Querida casualidad
Este martes, por motivos que no vienen al caso, me puse a releer El coloquio de los perros y, al empezar la escena donde Berganza se arranca con “los cuatro enfermos que la suerte y la necesidad” habían llevado al Hospital de la Resurrección, me dio por cambiar ligeramente de rumbo y tirar del hilo de los alquimistas en la literatura. En principio, sólo quería unos cuantos comentarios al respecto, de modo que insistí con Cervantes, pasé por obras como el Guzmán de Alfarache (Mateo Alemán) y el Libro de todas las cosas y otras muchas más (Quevedo) y cerré el asunto con la lectura de unos extractos de El toque de alquimia, el tratado que Richard Stanihurst presentó a Felipe II en 1593. La casualidad no había intervenido aún; pero, en cumplimiento de una de sus costumbres, se agarró al brazo del capricho y se presentó con su también típico desparpajo.
Dicen que todos los caminos llevan a Roma, y dicen bien. Si no hubiera vuelto a pensar al día siguiente en el alquimista de los perros cervantinos, no me habría acordado de otros colegas suyos; entre otros, el que provoca la situación de El mortal inmortal de Mary W. Shelley, que tengo en una excelente antología de autoras de género fantástico (La eva fantástica). Pues bien, como sabía que estaba entre las primeras obras del texto, lo abrí calculando a ojo; y en lugar de dar con la londinense, di con otro perro, el supuesto fantasma de “El relato del oficial holandés” (Catherine Crowe), cuya última línea dice así: “Los hechos no valen de nada si no encajan en nuestras teorías”. El azar se había enganchado a la canción del engaño, a pesar de que se hubiera alejado ya de aquellos precursores de la química que empezaron trasteando con las transmutaciones de la materia y acabaron estafando a los crédulos.
En circunstancias normales, todo eso se habría quedado fuera de esta columna, por no formar parte de su objetivo. Sin embargo, llegó el día del libro, y yo seguía entre personajes literarios o sociedades enteras que se engañan, engañan a los demás, engañan por sobrevivir, engañan por vicio, etcétera. Me volví a reír un rato con El lazarillo de Tormes, genialidad feroz donde las haya. Pasé por Crimen y castigo (Dostoievski), Muerte de un viajante (Arthur Miller) y El Gran Gatsby (Scott Fitzgerald). Recalé —por la época del autor de Minnesota— en unos versos de Dorothy Parker relativos al amor y la mentira (“Recurrencia”, de Cuerda suficiente) y, entonces, el arbitrario viaje me dejó ante una gran amiga suya, la persona de la que habría escrito de todas formas este domingo: Lillian Hellman, cuya obra no está precisamente exenta de engaños personales y sociales.
Allá por 1926, después de haber escrito críticas para el New York Herald durante una temporada, Hellman se mudó a la capital francesa y empezó a publicar relatos, aprovechando que su marido de entonces (Arthur Kober) trabajaba en The Paris Comet. Eran “historias muy típicas” de determinadas escritoras, como confesaría más tarde, “de esas en las que el hombre deja el tenedor en el plato y la mujer sabe que todo ha terminado” (entrevista con John Phillips y Anne Hollander, 1964). Era consciente de que “no eran muy buenas” y, para empeorar las cosas, estaba atascada en una vida que no quería. Necesitaba una persona que le diera un empujón y que “no se dejara impresionar ni incomodar por una joven extraña y difícil” (Una mujer inacabada); una persona que apareció pocos años más tarde, por otro tipo de casualidad: Dashiell Hammett, crucial en su evolución literaria y política.
Curiosamente, Hammett no la animó a tomar el camino del teatro, el que la haría famosa; de hecho, “siempre quiso que escribiera una novela”. Lo que hizo fue algo tan diferente como ver “el mundo tal como era”, sin engañarse; algo tan sencillo como verlo sin más y, así, por el sencillo procedimiento de acompañarla, contribuyó a que ella abriera una puerta que, hasta ese momento, apenas vislumbraba “por una rendija”, como dice en su autobiografía. Todos nos influimos entre nosotros; a veces, para bien y, con frecuencia, con el amor de por medio. No es de extrañar que aquella puerta llevara a Hellman a la habitación de los grandes dramaturgos del siglo XX (yo empezaría por La calumnia, La loba y Juguetes en el ático). Sabía que la verdadera literatura entra a saco en los conflictos, por muchos problemas que eso pueda causar, y a ella se los causó.
No hace mucho, en estas mismas páginas, comenté que esta columna es deudora de creadores como Hellman, Hammett y, aunque no la mencioné entonces, Dorothy Parker, comprometidos todos con la II República española y la causa de los trabajadores y las trabajadoras (“Hacia el río”); pero me ha parecido que hablar sencillamente del juego de la literatura, con su azar, sus caprichos y hasta las extrañísimas vías por las que se puede volver a ellos —alquimia incluida—, le habría gustado más a aquella magnífica mujer de Nueva Orleans que apelar a otras cuestiones, de las que le preguntaron demasiadas veces a lo largo de su vida, obviando lo demás. Su mundo era el teatro, la palabra; y, por otra parte, da igual por qué casualidad se llegue a un autor o a una autora: lo importante es leerlo.
0