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Cuando la casa determinaba tu destino: un recorrido por el sistema que organizó durante cinco siglos la vida en el Sobrarbe

María Victoria Broto y Severino Pallaruelo, voces protagonistas del documental.

María Bosque Senero

Huesca —
4 de julio de 2026 22:10 h

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“Cuando decías que habías nacido en una casa, tenías ya todos los defectos y virtudes de esa casa. No tenías personalidad propia”. La voz de María Victoria Broto abre el documental Cuatro casas con una afirmación que descoloca al espectador contemporáneo. A su lado, Severino Pallaruelo confirma la idea: bastaba pronunciar el nombre de una casa para que cualquiera supiera quién eras, cómo te comportabas o si se podía confiar en ti.

En apenas unos minutos, el documental dirigido por Jesús Bosque deja claro que no va a hablar de arquitectura ni de patrimonio construido. Va a hablar de una institución que fue la forma de organización social que sostuvo durante más de quinientos años la vida en el Pirineo y que, con su desaparición, se ha llevado consigo una forma de entender la comunidad, la familia y la identidad.

La propuesta podría parecer un ejercicio de nostalgia sobre el mundo rural. Sin embargo, Cuatro casas toma otro camino. A partir de la historia familiar de María Victoria Broto y Severino Pallaruelo, el documental reconstruye el papel de la casa como eje de la sociedad tradicional pirenaica y plantea una mirada crítica sobre un sistema que garantizaba la supervivencia colectiva, pero que también limitaba la libertad individual. No están contando la vida de cuatro edificios. Están hablando de un mundo entero que desapareció hace apenas unas décadas.

Más allá de la construcción: La casa como institución

El proyecto, que nació con vocación etnográfica, ha terminado convirtiéndose en algo más íntimo. A lo largo de 52 minutos de metraje, los dos protagonistas recorren la historia de las casas donde nacieron ellos y sus madres en Guaso, Puyarruego, Escapa y Morillo de San Pietro. La documentación conservada durante siglos y de los recuerdos personales de Broto y Pallaruelo, sirven al documental de hilo para reconstruir la historia de varias generaciones. El resultado es un relato donde se entrelazan la memoria familiar y la historia social de Sobrarbe.

La idea, explica Mariví Broto, llevaba tiempo rondando: “Hace mucho que queríamos hacer algo sobre nuestras casas, incluso escribir un libro, hasta que una noche decidimos que un documental era la mejor forma de contarlo”. Comenzaron grabándose ellos mismos de manera casera y llegaron a reunir cerca de seis horas de material, antes de estructurar el relato en torno a cuatro casas, cada una asociada a un tema: la subsistencia, la libertad, el trauma familiar y la desconexión del territorio.

Fotogramas del documental

Según los expertos, y también quienes ya lo han visionado, ese es precisamente uno de los grandes aciertos de Cuatro casas, que lo que comienza como una aproximación etnográfica a cuatro casas pirenaicas acaba convirtiéndose en algo mucho más profundo: una reflexión sobre la identidad, la herencia y la vida colectiva. Porque para entender los pueblos del Pirineo no basta con mirar sus paisajes, sus angostas y empinadas calles o sus iglesias. Hay que comprender qué significaba la casa. No la casa como edificio. La casa como institución.

Durante generaciones, en los valles del Sobrarbe, una persona no era únicamente un individuo. “Era una sociedad en la que las decisiones vitales estaban al servicio de la supervivencia y continuidad del patrimonio”. Los dos protagonistas del documental coinciden en que aquella organización social, dejaba poco espacio para la libertad individual. Una afirmación que puede resultar “incómoda” para quienes miran el mundo rural tradicional con los ojos de la nostalgia.

Cuatro casas no idealiza el pasado”. Lo observa, lo explica, y deja que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones. “Es una historia muy personal que, a través de nuestras familias, lleva hasta las personas que lo ven un tema universal”, resume Broto. El mensaje, añade, es que amaron profundamente aquellas casas y los valores que les transmitieron, pero también que “nos restaron libertad; hay que romper ese cordón, vivir y desprendernos del pasado”.

Un relato que va de lo particular a lo universal

Jesús Bosque, cineasta oscense con una larga trayectoria vinculada al documental etnográfico y a las culturas tradicionales, ha optado en este trabajo por una puesta en escena austera. No hay artificios ni dramatizaciones innecesarias y la naturalidad a la hora de grabar y del montaje han sido claves para Bosque que ha querido que los espectadores “vean lo que hay detrás”, incluyendo en el montaje momentos en los que quienes hablan no eran conscientes de que la cámara seguía grabando. “Honestidad hasta el final”.

Severino Pallaruelo en el documental

La fuerza de este documental reside en las palabras de las dos personas que ponen voz y rostro a las cuatro casas, en los documentos, en los paisajes, y también en los silencios. Una decisión que la crítica ha destacado de manera positiva, valorando “su capacidad para dejar hablar a la memoria sin interferencias”. Así, el cineasta ha conseguido lo que pretendía, que una cámara no impostara la realidad para poder ofrecer un contenido lo más cercano posible a la realidad de quien lo ha vivido.

Quizá por eso las proyecciones que se han ido celebrando han llenado las salas. El interés que despierta este trabajo en el público no es solo “por ver un documental”. Se trata del reconocimiento de muchas familias que, de una manera u otra, se ven reflejadas en la pantalla. Un mensaje que es tan universal que trasciende el ámbito pirenaico. Habla de algo que está ocurriendo en gran parte del medio rural europeo: la desaparición de las estructuras tradicionales que durante siglos dieron sentido a la vida de nuestros pueblos; esencialmente comunitaria.

“Aquello que se perdió fue otra cosa”

Trayendo el tema del que habla el documental al presente, en algunas de sus intervenciones, Severino Pallaruelo insiste en que la cuestión a día da hoy no es si las casas se restauran físicamente o si los pueblos recuperan habitantes. Recuerda que muchas viviendas se han rehabilitado y algunos núcleos vuelven a tener actividad. Pero que “aquello que desapareció fue otra cosa”. Desapareció una forma de entender las relaciones humanas, el trabajo, la propiedad y la pertenencia a una comunidad.

Un sentir que prácticamente todos los territorios rurales comparten al afrontar una pregunta similar: ¿Cómo conservar la memoria sin convertirla en museo? `Cuatro casas´ no ofrece respuestas cerradas, pero sí que abre una senda de reflexión al rescatar voces -que todavía recuerdan cómo funcionaba aquel mundo- y ponerlas en diálogo con el presente.

El documental Cuatro Casas cuenta la historia de una sociedad que desaparece lentamente. Un modelo que “no tendría sentido en este momento” y que “limitó” a quienes vivieron sumidos en él. Pero también desliza la invitación a preguntarnos qué parte de aquella forma de sociedad merece todavía ser recordada o incluso salvada.

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