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Obituario

Tatatachaaaaaaán

El mago Juan Tamariz en 2016
19 de agosto de 2026 18:55 h

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Lo veíamos en la pantalla pequeña de las sobremesas y las noches familiares, e inmediatamente parecía que no había nada más importante en cada programa que su baraja y su violín invisible. El mundo entero se reducía a su mesita plegable y sus naipes. Iba de lunático de verbena, de colgado entrañable que estornudaba a gritos mientras una baraja se multiplicaba en el aire. Era un buhonero feúcho en vaqueros, con mirada de pillo y maneras de feriante que aullaba a los críos como si los conociera de toda la vida: ¡Tatatachaaaaán! Hizo de la ilusión su feudo y allí se quedó a vivir junto al azar, el despiste y la risa contagiosa.

Lo mismo hacía desaparecer un pañuelo que la tristeza de un martes. Fue el regocijo continuo de ver a alguien siendo él mismo: un arlequín de la sorpresa, un excéntrico despeinado que parecía salido de un tebeo de Bruguera, un genio del chiste malo bien contado. Juan Tamariz fue un payaso sabio que supo cómo rendirse al ridículo para, al mismo tiempo, trascenderlo.

Ya de niños sospechábamos que ese histrión con el baile de San Vito que materializaba palomas de la nada tal vez fuese un genio. En eso sí que no nos engañó del todo. Quizá por ello acabó convirtiéndose en mito de aquella España en transición, ese país en desconcierto que empezaba a quitarse las legañas y encontró en él uno de sus más gratos alivios televisivos: la certeza de que alguien podía inventar una sorpresa nueva cada noche. Sorpresas mejores que las del Telediario, se entiende.

Los que saben del tema dicen que Juan Tamariz practicaba la magia “de cerca”. Y el concepto se entiende. Porque por muy brillantes, por muy admirables que fueran sus trucos a la vez tenían algo que les hacía no desentonar sobre cualquier mesa del Bar Manolo. Nos encantaba esa magia potagia de cartas en apariencia desordenada, apresurada, un poco caótica, como España misma; como un chiste de Chiquito, como el soniquete de la pandereta, como un supuesto milagro de Lourdes o la chapuza de un fontanero. Lo importante era que, más o menos, las cosas funcionasen, ¿no? Como el país...

El mago Juan Tamariz, en una imagen de archivo.

Tamariz fue el bufón que enseñó a creer en algo a una generación descreída. Mientras la nación se reinventaba a trompicones y el mundo se ponía serio, él se descojonaba de todo con su risa de flauta rota. De su baraja brotaron las esperanzas de un país de extrarradio aún dispuesto a creer que las cosas podían aparecer y desaparecer a capricho. Como el NO-DO, como la mili, como la peseta. Con su alarido de carraca y aspavientos de fantoche, Tamariz parecía decirnos: “España es un truco mal hecho, lo sé, pero dejadme entreteneros con esta baraja”. Y allí estábamos todos, mirándole hipnotizados, aplaudiendo cuando las cartas subían, bajaban, desaparecían, reaparecían, mientras en los bares se discutía de la democracia, de la inflación, de su puta madre.

Nada más alejado del prestidigitador anglosajón que él. No había esmoquin entallado ni pajarita, no había guantes blancos, no había espalda tiesa. Nada de americanas —ni americanadas— tampoco, ni lentejuelas de Las Vegas. Tamariz fue un saltimbanqui con la camisa arrugada, chaleco de vendedor de seguros y la coleta hippie de un profesor de filosofía jubilado. Un gnomo tabernario, sin pompa ni circunstancia, un juglar que convirtió el ilusionismo en vodevil, un filósofo del absurdo que no necesitó gestos solemnes porque sabía perfectamente cuanta seriedad puede haber en una carcajada.

Detrás del caricato, del miope irrisorio, hubo un artista radical que entendió que la magia mayor no radica en el conejo dentro de la chistera sino en el aliento suspendido del espectador, en ese segundo donde la incredulidad claudica y la risa se hace ilusión. Y por supuesto que en él había mucho de infantil, pero también de profesor loco. La inocencia del niño que todavía cree en lo imposible y la malicia del anciano que sabe fabricar cohetes. Tamariz tenía la centella en los ojos de quien un día descubrió el truco final del universo y desde entonces se lo guardaba para sí; porque su misión no era revelar nada trascendente, sino hacerte vivir en el estupor y la duda, en el pasatiempo.

Tamariz fue durante décadas un duendecillo viejo que aparecía en las pantallas como un conjuro inmemorial, con esas gafotas como lupas cansadas y esa melena ya de algodón de azúcar. Y ahí permaneció mucho tiempo, con voz de cascabel oxidado, convertido en reliquia pop, otra figurita vintage de nuestro salón colectivo. Y cada vez que reaparecía en televisión, esa que, a partir de cierto momento empezó a rebosar de publicistas e intimidades, media España volvía a tener diez años y un bocadillo de chorizo en la mano.

Él fue la prueba de que una mentira bien escenificada puede salvarnos de la realidad, aunque sea a ratos sueltos. Y eso, en esta charca infame, no es poco milagro

Y mira que surgieron magos más guapos, jóvenes con producción multicámara que vestían pantalones apretados y sabían inglés. Pero aun así, buena parte del país seguía estando muy a gusto dentro del mazo de naipes de Tamariz. Esas cartas que él seguía barajando, cortando y repartiendo, para esconderse siempre la que más le interesaba en la manga. Y es que aquí no creemos en nada, pero seguimos dejándonos engañar por quien nos da la gana, porque en el fondo queremos ser engañados. Porque Tamariz siempre fue un trilero bueno, uno que te timaba con cariño, un artista del engaño y la parranda, de la mentira y el jolgorio. Eso no lo tenían por ahí fuera.

Él fue la prueba de que una mentira bien escenificada puede salvarnos de la realidad, aunque sea a ratos sueltos. Y eso, en esta charca infame, no es poco milagro. Eso fue Juan Tamariz: un trasgo con pelo de escoba mágica que nos enseñó a burlarnos de la verdad, que demostró que, a menudo, es mejor aceptar el truco. Hoy que, según nos dicen, él ha desaparecido para no volver, reencontrarnos con sus viejos videos es volver a creer que al menos los naipes sí pueden reaparecer de la nada. Tamariz fue un tahúr de lo improbable que nos robó la razón y nos devolvió el candor. Nos hurtó las certezas y nos obsequió risas. Él ofrecía engaños como quien regalaba caramelos en la puerta del colegio. ¡Nadie hizo nunca eso! Pero qué felices fuimos mordiendo su anzuelo…

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