano y te dan tu tiempo para que puedas tener vacaciones; y te dan el finiquito, para que te puedas sustentar.
–¿Y tus hijos cómo llevan lo de ser mallorquines?
–Como tienen a la mamá aquí y a la tía, no se extrañan mucho. Habría sido diferente si hubieran llegado de adolescentes porque los adolescentes ya saben lo que son las cosas. Ellos están pequeños, siete y diez años, olvidan pronto, y están contentos en el cole. Tienen compañeros españoles, latinoamericanos, chinos. Ahora se encuentran a una niña o un niño y, al minuto, ya son amiguitos.
Giselle sí echa de menos los encocados o los ceviches que se comen en Manta, el puerto del Pacífico del que procede. Pero la morriña tiene un límite y el límite lo marca el Estado del bienestar. Unos derechos que, según ella, “acá” (España) están mucho más consolidados que “allá” (Ecuador). “Lo que más me gusta de acá es la seguridad: cada uno tiene su sitio y no se mete en la vida de nadie. Allá no puedes estar en la calle” o “acá no tienes que endeudarte para poder sanarte, allá es la medicina o la comida: esas circunstancias hacen bajar la economía y la gente va a matar por 50 ó 100 euros” serán algunas de las frases que diga Giselle antes de marcharse del despacho del abogado Alami. Ha vuelto, simplemente, a darle las gracias de nuevo.
Giselle es una de las clientas del abogado Alami. Se ha pasado por el despacho solo para darle las gracias de nuevo. 'Lo que más me gusta de acá es la seguridad: cada uno tiene su sitio y no se mete en la vida de nadie. Allá no puedes estar en la calle', comenta la ecuatoriana
Una persona, dos identidades
Entre la foto de su graduación y la orla de su promoción universitaria, el abogado Alami ha plantado dos banderitas en la estantería de su oficina. Son pequeñas, del tamaño de las que ondean sobre las mesas de las cumbres internacionales. En una, la estrella de Salomón, cinco puntas verdes sobre fondo rojo. En la otra, los leones, las columnas, el Plus Ultra, una Corona y una flor de lis encima y debajo del castillo, el león, las barras rojas y amarillas, las cadenas navarras. Marruecos y España, las dos identidades de un profesional del Derecho que, hace apenas un año, decidió transformar su carrera. De forma radical.
Alami vivía en Madrid y trabajaba como abogado para una compañía internacional de aviación privada. Labores de alto nivel que no le llenaban. Cuando supo que no podría teletrabajar durante los meses de verano en Mallorca, lo pasó mal. Para curarse de la depresión y sentirse útil, decidió volver a la isla con su experiencia en la maleta. Entonces, fundó una firma para asesorar –en lo jurídico y en lo administrativo– a particulares, autónomos y empresas.
Esa pensaba que iba a ser su actividad principal hasta que en el Instagram de su despacho tuvo que escribir –en castellano y en árabe– el siguiente mensaje: “Se ha anunciado una nueva regulación que abrirá próximamente la posibilidad de regularización en España para determinados perfiles: analizamos tu situación y te preparamos con antelación, para que cuando el procedimiento esté operativo puedas iniciar tu expediente sin retrasos. Contacta con nosotros y estudiaremos tu caso”. En uno de los comentarios de aquel post, corregiría luego con elegancia a una persona que le señalaba de “ayudar” al PSOE a conseguir “votantes”: “Nuestra función es asesorar conforme a la normativa actual. Valoraciones políticas quedan fuera de nuestro ámbito. ¡Un saludo!”
–¿La regularización extraordinaria se ha hecho de forma lógica?
–La realidad de Barcelona o de Madrid no me la conozco, sé cosas por colegas que tengo allí, pero no la he vivido. En Mallorca creo que hemos sido afortunados y a las Administraciones Públicas hay que decirles “bravo”. Es normal que en las oficinas de atención ciudadana no entendieran al principio lo que tenían que hacer porque fue por el BOE como nos enteramos de que había que solicitar en muchos casos un informe de vulnerabilidad, pero luego han trabajado mucho, rápido y bien. Igual que la Policía Nacional. Chapó para ellos.
–¿Por qué suscita tanto miedo que se entreguen papeles a cientos de miles de personas que ya viven en España?
–Nos fijamos mucho en Donald Trump y el ICE, pero aquí en Europa, Bélgica, por ejemplo, aprueba expedientes de expulsión en apenas una semana. España, en cambio, es mucho más garantista. Si solicitas y te deniegan, quizás, a la larga, te estés metiendo en un problema. A mí me hace gracia que se venda –o que algunos piensen– que los papeles te los regalan así por que sí. El proceso es muy estricto y, al menos aquí, le hemos dicho a varias personas que no las podíamos representar porque no reunían los requisitos. Incluso a gente de la que nos fiamos, pero que, por mala suerte, no tenía un padrón que demostrara el tiempo que lleva aquí. Mi consejo ahí es claro: igual que se ha aprobado un decreto para regularizar se puede aprobar un decreto para expulsar.
Nos fijamos mucho en Donald Trump y el ICE, pero aquí en Europa, Bélgica, por ejemplo, aprueba expedientes de expulsión en apenas una semana. España, en cambio, es mucho más garantista
–¿Tiene recorrido la maniobra del Tribunal Supremo para frenar la regularización en la Unión Europea?
–Se escapa a mis conocimientos, pero creo que es una estrategia encubierta para frenar una realidad que no podemos negar. Nos guste más o nos guste menos, en Europa hace falta mucha mano de obra y un buen número de la gente que ha solicitado la residencia ya está trabajando. En negro, obviamente, algo que en una realidad como la mallorquina no es tan difícil de ver (y que a ciertos empresarios les va de lujo).
Nos guste más o nos guste menos, en Europa hace falta mucha mano de obra y un buen número de la gente que ha solicitado la residencia ya está trabajando. En negro, obviamente, algo que en una realidad como la mallorquina no es tan difícil de ver (y que a ciertos empresarios les va de lujo)
–Cuando se habla de integración, ¿qué importancia tiene la vivienda?
–Es fundamental porque la integración necesita tiempo y el tiempo te lo da el lugar en el que vives. Con un contrato y una nómina de 1.500 ó 1.600 euros lo tendrán un poquito más fácil para conseguir una vivienda digna (aunque ya sabemos qué precios se manejan en Mallorca). Siempre defenderé que los que venimos de fuera somos los que nos tenemos que integrar con la cultura del lugar que nos recibe, pero, a la vez, como todos somos descendientes de inmigrantes, la mezcla es inevitable.
–Ha pasado entre los españoles de todas partes que vinieron a vivir a una isla turística como Mallorca.
Siempre defenderé que los que venimos de fuera somos los que nos tenemos que integrar con la cultura del lugar que nos recibe, pero, a la vez, como todos somos descendientes de inmigrantes, la mezcla es inevitable
–Te pongo un ejemplo muy tonto, pero que lo explica bien. Tuve una novia durante cinco años que era de Artà: se convirtió en algo normal que los viernes viniera a comer a mi casa cuscús y los domingos yo fuera a la suya a comer paella.
Entonces, vuelven a llamar a la puerta y, esta vez, el abogado Alami sí se levanta a abrir con una sonrisa en la boca. Es un amigo que viene a verle: “De Son Gotleu, farmacéutico y, como nosotros, marroquí”.
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