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Brasil, política y mundiales: en 2026 Lula vs Bolsonaro jr y Neymar, asunto nacional

Neymar saluda a los aficionados brasileños durante el partido contra Escocia.
4 de julio de 2026 22:10 h

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El pasado 19 de mayo Hugo Souza, portero del Corinthians, reunió a su familia y encendió la televisión para ver una escena única en el fútbol actual. En la era en la que las presentaciones de las convocatorias mundialistas son productos audiovisuales destinados a maravillar en las redes, Brasil va por libre: la lista la da, en directo, leyéndola a cámara, el seleccionador, a la vieja usanza. Souza estaba nervioso. Como tenía bastantes papeletas para ser convocado al Mundial, hizo lo que todos los seleccionables (y también los otros 215 millones de brasileños): esperó a saber su suerte como quien ve un sorteo de lotería. En esta ocasión la imagen fue doblemente curiosa, porque el nuevo técnico, Carlo Ancelotti, exentrenador del Real Madrid, del Bayern, del PSG, de su Milan y de media liga italiana, está aprendiendo a manejarse con el portugués. La audiencia escuchaba su cadencia con atención, pero sobre todo aguzaban vista y oído para despejar la duda que mantenía en vilo a un país de tamaño continental: ¿iría o no Neymar convocado? Carletto empezó con los porteros. Cuando Souza no escuchó su nombre se derrumbó. Pero siguió viendo la retransmisión de la lista. Y cuando unos segundos más tarde Ancelotti dijo la palabra mágica, “Neymar”, al portero no convocado le cambió la cara, se levantó y festejó. Y como él, millones de personas. De ese día salió una certeza sabida, que Neymar mueve montañas, y otra recién aprendida: el italiano metió su primer gol antes de empezar el Mundial.

Carlo Ancelotti ha sido un entrenador de clubes con un palmarés al alcance de muy pocos: treinta títulos, entre ellos cinco Champions, con varios de los equipos más grandes de Europa. Pero de entre todas las virtudes que lo adornan hay una intangible, aquella que no puede cuantificar el big data, pero que vale oro: la gestión de vestuarios y también de aficiones, sin que apenas se le levante una ceja, la misma que le sirve como rasgo más característico. A su liderazgo tranquilo se ha encomendado Brasil, cinco veces campeón, para acabar con una sequía de un cuarto de siglo y lograr el Hexacampeonato —caza mayor— o, al menos, para encontrar el rumbo futbolístico que perdió en algún momento hace un cuarto de siglo.

Los años de Copa del Mundo en Brasil coinciden con años electorales. La cita de 2026, que se celebra dentro de cien días, tiene un aroma crepuscular. Se enfrentarán una decena de candidatos —ninguna mujer— y alcanzarán la segunda vuelta, muy probablemente, Lula da Silva, con 81 años y la posibilidad de alcanzar su cuarto mandato, y Flavio Bolsonaro, el hijo mayor de Jair, ungido por su propio padre, con importantes problemas de salud. La política brasileña estira el chicle con dos propuestas contrarias pero sin proyecto a largo plazo. En cierto modo, como le ha venido ocurriendo a la seleção en este siglo, al menos hasta este Mundial. Con el fútbol y la política se puede jugar con facilidad porque se entrelazan en sus paralelismos. Pero en el caso de Brasil incluso se podría explicar su historia contemporánea a través de los Mundiales.

En 1950, Brasil vivía un año de cambios que terminaría con la victoria en las urnas de Getúlio Vargas. Las elecciones vinieron precedidas del mayor trauma de la historia de los mundiales al perder con Uruguay en su propia casa, el célebre Maracanazo. La deriva política fue acorde al desenlace de ese torneo: cuatro años de olla a presión política que terminaron en 1954 con el suicidio del propio Vargas. En la previa al de 1958, el dramaturgo Nelson Rodrigues acuñó el término complexo de viralatas (perro callejero) para referirse al complejo de inferioridad que Brasil tenía como selección y como país. Decía en aquella crónica histórica: “El problema del Scratch [la selección] no es de fútbol ni de técnica ni de táctica. Es un problema de fe en sí mismo”. Y dio en la tecla, porque Brasil cambió su sino y ganó con un Pelé adolescente. Eran los tiempos de Juscelino Kubitchek en la presidencia, quien decidió hacer real el sueño de fundar una nueva capital. Brasilia ya estaba terminada en 1962, cuando la selección consiguió el doblete en Chile, el único hasta la fecha en los mundiales.

La de los sesenta fue la década del golpe de estado y la dictadura miliar. Semanas antes del Mundial de México en 1970, el seleccionador, João Saldanha, fue despedido no por su desempeño, incuestionable, sino por política: era comunista. Pero aquellla selección que heredó Mario Lobo Zagallo en el banco fue, para muchos, la mejor de la historia. Brasil ya era tricampeón y, sobre todo, era el paradigma del fútbol arte. Los setenta fueron tan grises en lo futbolístico como en lo político, pero en el mundial de España 1982 de nuevo se tiñó todo de verde amarelo. Sucedió poco después de la irrupción de un sindicalista que agitaba masas en el cinturón industrial de São Paulo, en los estertores de la dictadura. Se llamaba Lula da Silva y creó el Partido dos Trabalhadores, que sería crucial en la política nacional hasta hoy. En el campo surgió el mejor Brasil desde el 70, que reunía a Zico, el Pelé blanco —el otro ya estaba retirado, tras sus años en Estados Unidos poniendo en marcha la primera tentativa de liga en ese país— y a una pléyade de centrocampistas creativos, entre los que estaba Sócrates, el hombre más carismático de la Democracia Corinthiana, aquel movimiento que pedía en el campo elecciones directas. Un ejemplo de compromiso en el fútbol. Y en el banquillo volvía a haber un idealista, llamado Telé Santana. Tenía mucho a favor, pero Brasil no ganó. Y eso lo cambió todo.

La derrota contra Italia en Sarrià supuso un trauma que provocó un cambio de rumbo, primero paulatino y después radical. En 1994 se proclamó campeona con una selección fortificada, con adornos poco brasileños, con un medio campo que parecía una ciudadela y una delantera de dinamita. Ese modelo, curiosamente, le labró triunfos, pero sepultó el estilo de un país que había enamorado a generaciones. En 1998 llegó a la final con esa premisa, y en 2002 sumó otra estrella con la eficacia de un oficinista brillante, con destellos de sus fueras de serie en sus filas pero sin modificar sus bases defensivas. Parecía haber dado con la fórmula, pero en realidad fue su condena, un parche que le granjeó muchas alegrías para sumirlo después en depresión en los siguientes mundiales, incluido el suyo, en 2014, cuando vivió la última, hasta ahora, tragedia futbolística. De tanto mirar a Europa esta se lo comió a Brasil con su propia medicina: Alemania le arrasó 7-1 y provocó otro volantazo. Aquello fue la demostración de la desorientación de Brasil convertido en una fábrica de centrocampistas destructores en vez de creadores de juego, que era su seña de identidad. Esa sequía de talento en el medio la sigue pagando hasta la fecha.

Pasó 2018, también 2022, hasta que al fin encontraron una fórmula diferente: llamar a un entrenador extranjero. Pudo ser, dicen, Guardiola. También alguno de los entrenadores portugueses que van de equipo en equipo en el Brasileirão. Pero finalmente optaron una tercera vía llamada Carlo Ancelotti.

Carlo Ancelotti durante el partido entre Brasil y Japón, este lunes en el estadio NRG de Houston.

Aunque la nueva etapa es una incógnita, Brasil ya ha vivido su primera dosis de ancelottismo, una remontada ante Japón que ha dejado al país con la boca abierta, no solo por el resultado: primero por su tranquilidad tras ir perdiendo 0-1 durante muchos minutos. Luego, por su charla motivacional en el descanso. Y finalmente por la gestión de los cambios, y ahí entra Neymar: la selección empató, pasaban los minutos, pero él no salía. Miraba el exbarcelonista con cara de entre resignación y compungimiento cuando ya agonizaba el partido. No había tenido minutos después de calentar durante medio partido. La realización se recreaba en el plano corto de Neymar más que en el juego. Pero casi en el minuto 90 Martinelli metió el gol de la victoria. Brasil era el Real Madrid de Carletto vestido de amarillo. El diez salió del banquillo a celebrar el gol como un hincha. Cuando llegó el turno de entrevistas Ancelotti saldó con una frase tranquila las preguntas sobre Neymar: “Mi plan era ponerlo en la prórroga, pero ganamos”. Un partido menos, un problema menos.

Todo lo que hace Neymar trasciende lo que sucede en el campo y resuena a lo largo del país. A veces, domina la actualidad sin hacer nada. Ocurrió al poco de comenzar el Mundial. En un acto de Lula da Silva en Belo Horizonte, un niño dijo que admiraba a Neymar, a lo que el presidente le contestó: “Neymar es el primer convocado home office (que teletrabaja) en el mundo”, en alusión a su lesión, que solo le ha permitido jugar veinte minutos en el tercer partido, contra Escocia, tras más de mil días sin jugar con la selección. Pero el recado no iba por lo futbolístico, sino más bien por lo político: Neymar apoyó explícitamente a Bolsonaro en la campaña de las elecciones de 2022.

En aquel momento fútbol y política estaban presentes otra vez en la calle, esta vez envueltos en una batalla cultural inesperada alrededor del elemento más simbólico, la camiseta de selección. Desde las protestas que tumbaron a Dilma Rousseff en 2016, los críticos con el PT —que luego derivaron en el bolsonarismo—, empezaron a identificarse vistiendo la equipación titular de la selección. Las manifestaciones eran manchas amarillas gigantes y las contraponían, en su relato, a las camisetas rojas del lulismo. El grito era siempre el mismo: “A nossa bandeira jamais será vermelha” (nuestra bandera nunca será roja). Y así culminaron una apropiación de símbolos deportivos y nacionales. Los seguidores de Lula optaron por desviarse de la batalla y alentaron la moda de vestir la camiseta alternativa azul, pero después fue el propio Lula el que alentó que se readoptaran los colores del país y se resignificase el símbolo del pentacampeón mundial. Él mismo apareció, hace un par de semanas, dando un mensaje a los seleccionados vestido de amarillo.

No están los futbolistas entre los más inclinados a la izquierda, y en Brasil es aún más notorio. En el auge de Bolsonaro se repetían las fotos de apoyo de jugadores al que llegaría a presidente, casi todos envueltos en la camiseta y la bandera. Neymar era uno de ellos. Cuando Lula ganó las elecciones de 2022 (un par de meses antes del mundial de Qatar) le preguntaron por el futbolista: “No estoy enfadado. Neymar tiene derecho a elegir a quien quiera”. Pero en cuanto encuentra oportunidad, le recuerda sus preferencias, como el día del home office.

Lo que queda de Mundial, sea solamente el partido contra Noruega o lo que venga después si avanza, será un reto para todos. Para Neymar, porque el país aún espera algo del ídolo que pudo ser mucho más y no lo fue, pero que sigue ocupando el lugar que tuvieron Pelé, Zico, Romário o Ronaldo en su día. Para las elecciones, porque lo que pasa en el Mundial, como se ha visto, se mezcla de manera natural con la lucha por el poder. Y para Ancelotti, por supuesto, porque él es en parte juez de todo lo anterior. Si gana y se mete en instancias finales, podrá decir que ayudó a eliminar de nuevo el complejo de viralatas. Si cae eliminado, levantará la ceja y seguirá el camino sin inmutarse: ya renovó y pase lo que pase seguirá hasta después del mundial de 2030. Otra victoria de Carletto.

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