Resplandeciente Lang Lang con interferencias
El pianista chino residente en Estados Unidos Lang Lang (Shenyang, 1982) es una gran figura del mundo de la mal llamada música clásica que transciende ese marco y atrae un público más amplio y heterogéneo, al estilo de las estrellas del pop. Se ha convertido en una referencia que ha actuado en diferentes acontecimientos internacionales, como los Juegos Olímpicos de Pekín o la reapertura de Notre-Dame, y en lugares singulares como el Museo del Prado. En 2017 una tendinitis en la mano izquierda lo obligó a apartarse de los escenarios durante algo más de un año. Se dijo que después no había recuperado su capacidad anterior. El recital que dio el pasado día 2 de junio en el Palau de la Música de València lo desmiente, pues exhibió una apabullante técnica, acompañada de muy romántica expresión, con profusión del rubato,marcadas progresiones dinámicas, poderosos acordes en fortissimo y momentos de delicado pianissimo.
Dispuso un programa amplio y denso, con el Rondó n.º 1 de Mozart y las sonatas n.º 8, Patética, y n.º 31 de Beethoven en la primera parte. En la segunda, una selección de la Suite española n.º 1 de Albéniz y La maja y el ruiseñor de Goyescas de Granados. Cerraba el programa la Consolación n.º 2 e Italia de Années de pèlerinage de Franz Liszt.
El concierto no pertenecía al ciclo de abono y convocó un público que llenaba la sala, una parte del cual evidenciaba poca costumbre de acudir a conciertos. Hubo sonidos y alarmas de móviles en varias ocasiones. Un caballero, un par de filas por delante de la mía en el anfiteatro, dedicó gran parte del tiempo a contemplar el móvil y escribir mensajes. Incluso en las primeras hileras de butacas algunas personas se esforzaron en inmortalizar la velada haciendo fotos o grabando sin que nadie lo impidiera. Un sector importante de los asistentes ignoró la costumbre habitual en las salas de conciertos con aplausos extemporáneos en lugar de esperar a que acabasen las obras. La primera ovación interrumpió la Patética de Beethoven entre el Allegro inicial y el Andante cantabile. Lang Lang, que vestía una sencilla camisa azul marino de manga larga y pantalón negro, saludó sin ponerse en pie ni perder la sonrisa. A partir de ese momento evitó levantar las manos del teclado entre movimiento y movimiento de las obras de Beethoven, lo que resultó una táctica efectiva. Volvió a haber aplausos, sin embargo, entre algunos de los fragmentos de la Suite española de Albéniz, en la segunda parte.
Mención especial merecen las toses, que fueron frecuentes y, por así decir, sin sordina. El peor momento fue el tercer tiempo de la Sonata 31 de Beethoven, durante el que varios asistentes tosían enérgicamente, mientras el pianista se esforzaba en bordar una versión llena de sentimiento y delicadeza. Daniel Barenboim en alguna ocasión no ha dudado en parar un concierto y recomendar al público que tosa, si no puede evitarlo, con la boca cerrada y un pañuelo delante. Ajeno a las toses, Lang Lang logró acabar la sonata y recibió enfervorizados aplausos. Había iniciado el programa con la referencia de Mozart para introducir dos de las grandes sonatas de Beethoven. La Patética, que es el opus 13 y la primera verdaderamente grande de la impresionante colección de 32 que escribió. Se trata de una obra con claros rasgos prerrománticos, que Lang Lang interpretó extremando la intensidad, los contrastes y la elasticidad en el tempo. Muy bello el soñador Adagio cantabile. La 31 que vino a continuación pertenece al que se considera tercero y último periodo compositivo de Beethoven, de reconcentrada profundidad, con obras como la Missa Solemnis y la Novena sinfonía. Lo mejor fue el movimiento final, con el Adagio seguido de fuga para luego recuperar el tiempo lento y un final fugado.
Abría la segunda parte una selección de la Suite española de Albéniz. El nacionalismo con melodías populares del compositor catalán está aquí exento de las disonancias que dan a la posterior Suite Iberia un carácter peculiarmente impresionista, como acuarelas de contornos difusos. Lang Lang extremó la dulzura de estas piezas, especialmente en la primera, Granada. En la Asturias agitanada de Albéniz tocó con rápido virtuosismo y muy marcados acordes. La Cubafinal, de ritmo animado, corresponde a que la isla era, cuando se compuso la obra, una región española, como Puerto Rico y Filipinas. Después vino la melancolía de Goyescas y las dos obras de Liszt, con espectacular exhibición de dominio técnico.
Cuando acabó el programa habían transcurrido dos horas desde el inicio. Lang Lang respondió sonriente y con movimientos pausados a los aplausos, y en varias ocasiones se acercó al borde del escenario para firmar autógrafos. Volvió a tomar asiento ante el gran cola Steinway para cambiar de ámbito sonoro al interpretar la deliciosa Mazurka n.º 23 en re mayor, op. 33, n.º 2, de Chopin. No hubo más propinas musicales. Lang Lang hizo gestos de despedida sin abandonar la sonrisa y se retiró. Había dejado claras dos cosas: que a sus 43 años está en plena forma y que es capaz de atraer a un público habitualmente ajeno a las salas de conciertos. Ninguna de las dos es negativa.
Sobre este blog
Este blog pretende transmitir reflexiones sobre música, literatura, arte, pensamiento y cultura en general, sin eludir la dimensión política. Trata de analizar la realidad, especialmente cuando, como ocurre con frecuencia, supera la ficción.
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