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La llegada de nuevos vecinos a los pueblos de Aragón se topa con un dilema: “No tenemos casa para alquilar”

La familia de Valmadrid, con Raquel, Jesús y una de sus hijas.

María Bosque Senero

26 de enero de 2026 21:56 h

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Responde a las preguntas mientras sus hijas de cuatro y nueve años están en la calle jugando: “Aprovecho para hablar cuando estoy fuera de casa porque dentro la cobertura es mínima”, cuenta Raquel Tarela Laborda, de 39 años, vecina de Valmadrid desde hace cuatro años, cuando, junto con su pareja Jesús, decidieron dar el salto de Zaragoza capital a los alrededores. Explica que contactó con varias comarcas a través de la plataforma Pueblos Vivos y que fue María Quílez, técnica de desarrollo rural de Adecobel, el grupo de acción local de Campo de Belchite, la primera en contactarles.

“Un vecino de La Puebla de Albortón necesitaba a una persona para trabajar en la granja. Mi pareja, Jesús, no sabía nada de este sector, pero Luis, que así es como se llama su jefe, se lo enseñó todo. Estuvo con él varias semanas hasta que aprendió lo necesario. La verdad es que se ha portado muy bien”, confiesa Raquel, mientras su hija mayor la reclama para decirle que mañana irá a hacer los deberes con un amigo.

“No hay muchos niños en Valmadrid. De unos cien habitantes que habrá censados, en invierno viviremos alrededor de 30 personas, aparte de otras tantas que viven en la residencia”, comenta. Sin embargo, reconoce sin problema alguno que es una forma de vida que le gusta: “Los inicios siempre son complicados, no sabes cómo te van a acoger los vecinos, si te vas a apañar sin tienda a la vuelta de la esquina. Mis amigas siguen intentando entender cómo es que nos hemos adaptado a vivir en Valmadrid, pero la verdad es que estamos muy contentos de haber dado este paso”, afirma Raquel, y sonríe.

Después de desarrollar casi toda su vida laboral en la industria, tras la llegada de su segunda hija y ya viviendo en Valmadrid, decidió incorporarse de nuevo al mundo laboral. La pregunta era: ¿encontraré trabajo en el pueblo? Comenzó haciendo sustituciones en el servicio de ayuda a domicilio de la comarca y ha encontrado en esta ocupación su vocación. “Nunca había trabajado con personas mayores. Empecé y me conquistó, tanto que decidí formarme: me saqué el título de Técnica Sociosanitaria y me siento muy a gusto”, añade Raquel. Los momentos más duros llegan con las despedidas: “Son personas mayores, sabes que va a suceder y se pasa mal, pero también te dan mucho cariño, te saludan donde quiera que te vean y te abren las puertas de sus casas. Son muy agradecidos”.

Con su marido trabajando en la granja, las niñas en edad escolar y sin red de apoyo familiar, en algunos momentos Raquel ha tenido que “tirar” de la buena disposición de sus vecinos para que le echen una mano. “Mis vecinos me han dicho: 'Ve a trabajar, Raquel, y aprovecha esta oportunidad, nosotros nos encargamos de las niñas'”. Algo que la sigue sorprendiendo en positivo, comparado con la relación que tenía con su entorno en la ciudad, donde creció.

“Se han convertido en mis abuelos”

“Tenemos unos vecinos, dos hermanos solteros de 91 y 87 años, que se han convertido en mis abuelos. Quieren a mis hijas como si fueran de la familia y ellas se están criando con ellos. Casi todos los días, si no son todos, los pasamos a ver”, confiesa Raquel. “También tenemos otra pareja de unos 60 años que son como mis padres. Siempre he tenido las puertas abiertas de su casa para lo que nos haya hecho falta: un pequeño favor, quedarse con las niñas o un puñado de sal, lo que sea. Y esta forma de vivir que están teniendo mis hijas no la cambio por ninguna otra en este momento”, añade la joven.

Las pequeñas están escolarizadas en el colegio de Belchite. Una furgoneta de transporte escolar las recoge a las 8 de la mañana, comen en el cole y vuelven a casa sobre las cuatro de la tarde. “Nos movemos a Zaragoza a comprar y quedan con sus amigos en Belchite para los cumpleaños, pero mis hijas han aprendido a jugar entre la naturaleza, a coger flores, a hablar con los vecinos; vamos a la granja a ver a su padre y a una finca cercana a visitar a los caballos. Me gusta ver cómo la pequeña, por ejemplo, tiene la capacidad de entretenerse con un caracol. Es una vida tranquila y buena”, asegura esta madre, que, como mujer, también ha intentado hacerse un hueco en la pequeña localidad poniendo en marcha una Asociación de Mujeres.

Ya han celebrado varias actividades en este tiempo: talleres de jabón con recetas artesanales de las vecinas del pueblo, iniciación básica al inglés con una profesora que vive en Valmadrid, talleres de adornos navideños, de reciclaje y hasta han intentado recuperar la biblioteca del pueblo. “No es fácil, como en todas partes cuesta movilizar a las personas para que participen, pero al menos nos reunimos en Santa Águeda, hacemos actividades en fechas señaladas como Navidad o en fiestas y aportamos movimiento al pueblo”.

“Queríamos venir, pero no teníamos una casa a la que mudarnos”

A pesar de la puesta en marcha de programas específicos, y con el lastre de inversiones públicas que no terminan de dar con la tecla que suene a respuesta para las necesidades particulares del mundo rural, la oferta de viviendas accesibles está muy por detrás de la demanda, agravando la despoblación y complicando la vida de quienes quieren quedarse o llegar a vivir en el medio rural.

Como Raquel y Jesús, muchos otros interesados en mudarse a los pueblos de Aragón se dan de bruces con una dura realidad: “No tenemos casa para alquilar”. Muchas de las viviendas disponibles en pequeñas localidades están “cerradas o en venta”, explica María Quílez, técnica de Desarrollo Rural en Adecobel. Las razones son múltiples, pero las que más se repiten son las siguientes: o bien el inmueble pertenece a muchos familiares que no saben bien qué hacer con él, o prefieren que la casa esté cerrada tras alguna mala experiencia que ha conllevado la pérdida de confianza en la fórmula del alquiler.

A estos factores se suma el hecho de que, con el paso de los años, algunas de estas viviendas no cumplen las condiciones mínimas de habitabilidad “y los propietarios no se plantean invertir para adecuarlas y sacarlas al mercado de alquiler”, añade María Quílez.

Por parte de las administraciones públicas, “el tema de las ayudas está complicado porque o bien están destinadas a inmuebles que sean residencia de los propietarios o se conceden a los ayuntamientos de los municipios, pero la mayoría de ellos no cuentan con viviendas propias que puedan arreglar y poner en alquiler, y si construyen vivienda, la subvención da para una casa, no para mucho más”, explica la técnica de Desarrollo Rural.

En este panorama, y como herramienta de respuesta, nacen programas como Pueblos Vivos, que intentan poner en contacto a personas que tienen interés por vivir en un pueblo, personas que tienen casas que podrían poner en alquiler y vecinos o empresas dispuestos a ofrecer trabajo. Los resultados están siendo positivos, pero no son homogéneos y, sorprendentemente, la tendencia de crecimiento se mueve más rápido en la línea de los posibles futuros vecinos que en la de las viviendas disponibles, lo que crea una situación “compleja” que se está intentando abordar con pedagogía y paciencia. “Ganarse la confianza de los vecinos para que pongan en alquiler una residencia vacía no es fácil, pero tampoco imposible”, apuntan los grupos locales, principales actores en estas iniciativas encaminadas a la repoblación de las zonas rurales de Aragón.

Tensión habitacional

El grupo de acción local Adecobel, en su balance de actividad del año 2025, apunta que ha recibido 35 solicitudes para vivir en alguna de las localidades de la comarca Campo de Belchite. A estas se suman otros 28 contactos realizados directamente a través de consultas en el grupo de acción local de esta comarca. En total, 62 contactos procedentes de personas individuales o familias dispuestas a mudarse al medio rural aragonés. Sin embargo, solo ocho han podido hacer efectiva la solicitud. La vivienda ha marcado la diferencia, un fenómeno que recibe el nombre de “tensión habitacional”.

En el caso de la familia que este verano llegó a Almochuel, pudieron mudarse porque a la oferta laboral, que constaba de la gestión del bar-restaurante en invierno y las piscinas en verano, además del puesto de alguacil del pueblo, iba ligada la vivienda, de propiedad municipal, que el Consistorio decidió poner a disposición de la familia que aceptara la oferta laboral.

En el caso de los vecinos de Valmadrid, Raquel, Jesús y sus dos hijas –la pequeña nacida ya en el pueblo–, fue la buena voluntad y los contactos del jefe de Jesús, gracias a los cuales consiguieron una vivienda que poder alquilar cerca de la explotación, que está en La Puebla de Albortón. “Parecía casi imposible que nos pudiéramos mudar, aun teniendo el trabajo ya buscado, solo porque no encontrábamos una vivienda. Afortunadamente, Luis se encargó de todo; le costó mucho, pero finalmente una conocida que reside en Galicia aceptó alquilarnos la casa familiar que tenía cerrada en Valmadrid y a la que no venía”, explica Raquel.

La casa que ahora es el hogar de estos nuevos pobladores está en venta, pero “la venta no es una opción realista para quienes están empezando un nuevo camino en un pueblo”, aseguran tanto Raquel como María Quílez. Todo traslado conlleva incertidumbre, pero si esa mudanza se hace hacia el medio rural, la incertidumbre es mayor. “Muchas personas no saben si se van a adaptar a esta forma de vida en la que se carece de servicios, aunque hay otras cosas buenas, y comprar vivienda, de entrada, no es una opción que se baraje”, añade la técnica. “En nuestro caso tenemos dos niñas pequeñas, necesitamos ahorrar; un alquiler en un pueblo se adapta mejor a nuestra economía que una hipoteca a largo plazo”, confirma Raquel.

Un problema estructural con rostro local

En municipios como Belchite, las escasas casas municipales de alquiler se ocupan inmediatamente en cuanto se habilitan, y los propietarios recuerdan que “no se encuentran casas disponibles” para quienes desean asentarse en el pueblo.

Algo similar ocurre en localidades del Pirineo aragonés como Benasque, donde la falta de viviendas libres para alquiler se ha convertido en un freno al crecimiento local: trabajadores y jóvenes no encuentran viviendas asequibles y muchos optan por trasladarse a otras zonas o renunciar a trabajar en el territorio.

El caso de Fayón, en la provincia de Zaragoza, es otro ejemplo de la tensión habitacional: con casi el 95 % de su parque inmobiliario ocupado y un 5 % disponible para alquiler o venta, las opciones cotidianas de alojamiento son prácticamente inexistentes.

Un problema estructural con rostro local que ha hecho que, por ejemplo, los grupos de acción local como Adecobel lo hayan trasladado a la consejería del ramo en el Gobierno de Aragón y a las tres diputaciones –Zaragoza, Huesca y Teruel–. La falta de oferta no es solo una percepción local: la demanda de alquiler en Aragón ha crecido, pero la oferta no ha seguido el mismo ritmo y, en cambio, hay 3.300 inmuebles menos disponibles que hace unos años. Expertos y actores locales coinciden en que las soluciones requieren una combinación de: más parque de vivienda pública en alquiler social, accesible y adaptada a las necesidades actuales; incentivos para que los propietarios particulares alquilen viviendas vacías, reduciendo barreras legales y ofreciendo garantías; y estrategias que integren vivienda, empleo y servicios esenciales para hacer viable la vida en los pueblos.

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