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El sueño de la futbolista marroquí que murió en el cruce a Ceuta era ir a Europa
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El sueño de Faten, la futbolista marroquí que perdió la vida en el cruce a Ceuta: “Quería ir a Europa”

Jamilla, la madre de Faten, en la habitación de su hija.

Soraya Aybar Laafou

Tetuán (Marruecos) —
4 de agosto de 2026 22:21 h

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La casa de Faten Ben Omar El Azizi está repleta de mujeres: primas, tías, amigas y Jamilla, una madre con unos ojos cargados de dolor. No hay ni una esquina de este hogar en la ciudad de Tetuán, a menos de 35 kilómetros de Castillejos, que no recuerde a la joven.

Algunos lo hacen desde la alegría, como su primo pequeño, que sonríe mientras muestra la última fotografía de la joven de 26 años. “Jugaban juntos al fútbol”, explica la madre de Faten a elDiario.es. Sus vecinas, que aguardan en una esquina del salón de su casa, tienen un rostro apagado. La joven, que jugaba al fútbol en el club Maghreb Atlético Tetuán, perdió la vida el pasado jueves cuando intentaba alcanzar a nado la costa de Ceuta en busca de un futuro mejor, en una tragedia que se ha cobrado cerca de 90 vidas, según las autoridades españolas.

Enfrente del salón, hay una pequeña habitación vacía: no hay cama, escritorio ni siquiera objetos personales. El silencio emana de esas cuatro paredes, que también son un recuerdo. “Esta iba a ser su habitación. Nos pidió que ya quería dormir sola, sin sus dos hermanos. La estábamos preparando y hasta entonces, ella prefería dormir aquí”, cuenta, mientras señala el sofá sobre el que ocurre esta entrevista.

Faten creció en Tetuán. Admiraba a todos los grandes futbolistas, tanto marroquíes como internacionales. Jamilla cuenta que era una chica alegre, que tenía buenas amigas y a una madre que la quería por encima de todas las cosas. “Lo juro por Dios”, sentencia.

En la imagen, la futbolista Faten Ben Omar El Azizi.

“Yo sabía que mi hija quería ir a Europa, lo estaba intentando a través de su pasión, el fútbol. Jugaba desde los siete años”, lamenta. “Tiene que quedar claro: no he enviado a mi hija a cruzar la frontera. ¿Tú crees que todas las madres que lloramos su pérdida o desaparición han mandado sus hijas a morir? Faten no solo era mi hija, también era mi amiga”.

“Soñaba con seguir entrenando”

Jamilla trabajó muchos años como porteadora en la aduana entre Ceuta y Castillejos. Su única fuente de ingresos se truncó cuando en 2020 las autoridades marroquíes cerraron el paso de mercancías por el Tarajal para reducir el comercio informal y la situación de vulnerabilidad de mujeres como Jamilla. “No teníamos nada y Faten soñaba con seguir entrenando y formándose en su deporte, pero no nos lo podíamos permitir. En Marruecos, si no tienes dinero, no te puedes dedicar profesionalmente nunca al fútbol”, explica. “A ella solo le pagaban algo cuando ganaban algún partido. Si perdían, nada. Le ponía muy triste”, añade.

Tiene que quedar claro: no he enviado a mi hija a cruzar la frontera. ¿Tú crees que todas las madres que lloramos su pérdida o desaparición han mandado sus hijas a morir? Faten no solo era mi hija, también era mi amiga

Jamilla Madre de Faten

Todo eso cambió el mismo día que Faten murió en el mar. Su madre cuenta que desconocía que la joven estaba tramitando el visado para España desde el consulado de Tánger y recibió una llamada por la mañana. “¿Es usted Faten Ben Omar El Azizi?”, preguntaban al otro lado de la línea telefónica. “No, soy su madre”, contestó Jamilla. “A su hija le han concedido el visado”, contestó. “Tiene que venir a Tánger con su documento de identidad”. Jamilla desconoce exactamente cómo tramitó el visado.

La búsqueda fue angustiosa. “Nadie me ayudó a encontrar ni traer el cuerpo de mi hija. Vino un chico a casa preguntando si Faten llevaba un chándal y me dijo que se había golpeado la cabeza intentando cruzar a Ceuta, pero yo ya sabía que había muerto. Lo sentía”, explica. Después de la noticia, el joven les explicó que tenían que ir a Rincón. Nada. En Tetuán tampoco había noticias sobre su hija. Desde la 22:00 de la noche del viernes hasta las 08:00 de la mañana del jueves no dejaron de buscarla ni un momento, según su testimonio.

Las compañeras de equipo y el entrenador de Faten, Oumar.

“En Castillejos, mi hermana pidió que abrieran las puertas para comprobar si estaba allí. Entonces les preguntaron si mi hija llevaba una cadena con corazones. Yo no quise entrar. No quería grabar esa imagen en mi memoria”, cuenta. “Fue mi hermana la que entró. Ahí encontró a la amada de mi corazón, a mi niña Faten”, añade la madre. Explica que presentaba golpes en el rostro y que murió ahogada.

La historia migratoria de la familia no se reduce a la joven Faten. “Todos los hermanos se han ido a Ceuta. El mayor de los tres sí que ha podido hablar conmigo por teléfono. Él cruzó andando por la frontera. De la pequeña no sabemos nada, pero sabía nadar. Tiene 14 años”, explica mientras enseña una fotografía de la menor, que cuelga con un marco en una de las paredes de la casa.

“Mi marido falleció cuando Faten tenía 12 años y ahora estoy sola sin mis hijos”, apunta. En ese momento, la casa está abarrotada, pero Jamilla a lo que teme es al futuro. “No puedo vivir sin ellos”, añade. Baja la cabeza y desbloquea su teléfono móvil. Una foto de Faten jugando al futbol, otra de la joven comiendo con sus amigas y una tercera sentada en las escaleras que suben desde la calle hasta la primera planta de su casa.

“Una buena compañera”

La muerte de la joven circuló en redes sociales y en la prensa cuando el Maghreb Atlético Tetuán, su club, la confirmó. Oumar, el entrenador, está sentado en el bordillo rodeado de una decena de jóvenes, de entre 15 y 26 años. Son las compañeras del equipo de fútbol donde jugó Faten en la liga regional hasta que falleció.

Una de ellas está sentada en el banquillo mientras que el resto comienzan el entrenamiento. Tiene 16 años y, aunque se llevaba diez años de diferencia con Faten, compartían risas y pases de fútbol. “Entrenamos dos días a la semana, los martes y los jueves. A veces aquí y, otras veces, en la playa”, cuenta, mientras señala el campo fútbol rodeado de vallas.

Oumar recuerda a Faten como “una buena compañera con un marcado espíritu futbolístico”. Explica que siempre mantuvo una actitud positiva dentro del grupo y que la querían mucho en el equipo. Cuando mira a las chicas, dice: “Lo están pasando mal. Muchas no han podido venir a entrenar porque vieron el cuerpo de Faten durante el entierro y están afectadas”.

Éramos como hermanas, lo compartíamos todo, hasta la comida y el dinero. Ella venía a trabajar con nosotros cuatro días a la semana. Lo pasábamos bien y siempre me hablaba del fútbol. Era muy importante para ella

Malika Amiga de Faten

Dos de las jóvenes del equipo también cruzaron a Ceuta, aunque ambas han vuelto a una cancha de fútbol donde hoy, y hasta dentro de mucho tiempo, ruedan el balón en memoria de Faten.

Rayhan en memoria de Faten

Además de jugar al fútbol, la joven llevaba desde los 14 años trabajando para llevar dinero a casa. Al salir del portal del edificio de su vivienda, el cementerio más antiguo de Tetuán se extiende por las faldas del monte Dersa. Entre las tumbas, dos jóvenes, Malika y Youssef cargan, en una mano con garrafas de plástico repletas de agua y, con la otra, un puñado de rayhan o hierbas aromáticas que representan la bendición en contextos religiosos musulmanes. Faten trabajó con los dos limpiando tumbas y vendiendo ramilletes.

Malika, amiga de Faten, en el cementerio. A la derecha, la tumba de la joven.

Durante los cuatro años que trabajaron juntos, compartieron la vida en medio de la muerte. Malika es una joven de Ouarzazate que es huérfana de ambos padres y decidió trasladarse a Tetuán para buscar trabajo. La joven rompe a llorar al hablar de Faten. “Éramos como hermanas, lo compartíamos todo, hasta la comida y el dinero. Ella venía a trabajar con nosotros cuatro días a la semana. Lo pasábamos bien y siempre me hablaba del fútbol. Era muy importante para ella”, explica entre lágrimas.

La tumba de Faten yace en este enclave de la ciudad y, aunque el color blanco de la misma todavía brilla, Malika decide volver a tirar agua sobre la superficie. Recoge un trozo de tela del suelo y la extiende por las baldosas. En el centro, han sembrado rayhan, el mismo que ella vendía. También las riega, para seguir honrando su memoria. “La siento cerca, me la imagino subiendo la colina hacia aquí”, dice.

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