Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Sobre este blog

El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Zaragoza empieza en los barrios

Una calle del barrio de Torrero, en Zaragoza.

0

A mediados de agosto, me vuelven a la memoria los agostos de mi infancia en Torrero: el asfalto ardiendo, las tardes que no se acababan, media ciudad fuera. Zaragoza entera parecía agostarse —vaciarse, secarse—, y sin embargo el barrio seguía en la calle, como si el verano fuera suyo. Cuando la ciudad se vacía, se ve mejor que nunca quién la sostiene: los que se quedan.

Hay un pensamiento de Jane Jacobs que siempre me ha acompañado. Venía a decir que una ciudad solo puede comprenderse desde la vida de sus calles, y nunca he dejado de darle vueltas, quizá porque con el tiempo he llegado a una conclusión parecida: una ciudad no empieza en sus monumentos ni en sus grandes proyectos; empieza donde uno aprendió a quererla, en los recuerdos de la infancia.

Siempre me ha resultado extraño escuchar hablar de Zaragoza como si fuera una sola cosa, como si existiera una sola forma de vivirla o de quererla, una versión oficial y verdadera, la que se cuenta desde el centro, frente a la que todo lo demás fueran matices.

Yo nunca he conocido esa Zaragoza.

Nací y crecí en Torrero. Mi Zaragoza empieza ahí, entre los pinares, el Canal, sus calles, las fiestas del barrio, los paseos en bici con mi tío Carlos, unas luchas vecinales que entonces no entendía y esa extraña sensación de que el barrio era un mundo entero.

Si, como decía Rilke, la patria del hombre es la infancia, entonces la mía es Torrero.

Durante muchos años pensé que Zaragoza era eso, hasta que descubrí que había otras Zaragozas: la de quien había crecido en Delicias, en Las Fuentes, en el Arrabal, en Oliver, en Montañana o en Santa Isabel. Ninguna era más auténtica que otra; eran distintas y, por eso, todas necesarias.

Tal vez ahí aprendí mi primera lección política, aunque entonces no supiera ponerle nombre: una ciudad no es una unidad, sino un acuerdo entre memorias distintas y barrios que deciden formar parte de un mismo proyecto colectivo.

Tardé años en ponerle nombre a aquella intuición. Su reverso es uno de los grandes errores de la política contemporánea: equiparar el centro al todo.

Y no hablo del centro geográfico, sino del centro como manera de mirar: el verdadero centralismo consiste en creer que la ciudad puede construirse desde arriba, por unos pocos que se arrogan un derecho casi patricio sobre ella.

Y las ciudades nunca se han construido así. Se sedimentan, se discuten, se conquistan y se cuidan; por eso terminan construyéndose desde abajo, desde los barrios.

Hace más de veinte años, Jahsta y Rapsusklei escribían en Niños del ghetto “los compadres de mi casta no viven en el paseo Sagasta”. Siempre me pareció una frase de gran calado político, porque no hablaba de una avenida, sino de quién escribe el relato de una ciudad y de quién nunca aparece en él.

En toda ciudad conviven dos relatos, y Zaragoza no es una excepción. Uno habla de competitividad y de inversiones; el otro habla del autobús que no llega, del parque donde juegan los hijos o de la asociación vecinal que consigue que una plaza siga siendo un lugar de encuentro.

Ese es el relato de la Zaragoza en la que me reconozco.

Y es que una ciudad puede atraer inversión y, al mismo tiempo, perder parte de lo que la hace habitable; puede llenar hoteles y vaciar barrios; puede convertirse en una marca reconocible sin ser necesariamente un lugar mejor para quienes la habitan.

Creo que el proyecto político de Natalia Chueca parte de una premisa equivocada, no porque no conozca los barrios ni porque no invierta en ellos —que también—, sino porque su mirada sigue siendo profundamente centralista. Piensa Zaragoza desde el centro y termina confundiendo el centro con la ciudad.

En el último debate de la ciudad, Chueca volvió a lanzar promesas a los barrios como quien lleva regalos: espacios a los que llevar cosas, cuando llevan décadas sosteniendo Zaragoza y son su verdadero punto de partida. De sus luchas salieron los colegios, los centros de salud, los autobuses, las bibliotecas; y buena parte de la ciudad —y de la democracia— que hoy habitamos.

No hay contradicción entre prosperidad y justicia. La cuestión es quién define el éxito de una ciudad: si el inversor que llega o el vecino que decide quedarse.

Y una ciudad que olvida a los que se quedan acaba perdiéndose.

Por eso creo que las nuevos proyectos políticos para la ciudad que de verdad valgan tendrán que hacerse al revés de como gobiernan hoy Chueca y la derecha: no gobernar desde el centro para los barrios, sino de los barrios para todos. Esa, para mí, es el verdadero reto y tarea de la izquierda zaragozana.

El día que Zaragoza deje de construirse desde Torrero, desde Las Fuentes, desde el Arrabal o desde cualquiera de esos lugares donde la ciudad se vive en lugar de imaginarse, Zaragoza habrá empezado a perder algo más importante que un proyecto: habrá empezado a perder la memoria de sí misma.

Y Zaragoza, al menos la mía, empieza en los barrios.

Sobre este blog

El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Etiquetas
stats