La muerte tocando el violín y el paraíso
El pintor simbolista suizo Arnold Böcklin (1827-1901) es muy conocido por ser autor de un cuadro, del que hizo cinco versiones, titulado La isla de los muertos, para el que se inspiró en el Cementerio Inglés de Florencia. A partir de este cuadro, en concreto de una versión en blanco y negro, ideó el compositor ruso Sergei Rachmaninoff su célebre poema sinfónico de idéntico título. La pintura representa una pequeña isla, con una explanada en el centro, poblada de cipreses y rodeada de montañas, excepto por la parte frontal. A la isla está llegando una barca con un remero, otra persona vestida de blanco y un ataúd. La figura blanca representa a Caronte, que conducía las almas al Hades a través de la laguna Estigia, según la mitología clásica. Personajes tan diversos como Hitler, Freud y Lenin poseyeron copias del cuadro.
En 1872, ocho años antes de la primera versión de La isla de los muertos, Böcklin pintó un autorretrato en el que tras él aparece un esqueleto, que representa la Muerte, tocando un violín con una sola cuerda, la cuarta. El pintor, que parece escuchar con atención la melodía y mira al frente, viste camisa blanca bajo una prenda de color negro. En la mano izquierda sostiene una paleta y empuña con la derecha un pincel. Parece que en este cuadro se inspiró Gustav Mahler para componer el segundo movimiento de su Cuarta sinfonía, en el que el concertino toca un solo de violín que es una especie de danza macabra de aire grotesco. El compositor especifica que debe ser ejecutada con un violín afinado un tono más alto de lo habitual y tocado como un violín callejero.
Probablemente este elemento es el único verdaderamente sombrío en esa sinfonía de Mahler, que se ha convertido, junto con la Primera, en la más frecuentada del compositor. El director titular de la Orquesta de Valencia, Alexander Liebreich, escogió la Cuarta para cerrar la temporada de abono el pasado día 19, en un concierto que fue también el último del solista de clarinete José Vicente Herrera, quien deja la orquesta por jubilación tras más de 40 años de brillante ejecutoria.
Liebreich dispuso una orquesta con muy nutrida cuerda, hasta 60 profesores, lo que es muy razonable para las abundantes maderas previstas, en una partitura que no incluye, sin embargo, trombones y tuba, pero sí trompas, trompetas, importante percusión y arpa. La obra se inicia con un alegre primer movimiento, en el que las flautas y los cascabeles recuerdan la marcha de un coche de caballos, antes de que los violines ataquen el alegre primer tema. El cielo despejado que evoca el movimiento inicial se ensombrece en el segundo, con su danza macabra. El tercero, Ruhevoll (Lleno de calma) es uno de los fragmentos más justamente célebres de Mahler. José Luis Pérez de Arteaga dice en su monumental monografía sobre el compositor que es “de una belleza que raya en lo irresistible”. Liebreich y los músicos de la OV lograron una interpretación profunda y sentida, con un espléndido sonido en la cuerda y muy brillantes intervenciones solistas en todas las secciones. La calma se ve alterada por el intenso clímax que marca un punto de máximo volumen para volver a la tranquilidad. Sin solución de continuidad, el director inició el breve pero muy importante cuarto movimiento, en el que la soprano canta Das himmlische Leben (La vida celestial), de la colección Des Knaben Wundenhorn (El cuerno infantil de la abundancia). Lo hizo con bello timbre y gran sensibilidad la soprano israelí Chen Reiss, quizá con menor alegría de la que pide el texto, con descripciones de un paraíso lleno de ricos manjares. El movimiento acaba en un pianissimo del arpa y los contrabajos, marcado morendo en la partitura. El director mantuvo con su gesto el silencio, que fue respetado por el público, antes de aplaudir con entusiasmo e intensidad a la orquesta en su conjunto y a todos los solistas que fueron saludando. El Palau se venía abajo especialmente con los atronadores aplausos que premiaron a José Vicente Herrera en su despedida.
Antes de la gran sinfonía de Mahler, la soprano y una orquesta más reducida habían interpretado cuatro de las seis Einfache Lieder (Canciones sencillas) de Erich W. Korngold, obra juvenil de este compositor, muy célebre por sus bandas sonoras de películas de Hollywood y por la ópera Die tote Stadt (La ciudad muerta). Chen Reiss interpretó las canciones con delicada expresión y fue muy bien acompañada por la orquesta. No hubo descanso y no se entiende muy bien por qué no se interpretaron las otras dos canciones que completan el ciclo. Tampoco por qué el programa no traducía el título alemán, como si la sencillez fuese un defecto.
Sobre este blog
Este blog pretende transmitir reflexiones sobre música, literatura, arte, pensamiento y cultura en general, sin eludir la dimensión política. Trata de analizar la realidad, especialmente cuando, como ocurre con frecuencia, supera la ficción.
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