Debussy, entre el hermetismo y la perfección
Alex Ross, en su libro El ruido eterno recuerda estas palabras de Debussy en una carta al compositor Ernest Chausson: “La música debería haber sido realmente una ciencia hermética, conservada en textos con una interpretación tan extensa y difícil que habría desanimado a buen seguro a todo ese tropel de gente que se sirve de ella con la ligereza con que se sirve de un pañuelo”. Debussy había asistido en 1888 al Festival de Bayreuth, donde sucumbió al encanto mágico del wagnerismo en una representación de Parsifal. A partir de 1892 acudía en París a las veladas del poeta maldito Stéphane Mallarmé, quien afirmaba con referencia a la poesía: “Toda cosa sagrada y que quiera seguir siéndolo se rodea de misterio”.
En 1889, poco antes de su segundo viaje a Bayreuth, el compositor, que contaba 27 años, escuchó a un conjunto de gamelán de Java en la Exposición Internacional de París. “Si uno lo escucha sin los prejuicios de los oídos europeos, encontrará un encanto percusivo que lo obligará a admitir que nuestra propia música no es mucho más que un ruido bárbaro más adecuado para un circo ambulante”, dijo Debussy. Este descubrimiento marcó para él un camino hacia la modernidad alejado del wagnerismo, más orientado hacia el pentatonismo de músicas populares o la escala de tonos enteros.
La Orquesta de Valencia ofreció el pasado 2 de junio un concierto en el Festival Llíria City of Music, con tres de obras de Debussy: el Prélude a l’après-midi d’un faune, la Fantaisie para piano y orquesta, con Antonio Galera como solista, y La mer. Dirigía el titular, Alexander Liebreich. Mientras que la primera y la última son habituales de las salas de concierto, la Fantasía es poco interpretada. De ello puede dar idea que la OV, fundada en 1943, no la puso en atriles por vez primera hasta 1969. Dirigió entonces Enrique García Asensio, con José Iturbi al piano. El Prélude, en cambio, fue estrenado por la orquesta en 1944 y La mer, en 1947.
Compuesta entre 1888 y 1889, la Fantaisie tiene clara influencia de lo que Debussy había escuchado en la Exposición Universal y anticipa en parte el lenguaje musical innovador del Prélude y La mer. Esta composición tuvo una desafortunada historia, ya que Vincent d’Indy, que dirigió el concierto en el que estaba programado su estreno, decidió hacer solo el primero de sus tres movimientos alegando falta de ensayos. Debussy la revisó en varias ocasiones, pero no se estrenó hasta 1919, el año siguiente a la muerte del compositor, en Londres, con la Royal Philharmonic y Alfred Cortot al piano.
En la interpretación de Llíria, el pianista valenciano Antonio Galera hizo una lectura profunda, detallista, intensa, de una partitura que contiene una gran exhibición pianística. Pese a que tiene tres movimientos, la obra dista mucho de ser un concierto en la tradición clásico-romántica, con el habitual diálogo entre solista y orquesta. Hay un clarísimo protagonismo del piano, que aparece sin embargo integrado en el conjunto orquestal, como en las otras dos obras del programa, con una pareja de arpas. El concierto se celebraba en el Teatro de la Banda Primitiva que, al igual de el de la Unió Musical, carece de concha acústica para la orquesta. Eso hacía que sonara más el piano, los violines primeros y las violas, situados en el proscenio, que el resto de la orquesta. Estos problemas acústicos no restaron brillantez a la interpretación de pianista y orquesta, que fueron muy aplaudidos. Galera correspondió con una entregada lectura de la Danza ritual del fuego, de El amor brujo de Manuel de Falla.
El programa se había iniciado con el célebre Prélude, pieza breve, pero de gran intensidad expresiva, compuesta entre 1892 y 1894 a partir de un poema de Mallarmé, y considerada la primera obra maestra de Debussy. Impresionante el solo de flauta inicial a cargo de Salvador Martínez Tos, que desgranó con exquisita sensibilidad la melodía delicada y expresiva, con su característica escala cromática descendente, enseguida arropada por las brumas armónicas de oboes, clarinetes y el glissando del arpa. El melancólico canto de la flauta se va repitiendo como suspendido en el aire y luego aparece el solo de violín en notas largas, sentidamente tocado por la concertino, Anabel García del Castillo. El silencio mantenido en el último momento por el director, con la mano izquierda levantada, fue intempestivamente enturbiado por la alarma de un teléfono móvil.
Después de la Fantaisie y el bis de Galera, tras una breve pausa para retirar el piano, vino la interpretación de La mer,obra magna de Debussy que, como señalaba César Rus en las notas al programa, no es una sinfonía ni tampoco un poema sinfónico en la tradición romántica de los de Liszt o Strauss. El compositor la subtituló Tres esbozos sinfónicos, con sus respectivos epígrafes claramente descriptivos: Del alba al mediodía en el mar, Juegos de olas y Diálogo del viento y del mar. Estrenada en 1905, revela la capacidad de Debussy para crear todo un mundo sonoro original. Liebreich ofreció una versión de gran pasión, contundente por momentos, quizás algo escasa de delicadeza, en la que brillaron todas las secciones de la orquesta. Excelentes las trompas, muy bellos los solos en las maderas, apasionadas las cuerdas. El programa fue una acertada muestra del camino hacia la modernidad de Debussy, quien odiaba la etiqueta de “impresionista”. Sus referentes plásticos no eran los pintores del movimiento así llamado, sino, por ejemplo Whistler, en cuyas pinturas se inspira para sus Nocturnes, o el japonés Hokusai, cuya estampa La gran ola ilustraba la portada de la primera edición de la partitura. El pianista ucraniano Sviatoslav Richter consideraba a Debussy uno de sus tres compositores favoritos, con Chopin y Wagner. “En la música de Debussy no hay emociones personales”, decía. “Actúa sobre uno con más fuerza que la naturaleza. Mirando el mar no se tienen impresiones tan fuertes como escuchando La mer. Debussy es la perfección misma”.
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Este blog pretende transmitir reflexiones sobre música, literatura, arte, pensamiento y cultura en general, sin eludir la dimensión política. Trata de analizar la realidad, especialmente cuando, como ocurre con frecuencia, supera la ficción.
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