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Cuando los dioses se derriten: el calentamiento global sacude los rituales y creencias en las montañas sagradas

Una mujer con un volante de la oración en las montañas del Himalaya.

Antonio Martínez Ron

20 de febrero de 2026 22:26 h

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Los pastores de yaks de Bután están consternados porque la montaña sagrada Jomolhari ha perdido sus “perlas lustrosas” de nieve y hielo; en Perú, los peregrinos que subían al Colquepunco para recolectar “hielo sagrado”, se limitan ahora a tomar agua del deshielo del glaciar. Los primeros se sienten culpables porque su diosa está “enferma” y los segundos creen que su dios se ha cansado de sus oraciones. Son solo dos ejemplos del impacto que está teniendo el calentamiento global sobre los rituales y creencias de las culturas que consideran a los glaciares lugares sagrados. 

Seis investigadores que trabajan en algunos de estos lugares del planeta publican un análisis conjunto en Nature Climate Change en el que exponen cómo el calentamiento global está forzando una transformación en las creencias y rituales en las comunidades indígenas de montaña. Para muchos de los habitantes de estas zonas del mundo, desde los Andes hasta el Himalaya, está ocurriendo algo muy inquietante: a sus ojos, los glaciares sagrados parecen estar enfermos, se están escondiendo o les están abandonando.

Los dioses que habitan las montañas, que alguna vez parecieron todopoderosos, ahora parecen frágiles y vacilantes

Elizabeth Allison Investigadora del Instituto de Estudios Integrales de California

“Los dioses que habitan las montañas, que alguna vez parecieron todopoderosos, ahora parecen frágiles y vacilantes”, resume Elizabeth Allison, del Instituto de Estudios Integrales de California. “Se está perdiendo la conexión espiritual con la Tierra, al mismo tiempo que se están perdiendo los glaciares”, explica Iván Lizaga, investigador del IPE-CSIC y coautor del artículo. “Ellos se piensan que uno es la consecuencia de lo otro”.

Desconexión en las Montañas de la Luna 

Lizaga colabora con el investigador local Moses Muhumuza, quien lleva años trabajando en los montes Rwenzori, conocidos históricamente como las “Montañas de la Luna”, entre la frontera de Uganda y la República Democrática del Congo. La cosmología, creencias y prácticas espirituales del pueblo konjo, que vive en esta región, están profundamente arraigadas en los recursos naturales; los konjo reconocen a 21 dioses y diosas asociados a la montaña y en su cosmovisión los glaciares son el esperma semisólido del dios Kithasamba (literalmente, “El que no escala”, porque reside cerca de la cumbre). 

En estas montañas los datos son alarmantes: han perdido alrededor del 90% de sus glaciares desde principios del siglo XX. Esta pérdida física, junto con la prohibición a los habitantes locales de acceder al Parque Nacional, ha obligado a abandonar muchas de las ceremonias tradicionales. La comunidad konjo estableció una relación de causalidad directa entre ambos hechos, explica Lizaga, e interpretaron que el hielo desaparecía no por el calentamiento global, sino porque se les impedía ejecutar sus rituales. Por fortuna, la situación se está revirtiendo, aunque los efectos de este abandono perduran. 

El dios que se esconde 

Otro de los casos que se citan en el artículo es el de la peregrinación del Señor de Qoyllurit’i, en Perú. Históricamente, los devotos subían al glaciar Colquepunco para cortar bloques de “hielo sagrado” y llevarlos a sus comunidades. Según recoge la antropóloga argentina Constanza Ceruti, los peregrinos ahora se abstienen de cortar el hielo y solo recolectan agua de deshielo e interpretan que el glaciar retrocede porque el Señor, cansado de las oraciones de los devotos, está intentando “esconderse” de ellos. “Con casi 30 años de experiencia personal de campo en el estudio antropológico y arqueológico de altas cumbres, puedo ver claramente que el futuro de las montañas está en riesgo y, con él, su patrimonio cultural”, asegura Ceruti.

Ceremonia de  peregrinación del Señor de Qoyllurit’i, en Perú.

En Bolivia, tras la desaparición total del glaciar Chacaltaya en 2009, los habitantes del Valle de Milluni interpretan el sol abrasador como una consecuencia de sus actos. “Es un castigo que hemos creado nosotros mismos”, relata un residente local. En la cosmovisión andina, los picos nevados son “abuelos” o guardianes y la crisis climática ha obligado a modificar tradiciones con siglos de antigüedad. Pero esta relación parece haber cambiado, señala Elizabeth Allison. “Mientras que antes las oraciones para mantener buenas relaciones con las deidades de las montañas parecían producir precipitaciones suficientes y oportunas, estas oraciones y ofrendas ya no son tan efectivas”, asegura.

Al servicio del diablo

Guillermo Salas Carreño, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, defiende que en los Andes las montañas no han dejado de ser agentes intencionales, aunque lo que está cambiando es su significado. “Yo he trabajado en las comunidades rurales más chiquitas y son muy conscientes de que está cambiando el clima, lo que produce un sentimiento de culpa de que los cerros estén castigándoles por sus fallos morales y el descuido ritual”, explica a elDiario.es. “Hay quien te dice que nuestros pecados huelen tan mal que el Señor [el glaciar] se va durante la peregrinación, porque apestamos mucho”. En su opinión, es especialmente injusto que esta gente que vive en economías de subsistencia se culpe del cambio climático. “Se da la paradoja de que ellos están pagando más caro el cambio y obviamente no tienen la responsabilidad”, subraya.  

Hay quien te dice que nuestros pecados huelen tan mal que el Señor [el glaciar] se va durante la peregrinación, porque apestamos mucho

Guillermo Salas Carreño Investigador de la Pontificia Universidad Católica del Perú

Un hecho significativo en algunas zonas, explica Salas Carreño, es el notable aumento de la influencia de las iglesias evangélicas y pentecostales. Esto deja fuera a las antiguas deidades y da paso a una interpretación basada en las escrituras. “Estos cambios se ven como castigos divinos o como parte de la teleología de la Segunda Venida y el Juicio Final”, explica el experto. “Como no son Dios, los glaciares y montañas son entonces asociados con el diablo. Y los conversos suelen abstenerse de honrar a los glaciares y montañas”.

La diosa enferma del Himalaya

En el techo del mundo, en Bután, una consecuencia del calentamiento es que la metáfora de la belleza divina se está desmoronando. Los habitantes de estas tierras altas del Himalaya describían anteriormente su montaña sagrada cercana, Jomolhari, como una diosa que vestía “perlas lustrosas”, en alusión a la nueve y hielo visible en las cumbres. Ahora, sin embargo, los pastores de yaks señalan con consternación las “manchas negras” que aparecen en la montaña, a medida que la cubierta de nieve y hielo disminuye, sugiriendo que “parece enferma”. 

Como en los casos anteriores, los habitantes de las tierras altas muestran un sentido de culpabilidad moral, preocupados de haber fallado en seguir su cultura y rituales adecuadamente, causando que la diosa Jomolhari los abandone. Para Elizabeth Allison, lo que está ocurriendo es una pérdida del sentido de integración y conexión que ejercían las religiones. “Las percepciones, prácticas y metáforas religiosas milenarias en las comunidades de alta montaña están cambiando a medida que el paisaje físico cambia hacia un entorno desecado y más oscuro”, argumenta. “Muchos de estos ritos que se están abandonando protegían la biodiversidad y su desaparición contribuye a que no se llegue a frenar esa degradación”, coincide Iván Lizaga. 

La angustia por la pérdida

Álvaro Fernández-Llamazares, especialista en etnobiología del ICTA-UAB, cree que este artículo es muy valioso porque muestra que el cambio climático no solo transforma paisajes físicos, sino también las relaciones espirituales que muchas comunidades mantienen con esos paisajes. “El retroceso de glaciares afecta a sistemas de creencias, rituales y relaciones de reciprocidad que durante siglos han regulado la convivencia entre personas y naturaleza”, señala. En su trabajo con comunidades indígenas, él ha podido observar procesos muy similares, a menudo acompañados de lo que se conoce como solastalgia, un sentimiento de duelo, angustia y desorientación que surge cuando los lugares de arraigo se transforman o desaparecen por el deterioro ambiental. 

El paisaje deja de responder como antes y se quiebra una relación de confianza forjada durante generaciones. En comunidades sámi, este cambio se suele expresar como un duelo silencioso

Álvaro Fernández-Llamazares Especialista en etnobiología del ICTA-UAB

“Entre los sámi del norte de Fenoscandia, la pérdida de nieve estable y la creciente imprevisibilidad del hielo se viven con una sensación tremenda de pérdida”, relata Fernández-Llamazares. “El paisaje deja de responder como antes y se quiebra una relación de confianza forjada durante generaciones. En comunidades sámi, este cambio se suele expresar como un duelo silencioso por un territorio que ya no sostiene con la misma fuerza la vida cultural y espiritual”.

La necesidad de que las comunidades se impliquen en la conservación de los ecosistemas es lo que ha llevado a la ONU a patrocinar programas como el que se sigue en las montañas del norte de Pakistán, donde se quiere recuperar creencias locales como el “matrimonio entre glaciares machos y hembras” para sembrar nuevos glaciares. Sérgio Henrique Faria y su equipo del Laboratorio de Hielo (IzotzaLab) del Centro Vasco para el Cambio Climático (BC3), que han investigado este proceso, cree que el análisis de estos seis investigadores es una oportunidad para reflexionar sobre el papel de estas creencias. 

“Durante los últimos dos siglos, el pensamiento académico y científico consideraba las religiones basadas en la naturaleza como algo primitivo que había que superar”, apunta Faria. “En su momento, esa actitud fue crucial para combatir los peligros del misticismo, pero también erosionó el valor positivo de las relaciones recíprocas con el entorno que se mencionan en este artículo”. En su opinión, el cambio climático ha puesto de relieve los peligros de este distanciamiento radical con el entorno, a lo que se le suma la reacción por parte de ciertos grupos religiosos, que no aceptan la idea de formar parte de la naturaleza y perder la supuesta superioridad humana otorgada por lo Divino. “Es hora de tener en cuenta estas nuevas amenazas”, concluye. 

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