Tened cuidado
En 1948, recién empezada la guerra fría, un grupo de profesionales de las artes escénicas decidieron crear el Instituto Internacional del Teatro (IIT), con el apoyo de la UNESCO y de su primer director general. Dicho así, parece poco; pero si se añade que dicho director se llamaba Julian Huxley, hermano del autor de Un mundo feliz y, especialmente, que el principal defensor de la nueva organización era el dramaturgo británico J.B. Priestley, casi se adivinan sus objetivos fundacionales. Priestley, siempre perseguido por sus ideas socialistas –Orwell lo llegó a denunciar a los servicios secretos británicos– lo resumió de este modo al año siguiente: “Una comedia bien escrita puede hacer más que cincuenta discursos de políticos bienintencionados. Un mundo en el que se encuentra sólidamente establecido un Instituto Internacional del Teatro es un mundo mucho más seguro y civilizado que uno en el que el arte dramático está encarcelado entre altas barreras nacionales” (El Correo de la UNESCO, agosto de 1949).
Obviamente, la apuesta del IIT por la comprensión mutua y la paz mundial no fue bien recibida en Washington. Estados Unidos se ha retirado varias veces de la UNESCO a lo largo de su Historia; y todas ellas, con independencia de la excusa que se pusiera, por lo que el autor de La visita del inspector, El tiempo y los Conway y Yo estuve aquí una vez había denunciado en 1947: su pretensión de “imponer su cultura al mundo mediante el uso de todos los medios técnicos a su alcance” (New York Times, 14 de noviembre). Sin embargo, el IIT sobrevivió y, tras fundar el Teatro de las Naciones en París, rompiendo el bloqueo que sufrían el Berliner Ensemble, el Teatro del Arte de Moscú y la ópera de Pekín, dio un paso más e instauró el Día Internacional del Teatro, que se celebra cada 27 de marzo desde 1961 y que siempre cuenta con un mensaje de una figura relevante del sector. Búsquenlos, si tienen tiempo; en mi opinión, leer a gentes como Jean Cocteau, Arthur Miller, Miguel Ángel Asturias, Peter Brook, Antonio Gala y Darío Fo no está nunca de más.
Cuando se publique este artículo, ya habrán pasado unos días desde la distribución del mensaje de este año, cuyo responsable es un actor impresionante, Willem Dafoe. En él, afirma un par de cosas que también se mencionaron esta semana en el Teatro de la Comedia de Madrid, durante la 39ª edición de los premios de la Asociación de Directores y Directoras de Escena de España (ADE); al fin y al cabo, las palabras tienden a converger —por muy distintas que sean— cuando coinciden las preocupaciones, los afectos, el compromiso, la necesidad. “Hay que estar ciego para no reconocer que el contacto humano corre el riesgo de ser remplazado por relaciones con dispositivos —dice Dafoe, refiriéndose en parte a la IA—. Aunque cierta tecnología nos pueda ser de utilidad, el problema de no saber quién está en el otro extremo del círculo de comunicación es grave, y contribuye a una crisis de verdad y realidad”. Una crisis que justifica otra afirmación del actor de Wisconsin: “Socialmente, políticamente, el teatro nunca ha sido tan importante y vital para la comprensión del mundo y de nosotros mismos”.
Ahora bien, ¿qué teatro? La pregunta tiene la suficiente relevancia como para que Dafoe puntualice que los creadores se enfrentan hoy a un desafío, el de “impedir la corrupción del teatro entendido exclusivamente como una empresa comercial de distracción” o “como seco conservador institucional de tradiciones”. Se trata de conectar “personas, comunidades y culturas” y, “por encima de todo, de cuestionarnos hacia dónde vamos”, algo imposible si se encubren los conflictos, empezando por la creciente precariedad. A veces se olvida que lo primero que necesita el teatro son medios; las obras cuestan dinero, y la combinación de entrega, talento y sacrificio ya no basta para salir adelante en países cuya política cultural consiste en regatear las migajas a los creadores —cuando hay migajas— y dejar el resto al mercado. Si no se quiere que el arte acabe en capricho de unos cuantos privilegiados, hay que afrontar el problema con urgencia, y eso implica lo que pidió Ángel Fernández Montesinos, presidente de honor de la ADE, en la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico: plantar cara y plantarla en serio.
En el acto de Madrid, sobre el que sobrevoló la máxima de que “si el teatro fuera un verbo, éste sería recordar” (Anne Bogart, La preparación del director), se oyeron muchas voces dignas de oírse; y casi todas las personas que subieron al escenario se refirieron de uno u otro modo a la difícil situación del sector, pero sin apartarse un milímetro del contexto político, sin dejar de enfrentarse a “tanta guerra y tanta chulería, a tanto delincuente que ensucia con sus palabras la verdad”, como declaró Emilio Gutiérrez Caba tras recibir el premio Juan Antonio Hormigón por toda una vida dedicada a la escena. Y en determinado momento, gracias a la dirección de Aitana Galán —que estuvo a cargo de la gala— y al gran trabajo de Nuria Gallardo y Críspulo Cabezas, Bertolt Brecht volvió a gritar irónicamente desde su “Canción de los poetas líricos” (Poemas y canciones): “¡Tened cuidado! ¡No podéis prescindir de nosotros!”. Porque el poder puede, sin duda; pero la humanidad, no.
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