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Windhoek

Albert Camus.
2 de mayo de 2026 21:53 h

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En 1991, durante la vigesimosexta sesión de la Conferencia General de la UNESCO, se tomó una decisión de las que suelen perder valor con el tiempo; en este caso, por las complejidades del ámbito del que se discutía —enseguida veremos por qué— y por un hecho relativamente sencillo de entender: que no hay ni puede haber palabras que aseguren cierto tipo de cosas. Piensen en las constituciones políticas, por ejemplo. Es obvio que, por mucho que la norma fundamental de un Estado asegure una serie de derechos, son las leyes inferiores las que determinan su cumplimiento y hasta su anulación, como ocurre con el derecho a la vivienda en nuestro país (artículo 47). Y da igual que exista o no un “principio de jerarquía normativa” (artículo 9) que intente aclarar qué ley es la prioritaria. Al final, el conde de Romanones tiene razón con la conocidísima frase que se le atribuye: “Hagan ustedes las leyes, que yo haré los reglamentos”. Aunque la forma normal sea la contraria, es decir, no hacerlos.

El caso de la vivienda es un caso de falta de voluntad, más que otra cosa; se incumple esencialmente porque ningún Gobierno lo ha querido desarrollar en la práctica; pero hay cuestiones de trasfondo mucho más enrevesado, como el que está detrás de aquella reunión del organismo de Naciones Unidas: la decisión de celebrar cada 3 de mayo el aniversario de la Declaración de Windhoek, conocido desde entonces como Día Internacional de la Libertad de Prensa. ¿Quién está en contra, en principio, de una declaración de generalidades con buena intención? En general, ningún gobernante mínimamente democrático pone por escrito que esté bien que la gente pase hambre o no tenga dónde caerse muerta y, por el mismo motivo, tampoco suele decir —no en estos términos— que la libertad de expresión o de creación sean males a extirpar. No lo necesita. Basta con dejar las cosas a la fuerza de los hechos consumados, que desde luego es, siempre, los intereses políticos y económicos del sistema que corresponda.

Los firmantes de aquella declaración empezaban diciendo que “el establecimiento, mantenimiento y fortalecimiento de una prensa independiente, pluralista y libre son” condición sine qua non de la democracia. Añadían, muy razonablemente, que por “prensa independiente debe entenderse una prensa sobre la cual los poderes públicos no ejerzan ni dominio político o económico” ni control sobre materiales, infraestructura, difusión, etcétera; y puntualizaban que había que eliminar los “monopolios de toda clase” y asegurar no ya el “mayor número posible” de publicaciones, sino con “la más amplia gama de opiniones dentro de la comunidad”, algo sin duda más relevante. Grandes palabras, dirán ustedes, y es verdad; tenían y tienen pies de barro, como todas las grandes palabras, lo cual no quiere decir que no sean correctas. Especialmente, porque en Windhoek no intentaron ocultar lo esencial: la financiación, de la que se habla bastante en títulos como el 10, el 11 y el 16 del texto. Sin dinero, no puede haber más prensa que la que no tenga ánimo de lucro. Sin dinero, no se llega a mayorías sociales.

Hubo una época en que se hacían cosas en otros ámbitos. Yo mismo formé parte del movimiento de las radios comunitarias en la década de 1980 y, más tarde, cuando Internet estaba naciendo, en un puñado de publicaciones libres que hacíamos lo que podíamos —bien o mal es cuestión aparte— por romper el discurso de los monopolios sistémicos. Más que “informar”, algunos pretendíamos dar herramientas para que se entendiera dónde empieza la manipulación y qué se puede hacer para no dejarse controlar por ella; pero, por encima de todo, intentábamos cumplir con la declaración de Windhoek en lo tocante a dar voz suficiente a los conflictos a los que no se da voz real. En el ejemplo propuesto antes, el de la vivienda, cualquiera puede ver que ocupa un espacio marginal en la prensa, aunque nos afecte gravísimamente a millones de personas. No es noticia habitual porque no se quiere que sea noticia habitual. Y si les parece que eso es malo, piensen que hay algo notablemente peor: lo que ocupa el espacio del gran creador de relatos que son los grandes medios cuando se esfuerza por tapar lo que es inconveniente para el poder.

En una fantástica obra de Mark Twain llamada Europe and elsewhere, de la que se ha hablado últimamente por la publicación en España de un artículo que aparece en ella (“Los Estados Unidos del linchamiento”), el autor de la Florida de Misuri afirma esto sobre la prensa alemana, refiriéndose a una epidemia de cólera en Hamburgo: “Cuando llegue el Día del Juicio Final, mencionará la destrucción del mundo en un párrafo de tres líneas, se dará la vuelta y se volverá a dormir”. El problema, que Twain conocía de sobra, está en que lo que suelen hacer los periódicos —o las televisiones, canales y demás— no es dormirse, sino ocultar la verdad tras un montón de ruido, y así se acaba linchando a media población, porque alguien tiene que pagar el pato de lo que no funciona. Chesterton estaba en lo cierto al afirmar en Ortodoxia que, en última instancia, los medios son “por la naturaleza del asunto, los juguetes de unos pocos hombres ricos”. Y no, el mal no está en las redes sociales o Internet, los últimos en llegar al juego de las noticias falsas; está desde el principio del periodismo, con independencia de en qué formato se exprese.

“La democracia depende de garantizar el derecho a la libertad de expresión”, se lee en el último informe de la UNESCO sobre estas cuestiones (Journalism: Shaping a World at Peace), y es altamente improbable que se pueda garantizar eso cuando casi todos los medios de nuestros países están en manos de un puñado de grandes grupos cuyo objetivo no es precisamente el bien común. Pero, como escribió Albert Camus en 1939, en una columna que originalmente se iba a publicar en Le Soir Républicaine (“El periodismo libre”), todavía hay quien “sirve a la verdad en la medida humana de sus fuerzas”, una medida que por lo menos permite “rechazar lo que ninguna fuerza en el mundo podría hacerle aceptar: servir a la mentira”. Ténganlo en cuenta cuando se enfaden, como yo mismo, con tantas barbaridades como se leen, ven y oyen por ahí. Digan lo que digan, no somos todos iguales.

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