La Vía Láctea se tragó otra galaxia hace 11.800 millones de años

Representación artística de la colisión entre una galaxia enana conocida como LKH y una Vía Láctea joven

Àlex Gonzàlez

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La Vía Láctea no siempre tuvo las dimensiones ni la estructura que tiene actualmente. Nuestra galaxia ha necesitado miles de millones de años para crecer y transformarse, un proceso en el que ha generado sus propias estrellas y ha absorbido otras galaxias más pequeñas. Ahora, una nueva investigación ha encontrado evidencias del que sería el episodio de fusión galáctica más antiguo conocido de su historia, ocurrido hace aproximadamente 11.800 millones de años.

El descubrimiento sitúa este acontecimiento cuando el universo tenía menos del 15% de su edad actual, unos 2.000 millones de años después del Big Bang. En aquel momento, la joven Vía Láctea habría atrapado mediante su fuerza gravitatoria a una galaxia enana y terminado incorporando buena parte de sus estrellas, gas y materia oscura. El trabajo, publicado en la revista científica Nature Astronomy, aporta así nuevas pistas sobre cómo se formó nuestra galaxia durante sus primeras etapas.

Los investigadores han bautizado a aquella antigua galaxia como Low-energy-Kraken-Heracles (LKH), un nombre que reconoce tres investigaciones anteriores que ya habían planteado la posibilidad de una fusión de este tipo. Según sus cálculos, LKH contenía estrellas con una masa conjunta equivalente a unos 500 millones de veces la del Sol, aproximadamente una cuarta parte del tamaño que tenía entonces la Vía Láctea.

Las huellas de una galaxia desaparecida

Para reconstruir este remoto episodio, los científicos utilizaron los telescopios espaciales Hubble y Gaia. Su atención se centró en cúmulos estelares situados en una región que comprende los 20.000 años luz más internos de la Vía Láctea. Cada uno de estos cúmulos contiene cientos de miles de estrellas y puede conservar información fundamental sobre las primeras etapas de formación de la galaxia.

Telescopio espacial Hubble

El equipo estudió aspectos como la edad, la composición química y la trayectoria de esos cúmulos. Los resultados permitieron relacionar parte de ellos con LKH y concluir que sus estrellas pasaron a formar parte de la Vía Láctea después de aquella antigua colisión. “El hallazgo clave de nuestra investigación es el descubrimiento inequívoco del primer episodio de fusión que experimentó nuestra galaxia en su infancia”, explica Davide Massari, astrofísico del Instituto Nacional de Astrofísica de Bolonia y autor principal del estudio.

La fusión, sin embargo, no habría supuesto un choque continuo entre estrellas. Las enormes distancias existentes entre ellas hicieron que, desde este punto de vista, el proceso fuera relativamente tranquilo. Según Massari, la colisión entre el gas de ambas galaxias probablemente desencadenó la formación de numerosas estrellas, contribuyendo de manera importante al crecimiento posterior de la Vía Láctea.

Además, los investigadores creen que todavía podrían existir numerosas estrellas nacidas originalmente en LKH escondidas en las regiones interiores de nuestra galaxia. Identificarlas individualmente resulta complicado debido a la gran cantidad de polvo interestelar presente en esa zona, que dificulta las observaciones.

Una historia marcada por las fusiones

LKH tampoco fue la última galaxia que acabó incorporada a la Vía Láctea. Unos 1.800 millones de años después, nuestra galaxia absorbió otra galaxia enana conocida como Gaia-Sausage-Enceladus. Mucho más recientemente, durante aproximadamente los últimos 6.000 millones de años, también se ha ido fusionando con la galaxia enana de Sagitario.

Estos episodios permiten reconstruir una historia en la que la Vía Láctea fue creciendo progresivamente mediante la incorporación de nuevos materiales. Cada fusión modificó su estructura y aportó ingredientes que participaron en su evolución durante miles de millones de años. Ese pasado remoto está relacionado incluso con nuestra propia existencia. “Cada una de estas fusiones influyó en los acontecimientos que han llevado a la formación de nuestro propio sistema solar y, en última instancia, de la Tierra”, señala Massari.

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