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“La guerra nos está matando”: la historia de los sudaneses que esperan asilo en Ceuta y que no pueden volver

Mohammed Hassan, migrante sudanés a la espera en Ceuta.

Soraya Aybar Laafou

Ceuta —
31 de agosto de 2026 21:30 h

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Son las 10 de la mañana cuando Mohammed Hassan sale del campamento habilitado en Loma Colmenar para personas migrantes con un taco de folios en la mano. Lo sujeta con fuerza mientras recorre las calles de la zona y de la barriada de El Príncipe. Los papeles esconden y relatan un mes de trámites en búsqueda de la protección internacional como refugiado sudanés.

La historia de Mohammed Hassan se repite entre otros testimonios de sudaneses en diferentes puntos de la ciudad ceutí. Mohammed Saad, procedente de Darfur, pasó alrededor de 19 días durmiendo en la playa antes de ser trasladado al centro temporal habilitado en Loma Margarita, gestionado por la ONG Accem, y donde actualmente residen alrededor de 1.100 personas de origen subsahariano. Cuenta que allí tiene, por primera vez desde que llegó, comida, un lugar donde dormir y acceso a algunas actividades, entre ellas clases de español. “Mira, mira: hoy es sábado”, dice en español mientras enseña sus notas. Saad ya ha realizado la entrevista correspondiente a su solicitud de protección internacional y ahora espera los siguientes pasos.

Otro Mohammed, originario de Soba, al sur de Jartum, también pasó sus primeros días en Ceuta durmiendo al aire libre. Alternó la playa, el bosque y otros espacios a la intemperie. Describe esos días con solo una palabra: “Duros”. Habla del frío, de la dificultad para dormir, del miedo, las pesadillas y de dedicar una parte del día simplemente a buscar algo que comer. En su caso, la espera administrativa ni siquiera ha comenzado. Todavía ansía iniciar el procedimiento de asilo.

Las situaciones se repiten con matices entre quienes entraron junto a más de 70.000 personas el pasado 30 de julio hacia Ceuta. Abdul Jabbar, procedente de Darfur, tampoco ha empezado los trámites. Maavi Khalid, de Omdurman, sí ha iniciado el proceso y espera una nueva citación para continuarlo.

La libreta donde Mohammed Hassan apunta el vocabulario en español.

Mohammed Hassan, el joven que todavía sujeta sus folios con fuerza, va un paso por adelante. Abogado sudanés especializado en Derecho Internacional y Derechos Humanos, cuenta que la Policía le tomó las huellas 10 días después de su entrada hace ya un mes. Una intérprete de árabe le permitió explicar por qué estaba allí y qué solicitaba: protección internacional en España.

La llegada a territorio español no supuso para muchos de ellos el final inmediato de las condiciones que habían padecido durante el camino desde Sudán hasta Marruecos y ahora hasta España. Mohammed Hassan recuerda con crudeza los primeros días en los alrededores del CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes): “Tenía fiebre y problemas en las piernas. Un policía pidió una ambulancia para que recibiera asistencia médica, pero un vigilante de seguridad me impidió acceder al centro sanitario al que iba a ser trasladado”.

Según su relato, al comprobar que todavía tenía espasmos de fiebre, lo volvió a intentar. “El vigilante no solo me lo impidió, sino que, además, una tarde mientras descansaba se acercó y me habló agresivamente en español. Yo no entiendo el idioma, pero el tono lo comprendí. Quería que me fuera de allí”, cuenta a elDiario.es. Finalmente, recibió ayuda de varias personas vinculadas a organizaciones que entregan ayuda humanitaria a personas migrantes y consiguió la medicación que necesitaba.

Las historias y experiencias son distintas, pero todo se encuentran sometidos a la misma lógica: esperar. Esperar a una primera cita, esperar una entrevista, a que les llamen de nuevo para, otra vez, esperar a conocer si podrán permanecer en España

La entrega de la ayuda tampoco está resultando sencilla. En la ONG Casa del Sudán en Madrid explican que, hace unas semanas, una voluntaria de la organización viajó hasta Ceuta en una furgoneta cargada de ropa y material para los jóvenes sudaneses, pero no pudo introducir la ayuda en la ciudad. Según relatan, se encontró con numerosas dificultades y, finalmente, tuvo que regresar con la furgoneta cargada hasta La Línea de la Concepción desde donde otra ONG se está encargando de preparar el material.

La organización asegura que ahora su prioridad es encontrar asistencia legal para los jóvenes sudaneses que permanecen en Ceuta. “Todavía no tenemos ninguna respuesta”, explican.

Las historias y experiencias son distintas, pero todos se encuentran sometidos a la misma lógica: esperar. Esperar a una primera cita, esperar una entrevista, a que les llamen de nuevo para, otra vez, esperar a conocer si podrán permanecer en España.

El mar, la última frontera

Antes de la espera en Ceuta hubo otra. Muchos llevaban meses o incluso años en Marruecos mirando a la ciudad. Mohammed Saad supo a través de las redes sociales que muchos jóvenes se dirigían a Castillejos para cruzar hacia la playa de El Tarajal. Entró nadando. Su mujer se ha quedado en Marruecos y tiene graves problemas de salud. “Pienso mucho en ella, pero también en mis tres hijos”, relata. El mayor tiene 13 años, el mediano 11 y el más pequeño, siete. “Están en Port Sudán, les cuida mi primo. Yo solo quiero llegar a España por ellos. Para poder enviarles dinero y que continúen sus estudios”, añade.

Mohammed, originario de Soba, cuenta que ha intentado cruzar a Ceuta hasta cinco veces, sobre todo por la frontera terrestre en las montañas entre Ceuta y Marruecos. “Esa zona está llena de cadáveres. Es muy peligroso”, explica. La zona, acantilada, tiene una altura que provoca que muchos de los que lo intentan, de mayoría subsahariana, terminen con contusiones en la cabeza al resbalarse. Finalmente, entró por el mar acompañado de varios amigos, que decidieron regresar a Marruecos. “Ahora estoy solo”, lamenta.

Años para llegar a Ceuta

Mohammed Saad había salido de Darfur y atravesado Libia y Argelia antes de alcanzar Marruecos. “Pasé alrededor de siete meses en Libia, donde trabajaba donde podía, aunque muchos no nos pagaban”, cuenta. Después se quedó un mes en Argelia. “Anduve alrededor de ocho días por el desierto junto a mi mujer y otras personas. Nos quedamos sin comida y con muy poca agua antes de conseguir llegar a la frontera con Marruecos”, añade. En Marruecos trabajaba principalmente en el sector de la construcción.

Abdul Jabbar siguió otro camino: Sudán, Chad, Níger, Argelia y Marruecos. Calcula que el recorrido duró alrededor de dos meses y recuerda, con crudeza, el tramo entre Argelia y Marruecos. “Llegué a Marruecos en junio de 2025 y he trabajado en un lavadero de coches”. Maavi Khalid, en cambio, pasó por Libia y Argelia, como Saad, y en su caso tuvo que vivir hasta en cuatro ciudades marroquíes, Tánger, Oujda, Casablanca y Agadir, por cuestiones de seguridad y necesidades económicas. “Muchos no nos contratan porque somos negros, así que viajaba por todo el país hasta que conseguía trabajos temporales”, cuenta.

Anduve alrededor de ocho días por el desierto junto a mi mujer y otras personas. Nos quedamos sin comida y con muy poca agua antes de conseguir llegar a la frontera con Marruecos

Mohammed Saad Migrante procedente de Darfur

El recorrido de Mohammed de Soba fue completamente distinto. Llegó años antes en avión para estudiar Informática y se instaló en Tetuán. “Recuerdo con mucho cariño esa temporada. Pero cuando pensé en regresar a Sudán, mis padres me pidieron que no lo hiciera. Que buscara otro lugar. Un lugar seguro”, cuenta.

El país al que no pueden volver

Sudán es el país donde las historias de todos se reencuentran. Desde abril de 2023 está sumido en una guerra entre las Fuerzas Armadas Sudaneses y las Fuerzas de Apoyo Rápido. La cifra exacta de muertos es difícil de determinar, pero la destrucción de hospitales, la falta de acceso a muchas zonas, el colapso de los sistemas de registro, la inseguridad y los bombardeos constantes ha provocado la huida de alrededor de 12 millones de habitantes, entre refugiados y personas desplazas dentro del propio país.

Abdul Jabbar responde directamente a la pregunta de por qué abandono Sudán: “La guerra nos está matando”. Maavi habla de Jartum como un lugar en el que ya no existía la seguridad, con aviones, bombas y familias atrapadas en medio de la violencia.

Mohammed Hassan tenía motivos para marcharse de Sudán incluso antes de que estallara la guerra. Durante sus años universitarios, según cuenta, participó junto con otros estudiantes en una pequeña organización donde debatían sobre democracia, política y el papel del Ejército. Varios de esos compañeros desaparecieron. “A mí me detenían hombres que circulaban en un coche sin matrícula y me llevaban a uno de los centros de detención clandestinos conocidos como ghost houses [casas fantasma]. Mi familia consiguió que me liberaran, pero hubo un segundo intento de detención. Al final, una persona cercana a la familia con vínculos dentro del Ejército me recomendó marcharme. Me dijo: ‘Mohamed, sal de Sudán. Es mejor para ti'”, cuenta.

Los cinco están hoy en Ceuta, en distintas fases de un procedimiento que puede determinar buena parte de lo que venga después. Tras un mes, siguen a la espera.

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