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El papel vital de la intervención social en las grandes emergencias: “Después del rescate queda mucho por hacer”

Simulacro provincial de Puesto de Mando Avanzado (PMA) era un INCENDIO FORESTAL en las localidades de La Cerollera, La Ginebrosa y Cañada de Verich

Naiare Rodríguez Pérez

3 de julio de 2026 22:27 h

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Aragón vuelve a mirar al cielo este verano. Los incendios forestales han obligado en las últimas semanas a movilizar amplios dispositivos de emergencia, desalojar núcleos de población y mantener a decenas de vecinos pendientes de la evolución del fuego. La sierra de Alcubierre, entre Leciñena y Robres, ha sufrido uno de los mayores incendios de la temporada, con unas 2.200 hectáreas afectadas, mientras que en La Fueva varios vecinos continúan fuera de sus casas tras el incendio declarado este miércoles.

Las imágenes que suelen ocupar portadas y abrir informativos son las de los helicópteros descargando agua, los bomberos luchando contra las llamas o los efectivos de la Unidad Militar de Emergencias trabajando sobre el terreno. Sin embargo, cuando las cámaras se apagan y la emergencia entra en una nueva fase, aparece otro equipo menos conocido que trabaja: el Grupo de Intervención Social en Emergencias (GISE).

Formado por 64 trabajadoras y trabajadores sociales voluntarios especializados en emergencias, este grupo coordinado por el Colegio Profesional de Trabajo Social de Aragón acaba de recibir la Placa al Mérito de Protección Civil 2025, un reconocimiento a más de dos décadas de trabajo acompañando a personas afectadas por catástrofes, incendios, inundaciones o accidentes con múltiples víctimas.

“Cuando los bomberos ya han apagado el fuego y los sanitarios han atendido a los heridos, todavía queda mucho por hacer”, explica Selene Gálvez Langarita, integrante del GISE.

Tal y como cuenta, una emergencia también deja personas que han perdido su vivienda, familias separadas, menores desorientados, personas mayores con dificultades para desplazarse o vecinos que necesitan apoyo para afrontar un impacto emocional que puede prolongarse durante años.

Lo que ocurre después de la emergencia

La intervención social comienza precisamente donde termina la actuación más visible de los servicios de emergencia.

“Nosotras trabajamos sobre el daño social que provoca una catástrofe”, resume Gálvez, quien señala que “la pérdida de la vivienda, la pérdida del empleo, la necesidad de alojamiento temporal o las dificultades de personas vulnerables son cuestiones que también forman parte de la intervención”.

En los incendios forestales que cada verano afectan a Aragón, esa realidad resulta evidente, ya que, cuando se ordena evacuar un pueblo, no todas las personas parten de la misma situación. Como explica, puede haber vecinos con movilidad reducida, personas encamadas, mayores que viven solos o familias que necesitan apoyo específico para abandonar sus hogares con seguridad.

Formación específica que se les da a voluntariado de protección civil dentro de su plan de formación. La ofrece el GISE y se llama La atención social en emergencias

“Lo que hacemos es identificar esas vulnerabilidades y garantizar que nadie se quede atrás”, afirma.

Su trabajo continúa después en los espacios de acogida habilitados para los evacuados, donde organizan recursos, detectan necesidades específicas y acompañan emocionalmente a quienes acaban de perder, al menos temporalmente, la normalidad de su vida cotidiana.

Formarse para acompañar y entrenar lo inesperado

La dimensión emocional ocupa una parte fundamental de la intervención. “A veces una persona acaba de perder un familiar, su casa o la vida que conocía hasta ese momento”, señala Ana Belén Mateo Torralba, también integrante del GISE, quien confirma que el papel del grupo es “acompañar, escuchar y ayudar a cubrir las necesidades más urgentes”.

“No todas las personas necesitan lo mismo ni reaccionan igual”, explica Mateo, quien afirma que desde el GISE también deben saber “cuándo intervenir, cuándo esperar y cuándo una persona simplemente necesita que alguien permanezca a su lado”.

Como no existen dos emergencias iguales ni dos reacciones idénticas ante una misma situación, ambas coinciden en que la preparación es un paso importante. “Formación, formación y formación”, resume Gálvez, quien remarca que “la teoría no basta, pero sí proporciona una base sólida para poder adaptarte después a cualquier escenario”.

Esa preparación se mantiene durante todo el año mediante cursos especializados, simulacros y ejercicios conjuntos con otros cuerpos de emergencia.

De hecho, en los últimos meses el GISE ha participado en simulacros de riesgo químico en Épila, ejercicios de incendios forestales en las comarcas del Jiloca y Cuencas Mineras, prácticas de coordinación en Huesca y un simulacro de accidente ferroviario en la estación Zaragoza-Delicias que permitió poner a prueba por primera vez el Procedimiento de Múltiples Víctimas de Aragón (PROMUVI).

Simulacro de riesgo químico en Épila

Para quienes forman parte del grupo, estos entrenamientos son mucho más que una práctica técnica. “A veces lo primero que tienes que conocer es cómo reaccionas tú misma en una situación de presión”, explica Mateo, que asegura que “eso también forma parte de la preparación”.

Los simulacros permiten además coordinarse con bomberos, sanitarios, Protección Civil, fuerzas de seguridad y el resto de los profesionales que intervienen en una emergencia real. “Entrenar sirve para conocernos entre los distintos equipos y saber cómo trabajamos unos y otros”, añade Mateo porque, como dice, “con una emergencia real ya no hay tiempo para improvisar ni para presentarse”, por lo que “cada profesional tiene que saber qué puede aportar y cómo coordinarse con el resto”.

Es más, según detalla, en una emergencia cada profesional se identifica mediante un color que permite reconocer su función dentro del operativo y agilizar la coordinación sobre el terreno. Así, los bomberos visten chalecos rojos; Protección Civil, naranjas; los sanitarios del 061, blancos; el jefe de triaje, amarillo; el responsable de evacuación sanitaria, azul, y los trabajadores sociales del Grupo de Acción Social, verde.

Por su parte, los distintos cuerpos policiales mantienen sus uniformes habituales, mientras que entidades como Cruz Roja utilizan su propia identidad corporativa. Esta codificación por colores, empleada en los dispositivos del 112 SOS Aragón y en los Puestos de Mando Avanzado (PMA), no está recogida en una única norma, sino que forma parte de los protocolos operativos que organizan la intervención de los diferentes servicios durante una emergencia.

El reto de reconstruir una comunidad

Mientras Aragón afronta un nuevo verano marcado por los incendios forestales y las evacuaciones, la actualidad internacional también recuerda la fragilidad de la sociedad frente a una catástrofe. El reciente terremoto registrado en Venezuela ha dejado miles de personas afectadas y ha puesto de manifiesto que, a pesar de que un seísmo dura unos segundos, las consecuencias sociales permanecen durante meses o años.

“Siempre pienso cuánto tiempo hace falta para recuperar el nivel de vida que existía antes”, reflexiona Selene Gálvez. La respuesta, admite, rara vez es rápida. “Un terremoto puede durar unos minutos y, sin embargo, una comunidad puede tardar décadas en recuperarse”, afirma, poniendo de ejemplo el terremoto de Lorca de 2011, cuyas consecuencias todavía siguen presentes más de una década después.

Por eso insiste en que el impacto de una gran emergencia no puede medirse únicamente en hectáreas calcinadas, viviendas destruidas o personas evacuadas. También deja secuelas emocionales, pérdida de redes de apoyo, incertidumbre económica y comunidades enteras obligadas a empezar de nuevo. “Ahí es donde entra el trabajo social”, resume.

Tal y como admite, cuando la actualidad continúa hacia otro lugar, comienza un trabajo silencioso que puede prolongarse durante años para ayudar a las personas a recuperar, poco a poco, “una vida que nunca vuelve a ser exactamente igual”.

Una profesión imprescindible y todavía poco conocida

“Sinceramente, creo que la sociedad todavía no conoce suficientemente cuál es nuestro papel dentro de una gran emergencia”, afirma la presidenta del Colegio Profesional de Trabajo Social de Aragón, Sandra Arauz. A su juicio, la DANA que golpeó Valencia marcó un punto de inflexión al evidenciar que, además de bomberos, sanitarios o fuerzas de seguridad, existen otros profesionales cuya intervención resulta esencial para atender a la población afectada.

“Las emergencias pueden ser muy diferentes entre sí, pero todas tienen las personas como elemento común”, indica. Del mismo modo, apunta que la función del trabajador social consiste, precisamente, en que “nadie quede desatendido por su situación personal, económica o social”. “La emergencia no afecta igual a todo el mundo y por eso nuestra mirada siempre se dirige primero hacia quienes parten de una mayor vulnerabilidad”, sostiene Arauz.

Distinción con las placas al mérito de la protección civil

Por todo esto, defiende que el trabajo social se ha consolidado como una pieza clave dentro de los planes de Protección Civil, con una misión que va más allá de cubrir necesidades materiales. “Estamos para acompañar antes, durante y después de la emergencia, siempre con una atención especial a quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad”, agrega.

En este sentido, mientras la Comunidad encara un verano complicado por el elevado riesgo de incendios forestales, el GISE continúa entrenando para responder a situaciones que, como reconocen sus integrantes, “ojalá nunca lleguen a producirse”.

Por eso, si mañana volviera a declararse una emergencia en Aragón, el mensaje que lanzan a la ciudadanía es “que confíen”, añade Gálvez, a pesar de reconocer que “los primeros momentos siempre parecen caóticos y es normal que la gente tenga esa sensación”.

“Detrás de cada operativo hay muchísimas personas preparándose desde hace años para saber qué hacer en cada situación”, sostiene. Y esa coordinación, añade Gálvez, no se improvisa y es fruto de años de formación, protocolos y reuniones de coordinación.

En definitiva, cuando un incendio obliga a abandonar un pueblo o un terremoto rompe de golpe la rutina de cientos de personas, la respuesta continúa con ofrecer ayuda para reconstruir una comunidad entera que, en estos momentos, “está rota y no sabe cuándo volverá a ser igual”.

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