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Por qué aún importa la Declaración de Independencia de Estados Unidos pese al presidente que traiciona sus ideales

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4 de julio de 2026 22:10 h

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La Declaración de Independencia que proclamaron 13 colonias de la corona británica en 1776 está firmada por los representantes de “los Estados unidos de América” (sic). La mayoría de las 1.300 palabras del texto aprobado por el Congreso el 4 de julio componen una lista de quejas por “la historia de abusos y usurpaciones” del rey Jorge III más que la fundación de una nación, que ni siquiera tiene un nombre claro. 

La misma frase se refiere a la independencia de las “Colonias Unidas”, tal vez una buena descripción de aquella alianza de territorios dispares y movidos por el deseo de romper con quienes imponían impuestos, leyes y guerras desde el otro lado del océano. Hasta después de la guerra de Secesión no se consolidó la conjugación de “Estados Unidos” en singular, como la actual: “Estados Unidos es…”

Puede que hoy no estuviéramos celebrando –o al menos recordando– este hito en la historia de la democracia constitucional si no fuera por la segunda frase de la declaración: “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the Pursuit of Happiness”. Según la traducción un poco fea de los Archivos nacionales de Estados Unidos: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

El poder de esa frase, con su sujeto en primera persona plural, su afirmación de la igualdad, la libertad, los derechos innatos, y la sorprendente referencia a la felicidad, trasciende y con mucho lo que los fundadores dijeron o querían decir en ese momento. 

La primera palabra es la misma que la primera de la Constitución escrita 11 años después: “We”, nosotros, que recalca la autoafirmación. El aniversario que se celebra no es el de la independencia, que el Congreso aprobó el 2 de julio, sino del texto en sí, que se adoptó el 4. Importa declarar el hecho y declararlo así.

“Nuestra gobernanza no está basada en el derecho divino de los reyes ni en el poder de los emperadores y conquistadores. Está basada en un contrato social”, escribe Walter Isaacson en su libro The Greatest Sentence Ever Written (“La mejor frase jamás escrita”). Pero, como subraya el autor, ¿quiénes son “nosotros”? Entonces no eran las mujeres, los negros esclavizados, los blancos pobres ni mucho menos los nativos-americanos, que el documento fundacional describe como “salvajes”.

Los ahora llamados padres fundadores traicionaron esos ideales, empezando por el autor del borrador de la declaración, Thomas Jefferson. Más de 600 personas esclavizadas pasaron por Monticello, su plantación en Virginia, entre ellas Sally Hemings, esclavizada junto a los seis hijos que tuvo con ella. 

“Todos los hombres” se reducía entonces a una minoría de hombres blancos. John Adams se mofó de su esposa Abigail cuando le pidió que “recordara” a las mujeres. “No pongáis tanto poder ilimitado en manos de los maridos”, le escribió y añadió: “Acuérdate de que todos los hombres serían tiranos si pudieran”. Adams replicó: “Me da la risa… No se nos ocurre rechazar nuestros sistemas masculinos”.

Pero si Estados Unidos lleva 250 años celebrando el mito idealizado de su fundación ha sido por las aspiraciones que había detrás de ese texto y por cómo se han utilizado sus palabras para combatir las injusticias desde el origen de aquella nación que quería ser una cosa y hacía otra. 

La identidad nacional

Los impulsores de la Declaración querían liberarse del yugo de las monarquías europeas, con un sueño algo difuso de un gobierno “de las leyes y no de los hombres”. La identidad nacional que se podía construir tenía que ver con esos principios que tal vez unirían a la población más y más rápido que la lengua, la religión o el origen. 

La idea nueva es que los principios cohesionarían a una nación joven marcada por la diversidad, que no sería un problema mientras sus habitantes tuvieran en común la aspiración a esos ideales. El lema de Estados Unidos, también creado en 1776, es “E pluribus unum”, “de muchos, uno”. No harían falta cientos y cientos de años de convivencia, guerras y tradiciones como en Europa para sentir una identidad común, bastaría con creer en los principios fundacionales para ser estadounidense. 

“Es una idea atractiva, tan audaz como la noción de crear una república democrática en un mundo de monarquías, bajo la influencia de los sentimientos de la Ilustración que promovían la idea de que los seres humanos tenían derechos naturales”, explicaba la historiadora y catedrática de Harvard Annette Gordon-Reed hace unas semanas en el centro americano de la Universidad de Oxford. Gordon-Reed ha ganado los grandes premios del país, incluido el Pulitzer de Historia y el Premio Nacional de escritura por sus investigaciones sobre la familia Hemings y sus descendientes en Virginia.

A Jefferson, Adams y Benjamin Franklin, los principales artífices de la Declaración, les inspiraban los ideales ilustrados del momento, pero también el sueño entre arrogante e inocente de que aquello que se estaba forjando en Filadelfia sería mucho más de lo que parecía. La sugerencia de que 13 colonias con apenas dos millones de habitantes, lejos de los centros de poder de entonces, estaban cambiando el mundo les sirvió para inventarse un Estado federal, crear una identidad nacional y, de hecho, acabar cambiando el mundo.

“El Estado, la Constitución, los principios de libertad, igualdad y gobierno libre son lo que nos hacen sentirnos como un único pueblo. Ser estadounidense no es ser alguien, sino creer en algo”, escribe Gordon Wood, historiador especializado en la revolución y que murió hace unos días, en su libro The Idea of America. “Nuestra herencia revolucionaria todavía llama la atención de mucha gente en el mundo: nuestra devoción por la libertad y la igualdad, nuestro rechazo del privilegio, nuestro miedo al abuso del poder político, nuestra fe en el constitucionalismo y las libertades individuales”.

El libro es de 2011, cuando Estados Unidos todavía celebraba al primer presidente afroamericano de su historia mientras el actual presidente era el presentador de un concurso más bocazas que otros.

Wood recuerda que al final de la Declaración de Independencia los miembros del Congreso Continental reunidos en Filadelfia se prometieron “lealtad” por su vida, su fortuna y su honor. “No había nada más que ellos mismos… Ni patria ni tierra ni todavía nación”. “Estados unidos” era, de hecho, una idea, lejos de la concepción del arraigo en la tierra o en el suelo.

Se creó un nuevo Estado antes de que hubiera algo claro que uniera a sus habitantes y lo hicieron con esos ideales en los que creían unos pocos a finales del siglo XVIII. La monarquía europea dependía del orden impuesto desde arriba y se basaba en largas tradiciones culturales. La nueva república tenía poco donde agarrarse y solo podía prosperar si gobernantes y ciudadanos compartían buenas intenciones en lo que entonces era un experimento.

Esto contrasta con lo que sostiene el vicepresidente JD Vance, que en un discurso hace un año dijo: “Estados Unidos no es solo una idea. Somos un lugar concreto, con gente concreta y un conjunto concreto de creencias y una manera de vivir”. Sus ancestros, según él, son solo “los que domaron el continente salvaje”. Esta visión ha llegado, sin éxito esta vez, hasta un caso ante el Tribunal Supremo, que hace unos días rechazó el intento del Gobierno de eliminar el principio de que todas las personas nacidas en suelo estadounidense tienen esa nacionalidad por defecto, sin importar el estatus de su madre o su padre.

El sueño y la pesadilla

La expresión “sueño americano” no nació hasta el siglo XX. Fue popularizada por el libro de 1931 The Epic of America de James Truslow Adams, que escribió: “El sueño americano no es un sueño simplemente de automóviles y salarios altos, sino el sueño de un orden social en el que cada hombre y cada mujer puedan conseguir la plena estatura de la que son innatamente capaces, y ser reconocidos por otros por lo que son, sin importar las fortuitas circunstancias de su nacimiento o su posición”.

El ideal está claro. La práctica ha sido, con suerte, irregular. Un adjetivo frecuente para definir Estados Unidos es “inacabado”, un eufemismo optimista para la historia de discriminación y desigualdad que ha perdurado en el país desde sus orígenes. El triunfo y la tragedia han convivido durante siglos, el sueño y la pesadilla.

En Oxford, le pregunté a la historiadora Annette Gordon-Reed por la frase tan repetida en esta última década en Estados Unidos de “esto no es lo que somos”, pronunciada al mirar el autoritarismo contemporáneo, los intentos de censura, la persecución de los extranjeros y la traición a todos los ideales que proclama la Declaración y en que la dicen creer la mayoría de los estadounidenses

La historiadora, afroamericana de Texas, recuerda que siempre ha sido parte de la identidad nacional “una visión diferente de Estados Unidos menos igualitaria, más centrada en la sangre y la tierra, más racista”. “Desde luego, es lo que somos algunos de nosotros”, me contestó. “Hay personas que quieren ver la identidad estadounidense en su forma más elevada, incluso si ellos mismos no se la creen. Pero otras nunca se hicieron ilusiones sobre todo eso... Y hemos estado lidiando con la batalla entre estos grupos desde el principio.”

Cómo se ha usado la Declaración

Pero casi desde que la Declaración se hizo pública, en 1776, hay ejemplos de minorías subyugadas que o se creyeron el documento o lo utilizaron con ingenio para argumentar que la nación estaba traicionando sus principios y aferrándose al antiguo régimen colonial.

En enero de 1777, el activista Prince Hall lideró en Boston al grupo de hombres negros que presentaron en la asamblea de Massachusetts una petición para abolir la esclavitud: su argumento fue que contradecía los fundamentos de la nueva nación.

Si el ideal del nuevo país eran los derechos innatos a ser libre y ser feliz, entonces la esclavitud, la discriminación de las mujeres, los límites a las creencias religiosas y la explotación de los trabajadores ponían en peligro los fundamentos de la nación.

La declaración feminista en Seneca Falls en 1848 y el discurso de Qué significa para el esclavo tu 4 de julio de Frederick Douglass de 1852 recurrieron a las palabras de la Declaración.

El ideal convivía con la cruda realidad mientras el nuevo país no estaba a la altura de sus principios, como demostró durante décadas no solo en la práctica, sino con leyes y decisiones judiciales. En 1857, el Tribunal Supremo emitió la bochornosa sentencia que negó la ciudadanía a los afroamericanos esclavizados. La enmienda 14 de la Constitución, aprobada en 1868 y que dio la ciudadanía a todas las personas nacidas en suelo estadounidense, la dejó sin validez.

Contra la segregación y la xenofobia

En décadas de violencia, desigualdad y racismo, la Declaración ha sido una referencia constante hasta el siglo XX, también para la lucha de los derechos civiles. 

“Los activistas afroamericanos y sus aliados recurrieron sistemática e insistentemente al lenguaje de la Declaración para argumentar que la segregación y la discriminación racial no solo eran injustas, sino fundamentalmente antiestadounidenses”, explica Gordon-Reed, la historiadora. “Constituían violaciones de los principios sobre los que se había fundado la nación. Esta estrategia fue sumamente astuta porque impactó en la esencia misma de los estadounidenses: su orgullo por el tan cacareado excepcionalismo del país”. 

El texto también ha servido para construir el país como una democracia multirracial y multicultural, con las sucesivas oleadas de inmigrantes. A finales del siglo XIX, en particular, el Gobierno, la escuela y las organizaciones cívicas inculcaron los principios fundacionales como nexo de unión.

Entre 1871 y 1920, se estima que al menos 40 millones de personas cruzaron el Atlántico hacia América, la mayoría hacia Estados Unidos. El mito de la frontera estuvo marcado también por el sufrimiento. En el mismo periodo, cerca de 10 millones de migrantes volvieron a Europa. 

La cultura de la travesía

“La gente a la que no le gusta el país se tiene que quedar en casa”, le dice el narrador, Jim Burden, a la protagonista checa en Mi Ántonia de Willa Cather. Todavía es un niño cuando lo dice y no entiende todo lo que acabará entendiendo.

Mientras escribía este artículo pensaba en Cather y en esta novela publicada en 1918 y tan moderna que todavía refleja hoy la esencia del país, sus sueños y sus batallas sin resolver. La perspectiva de una mujer fuerte como la de Mi Ántonia es bastante única en la literatura de la época. La historia de la familia Shimerda llegada de Bohemia a Nebraska, está basada en personas reales y cuenta sin paternalismos ni heroicidades la experiencia de la migración como seña de identidad para los que se van y los que se quedan. Para los recién llegados y los llegados un poquito antes a un país en continuo movimiento.

Pensaba que tal vez estaba forzando la conexión con la Declaración de Independencia hasta que encontré el libro de 1995 de Joseph Urgo, catedrático de Literatura especialista en Cather, Willa Cather and the Myth of American Migration.

“El tema central, el mito abarcador, la experiencia que define la cultura americana en su esencia es la migración: la incansable, incesante y física movilidad”, escribe Urgo, que subraya que Cather es la escritora del siglo XX que refleja “de manera continua y cuidadosa” con sus novelas “el modo cultural del pensamiento producido por la conciencia migratoria”. 

“El desapego es un sine qua non de la existencia intelectual en América, como es el sentido del exilio, de vivir en una tierra extraña, de asegurar no entender las costumbres y las inclinaciones de la sociedad convencional”, escribe Urgo. “En Estados Unidos, la migración comienza como un acto físico —el desplazamiento de un lugar a otro—, pero con el tiempo se transforma en una forma de conciencia o de percibir el mundo.” 

El libro recalca el año de nacimiento que aparece en la lápida de Cather, 1876. Ella alteró la fecha (nació tres años antes) y así su falso cumpleaños coincidió con el muy celebrado centenario de la Declaración de Independencia. 

Cuando hablamos ahora por teléfono, Joseph Urgo me cuenta que uno de los motivos por los que Cather no fue tan reconocida en su tiempo como Hemingway, Fitzgerald y Faulkner, aparte del hecho de ser mujer, es porque “escribía de asuntos que eran difíciles de dirigir y aceptar intelectualmente”. “La migración en Estados Unidos nunca ha sido un asunto fácil, nunca fue celebrada en el momento”, explica. “Y Cather articuló mejor que nadie este mito de la migración. Utilizo este término porque no tienes que ir a ningún sitio para que te afecte. Está en la cultura”.

Esa cultura es que la que nació por accidente o no un 4 de julio. Y esa es la que muchos inmigrantes adoptaron. Urgo llama la descripción de Cather “travesía” y no “asimilación”. No hay un estándar uniforme al que asimilarse.

Ronald Reagan

Los migrantes encontraron a menudo en la Declaración una manera de sentir que pertenecían a aquel país y de reivindicar sus derechos. “En lugar de tener que esperar generaciones y generaciones para ser aceptados como estadounidenses, podían lograrlo viviendo en el país, creyendo en los documentos fundacionales y comprometiéndose a defender los valores que contienen”, dice Gordon-Reed. “La Declaración se convirtió en parte de la manera en que podían encontrar su lugar en la sociedad estadounidense”.

Ronald Reagan, republicano conservador, en su último discurso como presidente en enero de 1989 parafraseó una carta que había recibido y decía: “Puedes vivir en Francia, pero no puedes convertirse en francés; puedes ir a vivir a Alemania, a Turquía, a Japón, pero no podrás ser alemán, turco, japonés. Pero cualquiera, de cualquier lugar del mundo, puede venir a Estados Unidos y convertirse en estadounidense”.

El argumento que tomó Reagan de aquellas palabras es que los principios unen a las personas que llegan y a la vez mejoran el país. “Mientras otros países se agarran al pasado anquilosado, en Estados Unidos le damos vida a los sueños”, dijo. “Gracias a cada oleada de nuevas llegadas a esta tierra de oportunidad, siempre seremos una nación joven, llena de energía y de nuevas ideas… Si alguna vez cerramos la puerta a los nuevos estadounidenses, nuestro liderazgo en el mundo se perderá”.

Lo de ahora...

Annette Gordon-Reed cree que lo que está pasando ahora refleja “esa parte de la nación que nunca ha aceptado la Declaración” como un principio básico. 

En el último siglo, pese a los vaivenes y pasos atrás, la sociedad parecía estar progresando hacia la comprensión. “Incluso quienes no creían en las palabras de la Declaración sobre la igualdad sabían que debían actuar como si las creyeran. Hoy, la máscara se ha caído”, dice Gordon-Reed, que recuerda la visión del vicepresidente de Estados Unidos de que la pertenencia viene de haber vivido en un país durante mucho tiempo y tener una cultura y una religión igual, algo que “se acerca a una visión de la identidad estadounidense basada en la sangre y la tierra”. 

¿Cómo se defienden los ideales cuando parecen ser una máscara para ocultar lo contrario de lo que predican? ¿Es mejor tener esa máscara? La respuesta de la historiadora es que, aunque a menudo se traicionen, las aspiraciones siguen importando.

“A veces en la vida tenemos que actuar como si fuéramos mejores de lo que somos. No pensamos que seamos mejores de lo que somos. Aspiramos a ser mejores de lo que somos”, dice. “Las aspiraciones marcaron la diferencia en mi vida. Marcaron la diferencia en la vida de millones de personas”. Su tatarabuelo era un colonialista británico que esclavizó a su tatarabuela hasta que la llevó de Misisipí a Texas en 1850. Su bisabuela estuvo casada con un hombre esclavizado hasta la guerra de Secesión. Un siglo después, en 1965, Annette fue con seis años la primera negra en una escuela hasta entonces segregada del Este de Texas. 

La historiadora sabe de aspiraciones. “Prefiero eso a una visión de la vida limitada a lo que algunos llaman ‘la realidad’ porque entonces no existe nada más elevado que aquello que uno es capaz de concebir en el momento”, dice. “Es importante reconocer las promesas y entender que son aspiraciones: representan un ideal al que dirigirnos. Aún no hemos llegado allí, pero prefiero infinitamente vivir en un mundo guiado por esos ideales que en uno donde la gente diga ‘esta es la realidad y esto es lo mejor que podemos hacer’. Porque muy a menudo ese ‘mejor’ no es muy bueno”. 

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