El pequeño pueblo pesquero de casas de varios estilos y colores y en el que no se llegó a acabar un gran castillo

Las casas pintadas en tonos pastel se alinean en calles encantadoras, ofreciendo una estética pintoresca que cautiva

Alberto Gómez

3 de julio de 2026 12:30 h

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En el extremo del estrecho de Menai, donde la isla de Anglesey se separa del Gales continental, se encuentra la pequeña población de Beaumaris, rincón costero cuya población apenas alcanza los dos mil habitantes y que debe su nombre a los antiguos constructores normandos que bautizaron el lugar como “beau mareys” o hermosas marismas. Es un enclave estratégico que combina una rica historia medieval con un entorno natural privilegiado frente a las montañas de la región de Snowdonia. Durante los meses de buen tiempo, el pueblo se transforma al recibir a una población flotante de veraneantes que buscan tranquilidad y sol. Sus calles invitan al paseo pausado mientras la brisa marina recorre cada esquina de este destino que parece detenido en el tiempo.

La calma que se respira hoy en día, eso sí, oculta un pasado de asedios y ambiciones imperiales que marcaron su fisionomía para siempre. Es, sin duda, una joya de Gran Bretaña que merece ser descubierta por cualquier amante de la cultura y la gran belleza paisajística. Y es que caminar por el centro de Beaumaris es sumergirse en un lienzo de colores suaves y estilos arquitectónicos que narran siglos de evolución urbana. Las casas pintadas en tonos pastel se alinean en calles encantadoras, ofreciendo una estética pintoresca que cautiva a los fotógrafos y visitantes.

Destacan concretamente edificios medievales con entramado de madera, como la famosa Tudor Rose, que conviven armoniosamente con estructuras de épocas posteriores. Entre las tiendas de artesanía y las galerías de arte local, se pueden observar banderas verdiblancas ondeando junto a fachadas blancas. El ambiente se completa con bares y restaurantes donde es habitual disfrutar de un desayuno tradicional inglés antes de iniciar la jornada. Es un pueblo que ha sabido conservar su identidad pesquera mientras se adaptaba a su papel como centro turístico de referencia. Cada ventana parece contar una historia diferente, reflejando la luz cambiante de este rincón del norte de Gran Bretaña.

Pasear por las murallas y los torreones permite apreciar la majestuosidad de un plano que buscaba la perfección geométrica absoluta

La gran atracción de la villa es, indiscutiblemente, su imponente castillo, una pieza clave del sistema defensivo diseñado por el rey Eduardo I. A finales del siglo XIII, este monarca conocido como “Longshanks” inició una ambiciosa campaña militar para subyugar a los galeses y asegurar su poder. Para lograrlo, ordenó la creación del llamado “Anillo de Hierro”, una red de fortalezas que incluía los castillos de Conwy, Caernarfon y Harlech. Beaumaris fue el último eslabón de esta cadena de gigantes de piedra destinados a simbolizar la ocupación inglesa en el territorio. La construcción comenzó en 1295 bajo la dirección del prestigioso arquitecto militar James de St. George. Sin embargo, la historia de esta mole de piedra está marcada por un destino singular que la diferencia de sus fortalezas ‘hermanas’: lo que debió ser un bastión perfecto quedó como un testimonio eterno de las prioridades cambiantes de la corona británica.

El diseño del castillo de Beaumaris es considerado una obra maestra de la arquitectura militar medieval por su simetría y equilibrio. Se trata de una fortaleza concéntrica donde los muros exteriores protegen a otros interiores más altos y robustos de once metros de altura. Esta disposición de muros dentro de muros permitía una defensa coordinada desde múltiples niveles, haciendo del sitio un lugar teóricamente inexpugnable. Además, contaba con un ingenioso foso lleno de agua y su propio muelle fortificado para recibir suministros por mar durante las mareas altas. Pasear por las murallas y los torreones permite apreciar la majestuosidad de un plano que buscaba la perfección geométrica absoluta. La alfombra verde de sus patios interiores contrasta con la rudeza de la piedra gris, creando una imagen visualmente impactante.

Designado como Patrimonio Mundial por la UNESCO debido a su valor histórico y su compleja ingeniería defensiva, a pesar de su apariencia imponente el castillo de Beaumaris ostenta el curioso título de ser una de las fortalezas más famosas que nunca se terminaron. Las torres de la muralla interior y la puerta sur jamás alcanzaron la altura proyectada originalmente por James de St. George. La falta de presupuesto y el desvío de la atención real hacia las guerras en Escocia detuvieron los trabajos después de 35 años. Por esta razón, el castillo nunca llegó a ser habitado por la realeza ni cumplió plenamente con su potencial ofensivo inicial. Esta condición de obra inacabada añade un matiz de misterio y una sensación de oportunidad perdida que fascina a los historiadores modernos. Aun así, la brecha en su defensa permitió que el héroe galés Owain Glyndwr lograra tomar la fortaleza por un breve periodo en 1403.

Vida social y cultural

Más allá de las ruinas medievales, el muelle victoriano de Beaumaris representa otro de los centros neurálgicos de la vida social y turística. Desde esta estructura pintoresca se ofrecen recorridos en barca que permiten explorar el estrecho de Menai y rodear la famosa Puffin Island. Es el lugar ideal para observar la fauna local, incluyendo delfines y diversas aves marinas como los característicos frailecillos o alcas. El muelle es también un punto de encuentro para las familias que practican la pesca del cangrejo, la captura más popular de la zona. Las vistas desde el paseo marítimo hacia la región de Snowdonia son impresionantes, especialmente en los días despejados de verano.

La oferta cultural de la villa se complementa con otros edificios históricos que ofrecen una visión profunda de la vida en siglos pasados. Destaca la antigua prisión de Beaumaris, construida en 1829, que actualmente funciona como un museo que atrae a miles de visitantes cada año. En su interior se pueden conocer las duras condiciones de los prisioneros y la historia de personajes como Richard Rowlands, la última persona ejecutada en su interior. El tribunal de la ciudad, datado a principios del siglo XVII, es otro de los juzgados más antiguos y mejor conservados de Gran Bretaña. También merece una mención la preciosa iglesia de St. Mary, del siglo XIV, que alberga tesoros artísticos y arquitectónicos entre sus muros. La combinación de su patrimonio medieval, sus casas coloridas y su vibrante vida natural lo convierten en un lugar precioso para visitar.

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