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REPORTAJE

Antes y después de Magallanes: tras las huellas de un contacto que conmocionó las islas del Pacífico

Jerry, trabajador chamorro de Rota, mide un ficus centenario y sagrado.
4 de julio de 2026 22:10 h

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“El camino está distinto, se han caído muchos árboles”. Adrián García, arqueólogo del Incipit-CSIC, trata de encontrar la ruta que asciende a través de la jungla hasta el yacimiento de Taipingot, que el equipo liderado por María Cruz Berrocal encontró en 2022 en el corazón de la isla de Rota, en el archipiélago de las Marianas del norte. Pero el tifón Sinlaku, que azotó este rincón del Pacífico occidental a mediados de abril, ha borrado parte del camino por el que accedieron en la última campaña. “Ha pegado fuerte en este lado de la isla”, observa. 

Tras pedir permiso para entrar en el bosque a los espíritus ancestrales del pueblo chamorro, los Taotaomo’na, avanzamos a través de un camino escarpado y lleno de árboles caídos, esquivando arañas del tamaño de la palma de la mano. Una hora después, sofocados por el calor y la humedad, estamos delante de la excavación, de unos 20 metros cuadrados, situada junto a un abrigo en la roca. 

María Cruz Berrocal y su equipo en el yacimiento arqueológico de Taipingot.

“Primero encontramos material cerámico y conchas en la superficie, y después un enterramiento con alrededor de 21 cuerpos”, señala Adrián García. Las primeras dataciones apuntan a que estos individuos vivieron aquí hace más de mil años, mucho antes de la llegada de los españoles, pero el asentamiento podría ser mucho más antiguo. “Hasta ahora se creía que estos primeros habitantes vivían en las zonas costeras, pero estamos comprobando que hay muchos yacimientos en el interior de la isla. No sabemos quién era esta gente”.

Encuentros con alienígenas 

El misterio de este asentamiento interior, encontrado dentro del proyecto NAO, llevó a la arqueóloga María Cruz Berrocal a ampliar su enfoque y aliarse con la experta en dendrocronología Marta Domínguez Delmás y la historiadora Angela Schottenhammer con un objetivo mucho más ambicioso. Las tres lideran el proyecto 'PacificPeopleForest', financiado por la Comisión Europea, que pretende hacer una radiografía detallada de los impactos del colonialismo europeo tras la llegada de Fernando Magallanes a este lugar en 1521. “Estos pobladores de Taipingot, y el resto del territorio que hemos documentado, nos permiten establecer una línea de partida, conocer bien qué estaba pasando antes de la llegada de estos alienígenas que eran los europeos, cargados de objetos y plantas nuevas”, explica Cruz Berrocal.

Estos pobladores de Taipingot nos permiten conocer bien qué estaba pasando antes de la llegada de estos alienígenas que eran los europeos

María Cruz Berrocal Arqueóloga del Incipit-CSIC y colíder del proyecto

Este primer impacto se produjo en 1521 en la bahía de Humåtak (Umatac) de la isla de Guam, a unos 60 kilómetros al sur, y tuvo tintes traumáticos. Cuando visitamos el lugar con los miembros de la expedición científica el lunes 8 de junio, una patrulla nos avisa de una alerta de tsunami provocada, como después sabremos, por el violento terremoto en Mindanao. Hace 500 años fueron los españoles los que aparecieron en tromba sobre esta línea de costa y sacudieron la región para siempre. Este fue el primer lugar que se topó la exhausta tripulación de Magallanes después de tres meses de navegación a través de la inmensidad del Pacífico y sin poder aprovisionarse. 

Según relató el cronista italiano Antonio Pigafetta, el encuentro se torció cuando los habitantes locales —los chamorros— subieron a los barcos y comenzaron a llevarse diversos objetos. Este malentendido cultural desató la furia de Magallanes, que ordenó incendiar viviendas y embarcaciones, mató a varios isleños y bautizó el archipiélago como las “Islas de los Ladrones”. Aquel fue el primero de una larga serie de contactos de los europeos con los habitantes del Pacífico que puso su cultura y sus ecosistemas patas arriba, el choque que los miembros del proyecto quieren examinar con todo detalle.  

La isla donde todos se saludan

Situadas a más de 2.000 kilómetros de Filipinas, las islas Marianas se levantan en el lugar donde la enorme placa oceánica del Pacífico comienza a hundirse y forma la fosa más profunda del océano. Como consecuencia, sus habitantes viven encaramados a un balcón sobre el azul infinito. Estas son también las islas del Spam —el lugar del planeta donde más latas de carne de esta famosa marca se consumen por habitante— y el remoto emplazamiento donde un soldado japonés permaneció oculto hasta 1972 sin saber que la Segunda Guerra Mundial había terminado.

El saludo con la mano, “Aluf Luta”, seña de identidad chamorra.

Dentro del archipiélago, la pequeña isla de Rota —de 19 km de largo por 8 km de ancho en sus puntos máximos— recuerda en algunas zonas a un escenario postapocalíptico. A las playas cubiertas por los árboles gigantes que arrancó el tifón, se le suman decenas de casas abandonadas y los hoteles de lujo devorados por la vegetación. La marcha de los turistas y las compañías aéreas ha provocado una crisis que está haciendo disminuir su población de forma alarmante. Los jóvenes salen en masa de la isla y la única alternativa que les queda es alistarse en el ejército, que estos días está de maniobras en la zona.

Esto está poniendo contra las cuerdas a la cultura chamorra, incluidas sus costumbres y su lengua, salpicada de términos en español que quedaron fosilizados tras siglos de coexistencia. En el norte de la isla, en la cantera que los miembros de la antigua cultura latte dejaron a medias, hay una escultura gigante que representa a un chamorro ideal, que como consecuencia del paso del tifón está sujeto con cuerdas y le falta un brazo; una triste alegoría de los tiempos que viven los habitantes de la isla.

Estatua del chamorro dañada por el tifón en la cantera latte de Rota.

El impacto de las sucesivas colonizaciones ha dejado una profunda huella en el lugar y en el estado de ánimo colectivo, aunque sus habitantes han optado por aferrarse a una felicidad risueña y vaporosa, producida en algunos casos por el consumo de pugua’, la mezcla alcalina con nuez de betel que muchos chamorros mastican y les carcome los dientes. La isla presume de ser el último rincón del planeta donde todo el mundo se saluda y ha convertido este gesto con la mano, “Aluf Luta”, en la seña de identidad. Según Aubrey Hocog, alcaldesa de Rota, los habitantes locales crearon este saludo como mecanismo de defensa contra la violenta ocupación japonesa. “Como ellos usaban la reverencia como forma de mostrar respeto, los chamorros necesitaban una forma de apoyarse mutuamente”, relata. “Ellos se hacían reverencias y nosotros saludábamos con la mano”.

Un pasado escrito en las plantas

Esta sucesión de idas y venidas de personas, objetos y plantas a través del Pacífico ha quedado en el sustrato de la isla, aunque se oculte a los ojos. Excaven donde excaven, los arqueólogos encuentran restos de las culturas anteriores que pasaron por este lugar y fueron devoradas por la jungla. Sobre los restos de la cultura latte se acumulan algunas ruinas de los españoles, que explotaron el lugar y sus habitantes durante 400 años, y las huellas de las ocupaciones sucesivas de alemanes, japoneses y estadounidenses en el siglo XX. “En los sitios más remotos dentro de la propia Rota lo que vemos es gente prehistórica y japoneses, que estuvieron en todos los rincones agazapados con sus cañones y sus armas durante la Segunda Guerra Mundial”, revela María Cruz Berrocal.

César Parcero, arqueólogo del CSIC, durante el ascenso al yacimiento de Taipingot.

Lo que pretende el proyecto 'PacificPeopleForest' es describir este choque de culturas y comprobar si el contacto europeo desencadenó un grave colapso demográfico y forzó a las poblaciones indígenas a abandonar el interior de las islas y concentrarse en las áreas costeras. Para ello utilizarán la prospección arqueológica, el análisis masivo de archivos históricos coloniales y sistemas de teledetección como el LiDAR desde drones para descubrir la antigua configuración arqueológica oculta bajo la selva. Los investigadores también quieren saber qué plantas y alimentos fueron introducidos por los españoles desde América o plantados por los propios indígenas y cómo entre todos ellos cambiaron los ecosistemas. 

“Con la vegetación puedes leer todas las idas y venidas de personas a través de las plantas que fueron introduciendo”, señala María Martín-Seijo, arqueóloga del proyecto. “Desde el principio, toda la colonización austronesia trae un paquete de plantas con ellos; es como si tú vas a la Luna, no sabes lo que vas a encontrar y te llevas contigo tu pequeño paquete de plantas y animales que te aseguran la supervivencia allá donde llegues”.

Con la vegetación puedes leer todas las idas y venidas de personas a través de las plantas que fueron introduciendo

María Martín-Seijo Arqueóloga del Incipit-CSIC y miembro del proyecto "PacicificPeopleForest"

En la bahía de Umatac, el lugar de Guam donde se supone que desembarcó Magallanes, hay tres gigantescos samanes o “árboles de la lluvia” (Samanea saman), traídos desde América al principio de la colonización. “Hay determinadas plantas que se asocian claramente con la llegada de los españoles porque las traían consigo y las plantaban”, indica Martín. “Hoy los encontramos en sitios muy concretos de Guam y Rota donde están al lado de la catedral y de la casa del gobernador”.

Los samanes centenarios en la bahía de Umatac, el lugar de Guam donde
desembarcó Magallanes.

Para desentrañar este trasiego de especies, las científicas del proyecto emplearán técnicas de secuenciación genética, etnobotánica y dendrocronología isotópica que servirán para fechar las especies forestales tropicales y rastrear el origen cronológico de las plantas. Supervisado por Domínguez Delmás, el joven investigador italiano Francesco Susca analizará el ADN de las especies vegetales para entender su evolución en la isla y observar si hubo expansiones o restricciones en sus áreas de crecimiento, un indicador indirecto de la intervención humana.

El Pacífico no era un sitio vacío, sino que estaba lleno de gente. Se han superpuesto tantas capas de historia sobre el paisaje que hoy resulta difícil definir qué es original

María Cruz Berrocal Arqueóloga del Incipit-CSIC y colíder del proyecto

“Si hay alguna restricción del área y del tamaño de población de las especies nativas hace unos 1.500 años, y puedes ver una expansión en el tamaño de población de la especie que fue introducida por los austronesios, podemos decir que en ese momento estaban haciendo espacio para las especies introducidas”, relata Susca. “La misma lógica se aplica a la época colonial: si vemos que la papaya aumentó y una planta austronesia como la morinda disminuyó, podremos confirmar que los españoles estaban realmente afectando el bosque”.

Marta Domínguez Delmás toma muestras de un tronco, observada por Antonelli y Jerry, del servicio forestal.

“Con certeza sabemos que los españoles trajeron de América el boniato y el maíz”, apunta María Cruz Berrocal. “Y luego hay cosas como la guayaba, la papaya, el aguacate, muchísimas otras plantas que sabemos que estaban moviendo. La piña, por ejemplo, o la famosa flor del Pacífico, la plumeria, es muy icónica de esta región del mundo y, sin embargo, es americana”, señala. Todo lo que aparece en esta isla obedece a este juego de intercambios, y desde luego no es un paraíso prístino, como fantasea nuestra visión occidental, sino un auténtico laboratorio del choque entre culturas.

“Lo que estamos viendo es que el Pacífico no era un sitio vacío, sino que estaba lleno de gente”, resume Cruz Berrocal. Lejos de ser meros espectadores pasivos ante la llegada de los europeos, los habitantes locales tuvieron un papel activo. “Lo que sucede es que se han superpuesto tantas capas de historia sobre el paisaje que hoy resulta difícil definir qué es original”, argumenta.

Estrangular para avanzar

Para el trabajo de Cruz Berrocal y su equipo está siendo imprescindible la colaboración estrecha con la población local, y en especial la ayuda de James Manglona, jefe del Departamento de Tierras y Recursos Naturales de Rota, que conoce la historia de cada árbol y planta de la isla y les aconseja sobre dónde deben tomar muestras. Además de replantar especies autóctonas y árboles frutales para garantizar la autosuficiencia, Manglona y su equipo luchan contra especies invasoras como el tulipán africano (Spathodea campanulata) o los flamboyanes o árboles de fuego (Delonix regia), que se introdujeron desde Madagascar por sus bellas flores rojas. “Algunas de las cosas que trajeron los sucesivos visitantes juegan un papel importante”, asegura. “Nuestra gente vino del sudeste asiático y trajo muchas cosas para su vida permanente aquí. Y quienes vivieron después dejaron restos de artefactos o sitios arqueológicos durante sus ocupaciones”.

El ficus centenario y sagrado para los chamorros en el interior de Rota.

En el centro de la isla, Manglona enseña a los miembros del proyecto un gigantesco ficus autóctono de Micronesia (Ficus prolixa) venerado por sus ancestros. Cuando el equipo del servicio forestal lo rodea con una cinta métrica, comprueba que el árbol tiene más de 20 metros de perímetro, un valor absolutamente excepcional que nos habla de su antigüedad. E igual que los samanes indican la presencia de españoles, estos colosos son la señal de que hubo un antiguo asentamiento y aparecen con frecuencia en los lugares donde hay piedras latte. Humanos y plantas son una especie de unidad inseparable.

“Nosotros tenemos la creencia de que el árbol nunu está habitado por nuestros ancestros, a los que llamamos taotaomo'na. Los antiguos habitantes los usaban como morada o refugio, por lo que se cree que son los espíritus de los muertos”, explica Manglona. “Por esa creencia, la gente no quiere destruir un árbol nunu ni ser parte de su tala”. El secreto de su éxito es que estrangula a otros árboles para usarlos como soporte o anclaje y continuar su crecimiento, una estrategia que recuerda al avance humano durante los procesos de colonización que estudia el equipo de “PacificPeopleForest”.

Frederic Lens y María Martin, miembros del proyecto, examinan una planta en Rota.

Desentrañar este rompecabezas botánico y arqueológico en estas islas olvidadas del Pacífico servirá, según los investigadores, para mucho más que reescribir el pasado. “Lo que está pasando en el otro lado del mundo no solo nos interesa ahora, sino que nos interesó y nos condicionó de muchas maneras hace ya bastantes siglos”, reflexiona María Cruz Berrocal. “Lo que somos ahora lo somos porque estuvimos en el Pacífico”. Sin embargo, para la investigadora es importante poner el foco en el punto de vista de la población chamorra y abandonar la visión eurocéntrica.

Los chamorros están en el centro de su mundo, pero se sienten lejos y no quieren estar en los bordes, resume. El problema de todo este proceso colonial tan complejo y largo, opina, es que ha hecho a los habitantes de las islas más vulnerables y completamente dependientes. “Sabemos que son resilientes, pero este proceso de dependencia de lo externo ha hecho que los chamorros tengan estos sentimientos tan extraños de estar en un lugar remoto, cuando están donde han estado siempre y donde ha estado toda su familia. Sin embargo, si les preguntas, te dicen que viven muy lejos. ¿Tan lejos de qué? Deberían sentirse en el centro de sus vidas”.

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