Matar, no te mataré, pero te echaré de España
Esta semana se nos fue Jack Taylor, un grande de lo que aún se llama “serie B”. No es una expresión que me agrade demasiado; en mi opinión, oculta más de lo que enseña y tiende a no definir gran cosa: en primer lugar, porque no hay subgéneros absolutos; en segundo, porque hay obras buenas, regulares y malas en cualquier forma de expresión y, en tercero, porque los tratamientos y las tramas de lo que vendría a ser —por contraposición— una serie A se han vuelto tan reiterativos y previsibles en general que, por mi parte, los considero una especie de pulp burgués. Ni la vieja y más seria diferencia de presupuesto económico, que trazaba una línea divisoria, dice nada a estas alturas. Y frente a un planteamiento comercial atascado, de tapón pasado de rosca que gira y gira sobre sí mismo sin abrir botella alguna, hasta las obras de menor calidad técnica parecen joyas si ponen algo nuevo sobre la mesa.
En circunstancias normales, este artículo sería un homenaje a aquel actor estadounidense que trabajó a las órdenes de directores como Corona Blake, Jesús Franco, Paul Naschy, John Millius y Roman Polanski y dejó dos autobiografías sin duda interesantes (Cuento lo que mi disco duro me permite y Mis 100 años de cine). Lo sería porque lo merece, y también lo sería por la importancia que tuvo para mi generación y alguna más, que crecimos viendo sus películas en un mundo ya desaparecido; en uno donde era fácil que hubiéramos visto casi todo el cine clásico al llegar a la adolescencia y, además, por poner el asunto en contexto, se fuera adicto a todo lo que proyectaban los cinestudios. Pero supongo que el domingo, cuando se publiquen las líneas que tienen ante ustedes, la prensa habrá hecho justicia a Taylor y al género que le hizo famoso, a diferencia de lo que habrá pasado con otro género y otra artista, fallecida igualmente el martes: Tania Doris, una de las pocas vedettes del antiguo Paralelo barcelonés que seguía con vida, tras la muerte hace unos meses de Merche Mar.
Hubo un tiempo en que los espectáculos de variedades ocupaban un espacio central en el paisaje cultural de nuestro país. Durante décadas, contaron con espectadores –y a veces protagonistas indirectos– de la categoría que mencioné una vez aquí mismo, como apellidos como Barga y Valle-Inclán (ver “Los pasos contados”) y, cuando los nacionales destruyeron la práctica totalidad de lo bueno que se podía destruir, siguieron siendo espacios de libertad, aunque limitados por la moral y las leyes del régimen. Se hacía lo que se podía; al principio, desde números y chistes tan blancos como el que contó la grandísima vedette que fue Mary Santpere en la entrevista que le hizo Pablo Lizcano en “Autorretrato” (TVE-1, 1985); después, tras la apertura relativa de la década de 1960, con más filo y, frecuentemente, entre apariencias como la del descubridor de Lina Morgan y Tania Doris, Matías Colsada, que ocultó su pasado republicano y se inventó o le inventaron una identidad y una biografía completas que le permitieron convertirse en uno de los principales empresarios de paredes.
Quien tenga interés en la aventura de Colsada debería echar un vistazo al capítulo que Juan Antonio Ríos Carratalá, autor de textos tan relevantes como Los consejos de guerra de Miguel Hernández, le dedica en De mentiras y franquistas. Pero, volviendo a la revista, el vodevil, el cabaret y demás, lo que acabó convirtiéndolos en una clase distinta de “serie B”, la derivada de la pérdida de influencia social, de acabar en un ámbito minoritario, no fue ni la censura ni la competencia de las salas cinematográficas; fue la comodidad del cine grabado (ahora serían las plataformas) y una serie de decisiones políticas que se demostraron nefastas, como ocurrió con el sector de Taylor tras la ley Miró, que se cargó el cine fantástico español con la fantástica excusa de hacer obras de calidad. Básicamente, lo que dice el chiste de Santpere, sobre un tipo que está disparando a los pájaros durante horas y que al final, harto de no cobrarse una pieza, pega otro tiro y suelta: “Matar, no te mataré, pero te echaré de España”.
Si no nos andamos con cuidado, llegará un día en que todas las expresiones artísticas ajenas al comercialismo audiovisual se consideren marginales y lo sean en la práctica, por falta de público o de lectores, porque una parte de la música y la literatura también sufre esa situación. Por ejemplo, es cierto que nuestras tablas no han tenido nunca tantos problemas como tienen ahora, pero lo es aún más que jamás se han leído menos obras de teatro, para vergüenza del país y desaprovechamiento de nuestra magnífica y altamente entretenida historia dramática. En un mundo donde todo tiene que ser igual, todo lo que no lo sea es “serie B”; aunque, en este caso, los monstruos de cartón piedra no pertenezcan precisamente a ella.
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