Una mirada a las salineras del lago Katwe
Despego la nariz de la pantalla y traspaso el cristal. En una furgoneta de color verde saltamonte, voy descendiendo en Uganda, hasta el cráter de un volcán que mantiene una lámina de agua. Con cuidado; vacas cornudas se cruzan en un camino de cabras, que llaman carretera. Palos de arbustos y árboles cercan espacios a modo de parcelas en sus orillas y allí me las encuentro por primera vez. Cortando las placas de sal que previamente los hombres han extraído del medio del lago.
Me sumo a la experiencia y cerceno mis pantalones gracias a la cremallera que contienen a la altura de la rodilla, e introduzco mis pies en un agua caliente, oscura y viscosa. Piso un suelo rugoso y duro. Me proveen de plásticos y lana para proteger mis tobillos, dado que la curva metálica con la que acercan la placa de sal para trocearla, es altamente cortante, y con extremo cuidado colaboro en su labor.
El sol abrasa y la espalda protesta, pero descubro lo inimaginable al conocer que no solamente cuentan con sueldos dignos, sino que también cuentan con jornadas dignas, en las que tiene cabida la conciliación. En un lugar apartado del mundo y ajeno a cualquier ruta turística, mis compañeras de sal pueden optar a jornada reducida para atender familia y labores de hogar, además de contar en la propia salina con comedor, servicio, vestuario y lugares, incluso, para amamantar.
Me siento reconfortada y alegre cuando, de regreso, veo ponerse el sol tras la boca del volcán. Nada es imposible, pienso. En la mayoría de los casos, es cuestión de voluntad. De buena voluntad.
Sobre este blog
Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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