Joan Garcés, jurista y politólogo: “Existe el riesgo de que la guerra de Ucrania sea el prólogo de una guerra general en Europa”
El jurista y politólogo valenciano Joan Garcés ha dedicado una parte importante de su vida a luchar contra la impunidad, esclarecer la verdad y defender como abogado a miles de víctimas de la dictadura chilena.
Trabajó como asesor personal del presidente de Chile Salvador Allende hasta su último día, fue testigo directo de aquellos años y posteriormente impulsó en los tribunales españoles el caso Pinochet, con el que se logró la detención del dictador chileno en Londres en 1998.
Representó en esa causa a casi 4.000 víctimas en más de tres mil casos de asesinatos, desapariciones forzadas y torturas. Además, en 2005 consiguió que el Riggs Bank de Washington indemnizara con más de ocho millones de dólares a víctimas de Pinochet. En 2023 fue reconocido por la Cámara de Diputados chilena por “su contribución a la justicia y su lucha contra la impunidad”.
Doctor en Ciencias Políticas por las universidades Sciences Po y la Sorbona, experto en Historia, Justicia Internacional y Geopolítica Mundial, Visiting Fellow en el Institute for Policy Studies, estuvo años investigando en los archivos del Departamento de Estado y de Defensa de Estados Unidos y de los servicios secretos del país. Es autor de libros como Allende, la experiencia chilena (1976) o Soberanos e intervenidos (1996), del que se ha publicado una edición actualizada recientemente.
Garcés continúa ejerciendo como abogado en casos de derecho nacional e internacional y sigue analizando la actualidad global. Hablamos con él en esta entrevista realizada esta semana en el podcast 'Donde callan las armas', del Centre Delàs de Estudios por la Paz, que se emite en plataformas y en elDiario.es.
¿A qué cambios en el orden internacional asistimos con Donald Trump?
La política internacional es muy viva y cambiante. Trump acelera el final del periodo posterior a la Guerra Fría iniciado en 1989. La Guerra Fría, entre 1945 y 1989, tuvo tres pilares: la división de Alemania, evitar gobiernos de partidos obreros en Europa Occidental y contener y hacer retroceder a la Unión Soviética en los países donde derrotó al ejército alemán.
Los tres pilares desaparecen a partir de 1990. La Unión Soviética se autodisuelve, Alemania se unifica, los principales partidos obreros se vuelven marginales. Desde Rusia, Gorbachov, Yeltsin y también, en la primera etapa, Putin, buscaron un acuerdo con EEUU y Europa Occidental. Gorbachov propuso establecer un sistema de seguridad colectiva en lo que denominaba “casa común europea”.
Ese periodo terminó. No sirve a EEUU. Trump acelera el proceso de cambios y, en estos momentos, negocia con Rusia, mientras algunos países de Europa Occidental se arman para derrotar financiera y militarmente a Rusia, un país con armamento atómico.
Deliberadamente o por accidente, España puede ser sumergida en una nueva guerra en el marco internacional
Usted ha dicho que la guerra de Ucrania se ha convertido, de algún modo, en algo que Trump está usando para chantajear a la Unión Europea y que este conflicto supone una derrota estratégica de Europa. ¿En qué se equivocaron los países europeos?
Es una tragedia para Europa. Durante siglos, lo que yo en mis estudios conceptualizo como “Estrategia Británica” —asumida por EEUU desde el presidente Truman— ha buscado impedir la unidad del continente euroasiático, particularmente entre Alemania y Rusia. Tiene sentido: las islas británicas fueron invadidas o se intentó invadirlas desde el continente, por lo que esa unidad es percibida como una potencial amenaza a su independencia.
Mantener la división ha sido una constante desde el siglo XVIII. Su concreción más reciente es la guerra en Ucrania, anticipada por analistas, sobre todo de Estados Unidos, como Brzezinski, Kennan y muchos otros, que desde los años noventa razonaron que expandir la OTAN hacia las fronteras rusas podía provocar una guerra preventiva.
En 2008, en la Cumbre de Bucarest, la OTAN adoptó la formulación de que Ucrania y Georgia se convirtieran en miembros de la OTAN. Esa orientación, en mi lectura, chocaba con el horizonte proclamado por Ucrania en su Declaración de autodeterminación y soberanía de 1990, que “proclama solemnemente su decisión de convertirse en el futuro en un Estado permanentemente neutral”, “fuera de bloques militares” y de “participar directamente en el proceso paneuropeo y en las estructuras europeas”.
La actual guerra de Ucrania ha creado un foso de sangre y destrucción que se proyectará durante generaciones, es un desastre humano y económico para los ucranianos, los rusos y el conjunto de Europa.
Traslademos el problema a un escenario imaginario más próximo: que el Estado, España, al igual que Rusia en 1990, hubiera aceptado en 2017 la declaración de independencia del Parlamento de Cataluña, con garantía de neutralidad y de no instalación en su territorio de una potencia con interés en desintegrar al Estado español, y que, al cabo de un tiempo, un cambio político en Cataluña considerara que su seguridad dependía de ingresar en una coalición que contemplara desintegrar al Estado plurinacional vecino. ¿Habría habido en España alguien que anticipara lo que Kennan previó en 1998 cuando el Senado de EEUU aprobó la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia?
La actual guerra en el oriente de Europa ha creado con Occidente un foso de sangre y destrucción que se proyectará durante generaciones. Es un desastre humano y económico para los ucranianos, los rusos y el conjunto de Europa entendida como realidad cultural, geográfica y política. Chaikovski, Tolstói, San Petersburgo no son menos Europa que Berlín o Londres.
Hemos oído recientemente al Secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, apelar al expansionismo occidental que se produjo durante 500 años. ¿Quiere Estados Unidos seguir manteniendo su perímetro global?
Dentro de Estados Unidos conviven varias corrientes. La que representan Rubio y Trump es de expansión imperial. Rubio evoca la de los imperios de España, Inglaterra, Francia, que EEUU siempre se propuso disolver. Es coherente con mantener la hegemonía sobre la antigua América española y sobre Europa Occidental y movilizar esa suma de recursos humanos y naturales para hacer frente a la ascendente China popular, una potencia nuclear. ¿Es de interés esto para España?
Los principales dirigentes políticos europeos parecen caminar como sonámbulos a una guerra general
Trump está exigiendo más gasto militar a sus socios europeos dentro de la OTAN. ¿Qué supone este aumento del gasto militar que ya se está produciendo en la Unión Europea?
Es asombroso. Los principales dirigentes políticos europeos parecen caminar como sonámbulos hacia una guerra general. Preparan a la opinión pública para que acepte inversiones descomunales en armas, para llenar arsenales y sostener una guerra general. Por ejemplo, el ministro de Defensa de Alemania, Pistorius, del Partido Socialdemócrata, afirmaba en el Frankfurter Allgemeine Zeitung el 15 de noviembre pasado que “algunos historiadores militares” consideran incluso que el pasado verano “ya” pudo ser el último en paz.
Hace pocos días, un importante diario español publicaba el análisis de un académico inglés con este silogismo: puesto que Rusia, contra todo pronóstico, ha hecho progresos en la guerra de Ucrania militarizando su economía, Rusia necesitará más guerras para evitar el colapso de su economía militarizada. ¿Desconoce que la carrera armamentista contribuyó a la quiebra financiera de la URSS?
Las dos últimas guerras hegemónicas europeas empezaron en días precisos en 1914 y 1939: por un accidente precipitante, la primera, y de forma deliberada, la segunda, pero ambas fueron preparadas con anterioridad. Hay que leer a los especialistas norteamericanos.
Brzezinski, en 2014, poco después de la insurrección de Maidán contra el Gobierno constitucional de Yanukóvich, sostuvo que la expansión de la OTAN hacia Ucrania podía provocar una guerra susceptible de escalar por una dinámica comparable, en ciertos rasgos, a la guerra de España en los años treinta del siglo XX: una insurrección armada provoca una guerra civil que escala con intervenciones extranjeras que se enfrentaron primero en territorio español y después, en el resto de Europa.
¿Armamento para qué? Para ser usado o para que pueda ser usado, voluntariamente o por accidente.
¿Cree que existe ese riesgo ahora?
Esta advertencia, en mi interpretación, se ha visto confirmada por la secuencia posterior: insurrección contra el Gobierno constitucional en 2014, guerra civil en los óblasts del este de Ucrania, “operación militar especial” rusa y progresiva implicación material de países de la OTAN.
La internacionalización, por el momento, está perimetrada en Ucrania, pero existen elementos para una escalada, el riesgo de que ese conflicto sea el prólogo de una guerra general en Europa. La guerra de España terminó en abril de 1939 y en septiembre se generalizó progresivamente a toda Europa.
Recordemos que, cuando en 2022 entraron las tropas rusas en Ucrania, dirigentes de Europa occidental anunciaron que la economía rusa sería “puesta de rodillas”, en palabras de un ministro francés. O que esa guerra se resolvería “en el campo de batalla” con la derrota rusa, decía Borrell desde la Unión Europea. Son los azares de las guerras: se sabe cómo empiezan, pero no cómo terminan.
Naciones Unidas está actualmente en una situación de impotencia comparable a la de la Sociedad de Naciones anterior a la Segunda Guerra Mundial
Trump pide más gasto militar en el marco de la OTAN, los países europeos están en ello y algunos lo justifican diciendo que podría servir para construir un Ejército europeo común y una autonomía europea en defensa, ¿es esto viable?
Un Ejército es ejecución. Requiere una dirección política y un mando únicos. El mando político único en Europa occidental es hoy el de EEUU, en la OTAN. Podría existir un acuerdo entre Estados, en la lógica del “concierto europeo” clásico que proponía actualizar Charles de Gaulle para “Europa desde el Atlántico a los Urales”.
Pero en la estructura actual de la Unión Europea, si se concreta el proyecto del canciller alemán de tener bajo su mando el Ejército convencional más poderoso de Europa, Alemania tendrá más poder que nunca. Podría ser una actualización, en clave militar, del Zollverein (unión aduanera) iniciado en 1834 entre Estados independientes, que culminó en el II Imperio alemán tras derrotar a Austria-Hungría y Francia. Ese proyecto, si lo aceptan franceses, polacos, etcétera, conduce a un Ejército “europeo” con mando político único y ejércitos auxiliares subordinados. ¿Es ese el interés de España?
Una última cosa, en los dos últimos años hemos visto, en directo, un genocidio en curso. Pese a que ha habido algunos pasos inéditos en las Cortes Internacionales de La Haya, existe una percepción de que buena parte de los Estados del mundo no han tomado esas herramientas para poder hacer política con ellas. ¿Dónde queda el derecho internacional en este avance de la impunidad?
La aplicación efectiva del derecho como norma requiere la coerción sobre quien la desobedece. Si no, es un precepto moral, seguido o no. Si el derecho interno se aplica en nuestro país es porque hay un Estado, con sus tribunales e instituciones que sancionan a quien lo incumple. A nivel internacional pasa lo mismo. Si una norma no dispone de fuerza para imponerse y sancionar su desobediencia, se convierte en una recomendación moral.
Desde 1945, la legitimidad para usar la fuerza en apoyo del derecho internacional reside en la estructura que el equipo del presidente Roosevelt concibió tras derrotar a los Imperios de Alemania y Japón, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero la realidad de los hechos ha ido por otro camino. Se ha intervenido militarmente, en distintos escenarios, sin que esa legitimidad opere de forma efectiva y uniforme.
Naciones Unidas ha quedado reducida a una impotencia comparable a la de la Sociedad de Naciones antes de la Segunda Guerra Mundial. En las décadas pasadas, las contradicciones entre Estados Unidos y otras potencias han conducido a la ineficacia del sistema de la ONU.
Lamentablemente, grandes medios de comunicación siembran miedo en la población para que no reaccione ante las descomunales inversiones en armamento para sostener, voluntariamente o por accidente, la escalada bélica.
¿Qué supone esto?
Es un momento extraordinariamente peligroso. Deliberadamente o por accidente, España puede ser sumergida en una nueva guerra, con el agravante de un poder destructivo sin precedente desde Hiroshima en 1945. Antes, las armas destruían temporalmente un territorio y una población delimitados. Las armas atómicas pueden contaminar durante siglos el territorio y la nube puede alcanzar a poblaciones muy alejadas del lugar de combate. Caminamos, como a ciegas, hacia ese abismo.
Lamentablemente, grandes medios de comunicación siembran miedo en la población para que no reaccione ante las grandes inversiones en armamento precisas para sostener, voluntariamente o por accidente, la escalada bélica. Lo que ocurre en Europa es un indicador de esto y lo que ocurre en el Medio Oriente y Palestina, otro. ¿Es eso de interés para los españoles?
¿Armamento para qué? Para ser usado, indudablemente. O para que pueda ser usado, voluntariamente o por accidente. Ese es, desde mi punto de vista, el mayor peligro que estamos viviendo en estos momentos. Hay que mirar a los hechos, hacer abstracción de ideologías y de definiciones políticas con significados devaluados. Destrucciones masivas, genocidios. Las categorías ideológicas al uso ayudan poco a entender y remediar hacia donde nos llevan los hechos.
Esta entrevista forma parte del podcast 'Donde callan las armas', del Centre Delàs de Estudios por la Paz, que se emite en plataformas como Ivoox y Spotify.
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