Incendios, cambio climático y nucleares
Este verano el cambio climático está siendo protagonista de las noticias y de la conversación pública. El cambio climático está detrás de las múltiples olas de calor que estamos padeciendo en Europa ( y en otros lugares). Unas olas de calor récord en duración e intensidad que han causado decenas de miles de muertos, en cifras comparables a los fallecidos en la pandemia del COVID. Y han impulsado incendios gigantescos e inextinguibles, de un nivel desconocido incluso en un país acostumbrado a convivir con el fuego como es España, con decenas de miles de desplazados y perdidas materiales y medioambientales brutales.
Se ha puesto de manifiesto que la problemática del cambio climático, que la mayor parte de la sociedad veía como algo de un futuro lejano o como un problema de poca importancia frente a los problemas del día a día, es, por el contrario, la mayor amenaza que padecemos aquí y ahora.
Esto ha puesto encima de la mesa el debate sobre las causas y las soluciones para este cambio climático. Las causas, excepto para los 4 fanáticos negacionistas o agentes interesados, están claras y abrumadoramente respaldadas por la ciencia. El cambio climático es antropogénico, está causado fundamentalmente por las emisiones de gases de efecto invernadero ligadas a la actividad humana.
Las soluciones pasan, por tanto, por reducir drásticamente estas emisiones y aquí el debate se cruza con otra controversia que se ha desarrollado en estos últimos meses en la opinión publicada, como es la prolongación o no del funcionamiento de las centrales nucleares.
El sector pronuclear, básicamente las empresas propietarias de centrales, y las instituciones y los medios de comunicación que controlan directa e indirectamente (vía ingresos publicitarios) plantean que hay que prolongar el funcionamiento de las centrales, e incluso construir más, con 2 argumentos básicos: que no emiten gases de efecto invernadero y, por tanto, sirven para luchar contra el cambio climático y que son necesarias para la estabilidad de la red eléctrica.
En realidad, si se cuenta todo el ciclo de vida de una central nuclear, incluyendo la extracción y tratamiento del combustible de uranio y la gestión de los residuos radioactivos las emisiones de CO2 de la industria nuclear son 5 o 6 veces mayores que las de las energías renovables. Y la construcción de las centrales nucleares lleva tanto tiempo que su impacto para reducir el cambio climático sería totalmente irrelevante. El mismo IPCC considera que las renovables son 10 veces más efectivas para reducir las emisiones de CO2 que las nuevas centrales nucleares.
La industria nuclear está pidiendo, y obteniendo, en muchos casos, con grandes apoyos políticos y mediáticos, subvenciones para su construcción y funcionamiento justamente con la excusa de combatir el cambio climático, Pero si miramos la realidad de los datos vemos que subvencionar a la energía nuclear en nombre de la lucha contra el cambio climático es como subvencionar la producción de caviar en nombre de la lucha contra el hambre.
En cuanto a la estabilidad de la red, es precisamente el cambio climático el qué está afectando al funcionamiento de los reactores y haciendo que se tengan que desconectarse de la red, afectando a la estabilidad de la red y a la seguridad del suministro.
Los reactores nucleares necesitan enormes cantidades de agua fría para refrigerarse y funcionar. Evaporan alrededor de un tercio y devuelven el resto considerablemente más caliente al río o al mar de donde la han cogido. Por poner un ejemplo cercano, la central de Cofrentes evapora 21 hm3 anuales, lo que la convierte en el mayor consumidor de agua de todo el País Valenciano. El cambio climático y las olas de calor han producido una severa sequía en Europa (y en otros territorios) que ha reducido el caudal y aumentando la temperatura de los principales ríos europeos, como el Danubio, el Rin el Sena o el Mosa, de los que “beben” numerosas centrales nucleares.
Como consecuencia, de los aproximadamente 105000 Mw de potencia nuclear, existentes en Europa (incluyendo Reino Unido), en estos días alrededor del 35% están fuera de servicio. Una pequeña parte de las centrales por averías y paradas para recarga de combustible, y, en su mayor parte, por falta de capacidad de refrigeración. Esto está produciendo ya problemas muy serios de suministro en Francia, República Checa, Hungría, Rumanía y Suiza. Por supuesto, cuanto mayor parte del suministro de origen nuclear mayores problemas está teniendo el país. Como ilustración de lo crítico de la situación ocasionada por la dependencia de la energía nuclear, en Rumanía, el ejército ha estado volando rocas del cauce del río Danubio para desviar el poco caudal que queda hacia las tomas de agua de la central nuclear de Cernavoda. En Hungría, donde la nuclear supone el 40% de mix eléctrico, el gobierno ha tenido que decretar restricciones al consumo.
Esta situación se va a prolongar, e incluso empeorar, al menos, semanas, y estos episodios van a ser cada vez mas frecuentes e intensos con el agravamiento del cambio climático que todos los modelos predicen.
Las centrales nucleares costeras, que globalmente son el 41% del total, aunque en España solo hay una, tampoco se libran del impacto del cambio climático. Por un lado, el agua del mar también se está calentando (sobre todo el Mediterráneo, donde ya se han superado los 32°C en algún punto), y afectando a la capacidad de refrigeración, y por otro, está ocasionando la subida del nivel del mar, lo que aumenta considerablemente el riesgo de inundaciones, ya que cuando se construyeron no contaron con esta circunstancia.
Por si fuera poco, también está la afección directa por los mismos incendios forestales. Por poner un ejemplo, hace unos días la mayor central nuclear del Reino Unido, Sizewell B, tuvo que declarar la alerta máxima por la cercanía de un incendio forestal, en un territorio donde los incendios forestales eran anteriormente anecdóticos.
Otra vía por la que el cambio climático afecta a las nucleares es la proliferación de algas y medusas por el aumento de la temperatura del agua. Estos crecimientos explosivos pueden taponar las tomas de agua de refrigeración y obligarlas a parar. Y no son elucubraciones fantasiosas. Esto ya ha ocurrido en las centrales nucleares de Torness (Escocia) y Oskarshamn (Suecia) y Ascó, en España.
Aunque Europa está particularmente afectada por el cambio climático, esta situación no se limita solo a nuestro continente. Un estudio del ejército estadounidense consideraba que el 61% de los reactores nucleares de Estados Unidos se encontraban en alto riesgo de sufrir cierres permanentes o temporales por falta de capacidad de refrigeración, episodios de clima extremos o por inundaciones ligadas al cambio climático
En conclusión, además producir una electricidad muy cara, del peligro de accidente, del problema irresoluble que suponen los residuos radioactivos, de competir por el uso de un agua cada vez más escasa; depender de las centrales nucleares en un contexto de cambio climático es, no solo poco aconsejable, sino directamente suicida.
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