Jalifa Hafter, el exagente de la CIA que es el rey sin trono de Libia
En julio de 2025, cuatro representantes europeos del más alto nivel aterrizaron en el este de Libia para una reunión urgente. Uno era el ministro de Interior de Italia, que en los últimos seis meses había registrado un aumento en la llegada de migrantes. De Grecia venía el responsable de inmigración, consternado tras el arribo a Creta de 2.000 personas en solo una semana. Y de Malta, el ministro de Interior, temeroso de que a su isla le tocara después. Completaba la comitiva el comisario de Migración de la Unión Europea (UE), con el encargo de reflotar un acuerdo de cientos de millones de euros que, evidentemente, no estaba logrando detener a los barcos.
Libia es el lugar donde convergen las crisis. Con 1.770 kilómetros de longitud, su costa es la más larga del Mediterráneo africano y el principal punto de partida de los migrantes que viajan al norte. Sucesivas guerras civiles han desangrado al país desde el derrocamiento en 2011 de Muamar el Gadafi, con Rusia, Turquía, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos armando a las facciones rivales.
La contienda ya no se limita a las fronteras de Libia. Tanto Rusia como los Emiratos Árabes Unidos están enviando armas y combatientes desde sus bases militares del sur de Libia a la guerra civil de Sudán, forzando el desplazamiento de otros cientos de miles de refugiados que también viajarán hacia el norte, hacia la costa mediterránea de Libia.
Quien controla Libia ejerce poder sobre Europa. Pero la crisis política de Libia es tan compleja que confunde incluso a las autoridades europeas más experimentadas. El país está dividido entre dos gobiernos, uno en el oeste y otro en el este, y ninguno de los dos es un gobierno de verdad.
Ni Trípoli ni Bengasi
El gobierno de Unidad Nacional de Trípoli, formado en 2021 para supervisar unas elecciones que nunca se celebraron, es el reconocido por Naciones Unidas (ONU) y la UE. En respuesta, y aunque ningún país lo haya reconocido oficialmente, la Cámara de Representantes (el parlamento libio, elegido en 2014) nombró en 2022 a un gobierno rival en la ciudad oriental de Bengasi.
Ambas administraciones, la del este y la del oeste, reclaman su autoridad sobre todo el territorio nacional, pero ninguna de las dos controla el petróleo, las bases militares, ni las rutas migratorias que hacen a Libia tan importante para Europa. Solo un hombre lo hace. Su nombre es Jalifa Hafter.
Hafter tiene 82 años y es el comandante general del Ejército Nacional Libio, una coalición de milicias reunidas en 2014 y ratificadas después por el parlamento oriental. Pero el título oficial no hace justicia a la extensión de su poder. Sus fuerzas controlan los yacimientos petroleros y las terminales de exportación del centro de Libia. Sus unidades costeras vigilan la costa oriental y controlan las rutas del contrabando que alimenta la crisis migratoria de Europa. Sus bases militares acogen a los ejércitos extranjeros que espolean la guerra de Sudán. Hafter controla todo lo que importa a los europeos preocupados por la inmigración, la inseguridad energética, y la estabilidad regional.
Los miembros de la delegación europea habían acudido a Bengasi con la esperanza de ser recibidos por Hafter en privado. Al llegar, se enteraron de que él imponía una nueva condición: antes de verse tenían que celebrar un encuentro público y frente a las cámaras con los ministros de la administración oriental a la que Hafter dice servir.
El problema era que Europa no reconocía oficialmente a ese gobierno. Si reunirse con sus ministros legitimaba al gobierno oriental, negarse a hacerlo significaba perder el acceso a Hafter. Los europeos dijeron no y se les denegó la entrada. La delegación nunca pasó de la sala del aeropuerto, una humillación que dejaba al descubierto la ficción central de Libia: para llegar al hombre más poderoso del país, hay que fingir que no es el hombre más poderoso del país.
La parábola que nadie quiere leer
En 2011, las potencias extranjeras intervinieron para derrocar a Gadafi y esto es lo que lograron. Ahora caen bombas sobre Irán y los responsables de esta nueva intervención prometen que la fuerza traerá la libertad, pero ahí está Libia como la parábola que nadie quiere leer. Todas las intervenciones hacen la misma promesa: derrocar al dictador para que el pueblo sea libre. Libia es lo que ocurre cuando se derriba al dictador y se olvida al pueblo.
Durante más de una década, mientras los políticos libios se disputaban el reconocimiento diplomático, Hafter intervenía en la realidad sobre el terreno, acumulando el petróleo, el territorio y los apoyos extranjeros que representan el poder real. Afirma ser un servidor del gobierno oriental libio, pero ese gobierno es una administración cuyos ministros deben ser aprobados por Hafter, cuyo parlamento es protegido por los soldados de Hafter, y cuyas leyes solo se aplican cuando Hafter así lo permite.
Las potencias extranjeras mantienen la farsa tanto como Hafter. Pueden sostener que apoyan la soberanía de Libia mientras respaldan al hombre que la está minando
En el lado occidental, el gobierno rival de Trípoli también sobrevive gracias a los ingresos de un petróleo que depende de infraestructuras en el territorio de Hafter y que el comandante puede cerrar a su antojo. Oficialmente, los dos gobiernos son los responsables de todo, pero en lo esencial ninguno tiene poder de verdad. Así es el sistema de Hafter: controlar todo lo relevante, no responder por nada, y obligar a todos a fingir que así no es como funcionan las cosas.
Desde el exterior, el sistema cuenta con el respaldo de potencias extranjeras mientras que desde dentro se mantiene gracias a este silencio impuesto. Tanto Egipto, como Rusia y los Emiratos Árabes Unidos reconocen oficialmente al gobierno de Trípoli, aunque en los hechos a quien apoyan es a Hafter. Emiratos financia sus operaciones y proporciona las armas que le permiten imponerse. Egipto le ofrece información obtenida por sus servicios de espionaje y el uso de una base militar dentro de su territorio. Rusia suministra mercenarios para proteger sus campos petroleros y luchar en sus guerras.
En mayo de 2025, Vladímir Putin recibió en el Kremlin a Hafter y le ofreció protección diplomática en el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin estos patrocinadores, el sistema de Hafter se derrumbaría. Con ellos, es intocable. “Las potencias extranjeras mantienen la farsa tanto como Hafter”, explica Tarek Megerisi, investigador principal en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. “Pueden sostener que apoyan la soberanía de Libia mientras respaldan al hombre que la está minando”.
Impunidad total
En el este de Libia, nadie se llama a engaño. Desde las vallas publicitarias y desde las oficinas de gobierno de Bengasi, el retrato de Hafter vigila. En mayo de 2025, el gobierno oriental le puso su nombre a una nueva ciudad. Sus hijos dirigen unidades militares, supervisan contratos de reconstrucción, y organizan como los herederos que son reuniones en el extranjero.
Pero decir la verdad que todo el mundo sabe es peligroso en el este de Libia, donde la vigilancia es total. “La gente cree que el poder de Hafter no tiene límite”, opina Hanan Salah, subdirectora en Human Rights Watch para el norte de África y Oriente Medio. “Sus hombres pueden llevarse a una persona de su casa, tanto si es un ciudadano como un parlamentario, y hacerla desaparecer; controla los tribunales, controla las investigaciones, y actúa con impunidad total porque la comunidad internacional ha optado por el apaciguamiento antes que por hacerle rendir cuentas”.
Todo el mundo puede ver la realidad, pero nadie se atreve a nombrarla. Hafter es el gran impostor de Libia. Como me dijo el exenviado especial de Estados Unidos, Jonathan Winer, Hafter se ve a sí mismo como “el mesías de [la novela] Dune, una figura mesiánica salida del desierto que controla el destino de las naciones mientras finge ser un instrumento del pueblo”.
Hafter pasó 50 años estudiando de cerca el funcionamiento del poder. Junto a Gadafi, mientras el dictador gobernaba a través de comités y consejos sin ningún título para él. En un campo de prisioneros de Chad, donde se hizo indispensable para sus captores tanto como para los cautivos. Como agente de la CIA en Virginia, donde luego puso a la CIA contra el régimen de Gadafi. Y también como comandante fracasado de una revolución donde todos lo rechazaron hasta que los sobrevivió a todos.
Cada experiencia le ha enseñado la misma verdad: el poder no requiere un trono. Él gobierna justo ahí: en el espacio que se forma entre lo que todos saben y lo que nadie puede decir.
La traición inicial
La vida política de Hafter comienza con una traición. El 1 de septiembre de 1969, Hafter tenía 25 años y se había alineado con Muamar el Gadafi como uno de los suboficiales que derrocaron al rey Idris de Libia, afín a las naciones occidentales. Después de eso vinieron los años de ascenso dentro de las filas del Estado revolucionario, hasta convertirse en uno de los comandantes militares en los que más confiaba Gadafi.
En 1986 Gadafi lo ascendió a coronel y lo mandó al vecino Chad para comandar a las fuerzas libias. Las dos naciones llevaban casi diez años librando una guerra que se había convertido en una lucha por el control de las rutas de contrabando y las redes armadas del Sahel, una zona estratégica para Libia, Níger y Sudán. Gadafi quería asegurar la frontera y Hafter era el coronel elegido para lograrlo.
El nombramiento terminó en desastre. En marzo de 1987, el ejército de Hafter en la remota base aérea de Ouadi Doum fue derrotado por las fuerzas chadianas, respaldadas por la fuerza aérea francesa y estadounidense. Cientos de soldados libios murieron. Hafter y más de 1.000 hombres a sus órdenes fueron llevados a un complejo penitenciario en las afueras de Yamena, la capital.
Gadafi, que siempre negó la presencia militar libia en Chad, no reconoció la humillación de Ouadi Doum. Tras la derrota, si algún funcionario mencionaba el nombre de Hafter, Gadafi respondía con una burla: “¿Tenemos a alguien en el ejército con ese nombre? Es posible que te estés refiriendo a un pastor del desierto llamado Hfaytar”. Con una sola frase traicionaba así las casi dos décadas de lealtad de Hafter.
Para la mayoría de los prisioneros de guerra, la historia habría terminado en el campo de prisioneros de Chad. Para Hafter, aquella fue solo la siguiente etapa en su aprendizaje sobre el funcionamiento del poder.
El orgullo herido
La Administración Reagan quería acabar con Gadafi, líder de un estado que desde la perspectiva estadounidense se había alineado con la Unión Soviética. Tras estudiar los acontecimientos sobre el terreno, la CIA vio en Hafter a un comandante entrenado, con mil soldados resentidos y un resentimiento que la agencia podría usar en beneficio propio.
En la primavera de 1987, agentes de los servicios estadounidenses de espionaje se infiltraron en el campo de prisioneros junto a un grupo de inspectores humanitarios. Llevaban comida, medicinas, y grabaciones de los discursos de Gadafi que reprodujeron ante los prisioneros con el objetivo de enfrentarlos al líder que negaba su existencia y se burlaba de ellos. La estratagema funcionó. “Los estadounidenses plantaron la semilla”, explica un antiguo miembro de la oposición libia afincado en Chad. “Pero lo que la hizo germinar fue el orgullo herido de Hafter”.
Había contribuido al sistema de Gadafi y ahora quería ser un aliado; no sabíamos donde situarlo, pero vimos una oportunidad para hacerle daño al régimen
Los estadounidenses comenzaron a visitar a Hafter con regularidad. En ocasiones, se le permitía salir del campo de prisioneros para reunirse con Hissène Habré, el dictador que entonces gobernaba Chad. Según antiguos detenidos y figuras de la oposición, Hafter se hizo en seguida con el control de la distribución de alimentos, medicinas y comunicaciones dentro del campo, imponiendo la disciplina entre los prisioneros. Para sobrevivir había que obedecer a Hafter.
En agosto de 1987, Habré comunicó al líder del movimiento opositor libio más relevante en el exilio que Hafter y el resto de prisioneros querían unir sus fuerzas a las de ellos. “Fue una sorpresa”, recordó Mukhtar Murtadi, entonces miembro destacado del Frente Nacional para la Salvación de Libia (FNSL). “Había contribuido al sistema de Gadafi y ahora quería ser un aliado; no sabíamos donde situarlo, pero vimos una oportunidad para hacerle daño al régimen”.
Cuando Murtadi visitó a Hafter poco después en Chad asistió a un espectáculo perturbador. El complejo penitenciario era una ventana al horror: barracones abarrotados con 50 o 60 reclusos por celda; hombres consumidos por el hambre y por el calor; con el hedor de las aguas residuales y las enfermedades. Y en el centro, ajeno a todo, una pequeña villa con porche, cocina y agua corriente. Allí vivía Hafter, que para la reunión apareció duchado, la barba recién recortada, y vestido con un caftán blanco impecable. “No parecía un prisionero”, dijo Murtadi. “Parecía un invitado”.
Su propio ejército
En junio de 1988, Hafter anunció que iba a crear el brazo armado del FNSL, un ejército sin territorio ni Estado al que bautizó Ejército Nacional Libio (el nombre lo recuperaría décadas después). El prisionero desechado volvía a ser comandante y daba a la CIA el pretexto de un ejército al que reconocer y apoyar. En campamentos a las afueras de Yamena, la CIA se puso a entrenar a Hafter y a sus hombres en la guerra de guerrillas. Los Contras de Libia, los llamaban en Washington.
“[Hafter] tenía una presencia que dominaba el espacio”, recuerda un antiguo miembro del FNSL que se entrenó con él. “Alto, de hombros anchos, rígido; incluso en una tienda de campaña polvorienta, te hacía sentir que estaba al mando”.
El acuerdo se rompió en diciembre de 1990, cuando un general chadiano respaldado por Gadafi derrocó repentinamente a Habré y los estadounidenses se apresuraron a sacar a su gente del país. “Subimos a 300 hombres de Hafter sin equipaje a un C-130. Aplaudimos cuando el avión despegaba”, me contó un exagente de la CIA que en ese entonces trabajaba en la oficina de Libia. En los seis meses siguientes, Hafter y sus hombres fueron trasladados por África de capital a capital. Gadafi quería capturarlos y los gobiernos del continente trataban de decidirse entre la presión de Estados Unidos y las amenazas de Libia.
Para Gadafi, la amenaza de un ejército que reclutaba a desertores anunciándose en Libia, entrenado por la CIA y liderado por su antiguo coronel, se convirtió en una obsesión. Su paranoia creció y comenzó a enviar escuadrones de la muerte por Europa y el mundo árabe para dar caza a figuras de la oposición. “Perros callejeros”, los llamaba.
Dentro de Libia, un rumor o una broma bastaban para que la gente desapareciera. De los más de 1.000 soldados libios capturados en Chad, a Estados Unidos solo llegaron unos 300 en mayo de 1991. El resto se dispersó o regresó a Libia. Muchos no han vuelto a ser vistos.
“Sobrevivir en Trípoli significaba fingir”
Mi padre, uno de los físicos más distinguidos de Libia, abandonó Trípoli en los años setenta para completar en Inglaterra su doctorado. En las universidades que había dejado atrás, las puertas del campus aparecían con estudiantes ahorcados por sus ideas políticas. Eso lo marcó, y decirlo hizo que se ganara enemigos dentro del régimen. Desde la ciudad de York donde me crié en el norte de Inglaterra, me iba todo los veranos de los años noventa a pasar las vacaciones con mi madre en Trípoli. Mi padre se quedaba en Inglaterra. Regresar era demasiado peligroso para él.
Sobrevivir en Trípoli significaba fingir. Si desaparecía un pariente, mi tía decía a los vecinos que se había marchado de vacaciones. Una medianoche la encontré llorando sola en la cocina. Las manos sobre la boca para que nadie la escuchara. Recuerdo una cena en la que mi primo me dio una patada debajo de la mesa porque mencioné el nombre de Hussein, el amigo desaparecido de mi padre. Aprendí a fingir que no existía.
A finales de 1995, mi madre salió de nuestra casa en Inglaterra y voló a Trípoli por el funeral de su hermano. Pasaron semanas y luego meses. La habían detenido en el aeropuerto
Mientras estábamos en la casa de mi tío en Trípoli, un Peugeot con cristales tintados aparcaba enfrente todas las mañanas. Allí seguía cuando empezaban a encenderse las farolas. Nosotros fingíamos no ver a los hombres dentro, y ellos fingían no mirarnos.
A finales de 1995, mi madre salió de nuestra casa en Inglaterra y voló a Trípoli por el funeral de su hermano. Pasaron semanas y luego meses. Supimos que la habían detenido en el aeropuerto de Trípoli. Los agentes de los servicios de espionaje le habían ordenado que dijera a mi padre que fuera a Libia, que solo querían hablar con él. A través de un amigo de la familia, mi madre envió el mensaje contrario: no es seguro, no vengas, cuida de los niños. Se estaba despidiendo. No sabía si volvería a vernos.
La mantuvieron bajo arresto domiciliario hasta mediados de 1996, cuando un familiar sobornó a un alto mando del ejército para que le devolviera el pasaporte. Le daban unas horas para marcharse. Cruzó la frontera terrestre hacia Túnez y voló a casa. Nos encontramos en el aeropuerto. Nunca la había visto tan delgada. Me abrazó durante mucho tiempo y luego me preguntó qué quería para cenar. Hablamos de todo, pero no hablamos de dónde había estado.
Hafter construiría su propio sistema sobre esos mismos cimientos. Desapariciones, silencio, y la ficción de que nada pasaba.
Hafter en Estados Unidos
Mientras los libios de todo el oeste se enfrentaban a esos temores, Hafter se construía una nueva vida en Estados Unidos. En el verano de 1991 residía en un apartamento de la residencia Skyline House, en Falls Church (Virginia). No muy lejos de la sede de la CIA en Langley. Nunca llegó a adaptarse por completo a la vida estadounidense, desplazándose en coche a los encuentros en Langley y a las reuniones comunitarias, donde parecía retraído y socialmente torpe.
Salah Elbakkoush, un disidente libio que vivía en el mismo edificio, me relató una escena en el apartamento de Hafter que describe bien sus años estadounidenses. Un antiguo prisionero de guerra libio les servía el té en silencio y con la cabeza gacha, tal y como lo había hecho en el campo de prisioneros de Chad. “Estábamos en la periferia residencial de Virginia y este hombre destrozado nos servía como si nada hubiera cambiado”, me contó Bakoush. “Eso me lo dijo todo sobre Hafter: no estaba construyendo una vida nueva, estaba recreando la anterior”.
La CIA había reasentado a Hafter, pero el acuerdo incluía lo que esperaban de él. “Washington estaba lleno de disidentes inútiles”, me dijo el exagente de la CIA. “La agencia quería más: información útil de dentro del país; la contrapartida era sencilla, ‘estamos encantados de reubicarte pero necesitamos información útil de tus redes; de lo contrario, solo eres una carga’”.
Hafter estaba jugando a dos bandas. A los estadounidenses les decía que se veía con figuras del régimen para recabar información, y a la gente de Gadafi les ofrecía el nombre de todos los oficiales que se habían comprometido a traicionar al régimen
En 1992, la CIA y el FNSL comenzaron a planear un golpe de Estado en Libia. A Hafter le encomendaron la tarea de reclutar a oficiales del régimen dispuestos a desertar. Estuvo viajando durante más de un año a Zúrich para encontrarse con oficiales libios dispuestos a arriesgarlo todo con tal de derrocar a Gadafi. Según se supo luego, en esos mismos viajes Hafter también aprovechaba para reunirse en secreto con un alto cargo del régimen libio Ahmad Gaddaf al-Dam, primo de Gadafi.
Hafter estaba jugando a dos bandas, según el testimonio de dos personas que en ese momento eran sus colaboradores estrechos: Mukhtar Murtadi y el entonces líder del FNSL, Mohamed Megareyef. A los estadounidenses y al FNSL les decía que se veía con figuras del régimen para recabar información, una parte esencial de los preparativos para el golpe. Y a la gente de Gadafi les ofrecía algo más valioso: el nombre de todos los oficiales que se habían comprometido a traicionar al régimen.
En octubre de 1993 se lanzó el golpe dentro de Libia. Falló en cuestión de horas y el régimen arrestó a cientos de conspiradores. La mayoría fueron ejecutados.
Una villa en El Cairo
Es posible que nunca se sepa toda la verdad, pero lo que ocurrió después es muy revelador. En 1995 Hafter recibió en El Cairo una villa que le regalaba personalmente Gadafi, algo que el propio Hafter admitió abiertamente décadas después.
Ese mismo año de 1995, Hafter rompió con el FNSL para fundar una organización rival: el Movimiento Libio por el Cambio y la Reforma. Una escisión que resultó fatal para la oposición, con las luchas internas acabando con lo que quedaba del FNSL. Gadafi quería dividir a los exiliados y justo eso era lo que había sucedido.
El exagente de la CIA con el que hablé no fue claro a la hora de confirmar cómo había terminado la relación de la agencia con Hafter, si es que había terminado. De lo que no hay duda es de que a mediados de los noventa los servicios estadounidenses de espionaje lo consideraban un activo poco fiable heredado de la Guerra Fría cuando no había ninguna guerra que librar.
Los vínculos con Gadafi perduraron. Aunque Hafter no estaba en su villa de El Cairo cuando Gadafi fue allí en 2005, en una grabación filtrada de aquella visita se escucha al líder libio decirle a su hijo mayor que Hafter era como un hermano para él.
La revolución
En 2011, Hafter llevaba dos décadas viviendo en Virginia. La CIA lo había abandonado hacía tiempo pero él conservaba la ciudadanía estadounidense. El resentimiento, también. Vio por televisión la revolución libia cuando estalló en febrero de ese año. “No apartaba los ojos de la pantalla”, recuerda un disidente libio que se reunió con él entonces.
Aly Abuzaakouk, un destacado disidente que luego fue parlamentario, lo llevó a principios de marzo al aeropuerto de Dulles para que cogiera un avión a Bengasi. Abuzaakouk lo conocía desde hacía más de 20 años. “Nos abrazamos”, cuenta Abuzakook. “Pero el hombre que llegó a Libia era diferente al que yo dejé allí; yo creía que iba a unirse a la revolución, pero iba a hacerse con el control”.
Hafter aterrizó en Bengasi el 15 de marzo de 2011. Llegaba tarde a una revolución que no lo necesitaba. Gadafi aún controlaba el oeste y Trípoli. En el este, los revolucionarios habían formado un consejo de transición: una coalición informal integrada por desertores, abogados y académicos decididos a reemplazar al régimen militar por un gobierno civil. En el terreno, el poder lo tenían los manifestantes que habían levantado brigadas armadas y pagado con su sangre. Desconfiaban de los militares de carrera, de las personas con vínculos extranjeros, y de los funcionarios con algún tipo de pasado en el antiguo régimen. Las tres condiciones se daban en Hafter.
En cuestión de días, los hijos de Hafter comenzaron a acercar a los comandantes de brigada el deseo de su padre de “proteger a la revolución”. Una semana después, y sin consultar a los líderes políticos, el portavoz militar del consejo presentó a Hafter como su nuevo comandante. “Yo controlo a todo el mundo”, dijo en abril Hafter al periódico The New York Times. “A los rebeldes y a las fuerzas del ejército regular”, añadió. Era pura fanfarronería. En aquel momento, Hafter no controlaba a nadie.
La guerra siguió avanzando sin él. A finales de marzo comenzó la campaña de bombardeos de la OTAN, respaldada por Estados Unidos y liderada por Francia y Gran Bretaña, contra las fuerzas de Gadafi. En agosto los rebeldes tomaron Trípoli y en octubre Gadafi fue capturado y ejecutado. En julio de 2012 los libios volvieron a las urnas por primera vez desde 1969, eligiendo como presidente del parlamento a Mohamed Megareyef, antiguo jefe de Hafter en el exilio.
Hafter se retiró a una granja al sur de Trípoli. Igual que en Chad, parecía acabado. Pero el fracaso le había enseñado paciencia. “Lo que le movía no era solo la ideología, como a Gadafi, ni siquiera el poder puro y duro”, explica Mohamed Buisier, asesor político de Hafter entre 2014 y 2016, cuando rompió con él. “Era algo más personal que eso, quería saber que su nombre sería recordado en la historia de Libia; no como el comandante derrotado de Chad, sino como el hombre que salvó a Libia”.
Operación Dignidad
Lo que siguió fue el derrumbe del orden que había rechazado a Hafter. Las brigadas revolucionarias del oeste se convirtieron en milicias, dividiendo a Trípoli en feudos armados. En el este fueron asesinados jueces, activistas y oficiales militares. Con grupos armados operando abiertamente bajo la bandera yihadista, el término “islamista” se convirtió en una acusación tan común que perdió todo significado. Era una forma de señalar al enemigo, tanto si era un yihadista de verdad como si no.
Mientras tanto, el estado de ánimo en la región había empezado a cambiar. En julio de 2013, el gobierno de los Hermanos Musulmanes en El Cairo era derrocado por el ejército egipcio con el apoyo de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Se empezaba a imponer una nueva forma de entender la región: los islamistas eran la enfermedad y los generales, su cura.
Hafter vio su oportunidad. En febrero de 2014, y tras un golpe de Estado fracasado (no consiguió que ninguna tropa se uniera a su causa), se vio obligado a huir a Bengasi con una orden de arresto contra él. Desde allí comenzó a construir una base de poder real que le permitiera conseguir lo que quería.
Con el apoyo de los bombardeos egipcios y emiratíes, las fuerzas de Hafter sumieron al país en una guerra civil. Todos los que se oponían a Hafter fueron tachados de islamistas
Como en el campo de prisioneros de Chad, Hafter vio en Bengasi un lugar lleno de hombres abandonados, humillados y excluidos. Antiguos oficiales del régimen alejados del poder. Grupos armados que habían luchado contra Gadafi y ahora estaban marginados. Hafter comprendió que solo tenía que encontrar una causa que los uniera.
El 16 de mayo de 2014, Hafter lanzó la Operación Dignidad, declarando la “guerra contra el terrorismo” de los islamistas y reviviendo al Ejército Nacional Libio, el nombre que había utilizado por primera vez en 1988. Si en Chad el nombre había servido como un pretexto a la CIA, para tener una ficción a la que apoyar, ahora le daba esa misma cobertura a Egipto y a los Emiratos Árabes Unidos. No estaban respaldando a un señor de la guerra con sus milicias, sino a un ejército que luchaba contra el terrorismo.
Con el apoyo de los bombardeos egipcios y emiratíes, las fuerzas de Hafter fueron ese mismo día contra las facciones yihadistas y las brigadas revolucionarias de Trípoli y Bengasi, sumiendo al país en una guerra civil. Todos los que se oponían a Hafter fueron tachados de islamistas.
La división
Las divisiones se profundizaron semanas más tarde, con las segundas elecciones parlamentarias del país. El nuevo parlamento se constituyó en el este, mientras que el antiguo, en Trípoli, se negó a disolverse. A finales de año, el país tenía dos gobiernos, dos parlamentos, dos pretensiones de legalidad y ningún mecanismo para sustituirlos o hacer que llegaran a un acuerdo. Una división que en gran medida sigue vigente hoy.
A principios de 2015, Aguila Saleh, jefe del parlamento oriental, aprovechó el pretexto de los atentados del Estado Islámico para nombrar jefe del ejército a Hafter. Sobre el papel, Hafter respondía ante Saleh, pero la realidad era que los miembros del parlamento se reunían en un territorio controlado por sus fuerzas. Los políticos que no estuvieron de acuerdo huyeron o desaparecieron.
El parlamento oriental proporcionó a las milicias de Hafter lo que la FNSL le había proporcionado en Chad: una cobertura legal. Cuando la ONU negoció un gobierno de unidad en diciembre de ese año, lo hizo degradando al parlamento occidental y exigiendo que hubiera un voto de confianza en el de Saleh. Su parlamento se negó y nombró a un gobierno rival. La ONU no había unificado Libia. Le había dado a Hafter poder de veto.
La revolución había intentado construir algo sin Hafter y había fracasado. Ahora él tenía lo que necesitaba: un ejército que le respondía, un parlamento que dependía de él y apoyos extranjeros, con los Emiratos Árabes Unidos, Egipto, y Rusia, después, interesados en su supervivencia. No gobernaba ni ocupaba ningún cargo, pero controlaba a los hombres que lo hacían. Se completaba así lo que había ensayado en Chad, perfeccionado en el exilio, y puesto a prueba en Bengasi. El sistema había encontrado a su país.
El petróleo
En la actualidad, Hafter dirige su sistema desde una antigua base aérea soviética en Rajma, a las afueras de Bengasi. Visto desde fuera, el complejo no tiene nada de especial. Por dentro, funciona como la sede de un poder del que no hay ningún registro en papel y que controla todo lo que importa: los yacimientos petroleros, las terminales de exportación, el parlamento, los tribunales, y los hombres armados.
El petróleo es la base de su poder. En septiembre de 2016, las fuerzas de Hafter se apoderaron de la “media luna petrolera”: 400 kilómetros de la costa donde están las cuatro terminales de exportación más importantes de Libia (dos tercios del crudo libio pasan por ellas). Aunque la presión internacional haya obligado a Hafter a devolver su control operativo a la Corporación Nacional del Petróleo en Trípoli (el único exportador libio reconocido por el resto del mundo), el mando militar del territorio responde a él, lo que le da una influencia extraordinaria.
En agosto de 2024, Aguila Saleh advirtió de que reemplazar al gobernador del banco central de Libia, una medida que era resistida por Hafter, “podría provocar el cierre del petróleo”. Las embajadas occidentales condenan sistemáticamente cualquier interrupción del flujo de petróleo sin nombrar al comandante cuyas fuerzas controlan las terminales de exportación. Todas las partes mantienen la ficción.
Entre 2016 y 2019, mientras los dos gobiernos reclamaban la legitimidad en Libia, Hafter era cortejado en cumbres de París y Abu Dabi. En repetidas reuniones con Fayez al-Sarraj, el primer ministro respaldado por la ONU, Hafter rechazaba todos los arreglos posibles. “Le ofrecimos un poder legítimo”, me dijo el exenviado especial de Estados Unidos, Jonathan Winer. “El control de un consejo militar bajo supervisión civil, o el liderazgo a través de elecciones, si el pueblo libio lo elegía; él simplemente negaba con la cabeza, no estaría subordinado a nadie, fuera elegido o no”.
Dentro del territorio de Hafter, el sistema era más sencillo. Desde 2014, toda disidencia era clasificada como terrorismo: una protesta, una conversación, o una publicación en Facebook. Cualquier crítica podía acarrear la pena de muerte. En octubre de 2016 aparecieron un montón de cadáveres a las afueras de Bengasi. Atados y tiroteados, habían sido abandonados en la basura. Eran tantos que los lugareños rebautizaron la calle Al-Zayt donde habían sido encontrados como “la calle de los cadáveres”.
“Cuando pregunté por un chico de 16 años desaparecido en Bengasi a principios de 2016, me dijeron, con toda naturalidad, que había sido asesinado por espionaje”, me contó Buisier, el exasesor político de Hafter. “Protesté, se suponía que estábamos construyendo un Estado de instituciones, un Estado de derecho; me miraron como si fuera ingenuo y un oficial sugirió que tal vez yo mismo fuera simpatizante de los terroristas”.
Poco después de eso Buisier abandonó el círculo de Hafter y regresó a Estados Unidos.
El apoyo de Trump
En 2019, Hafter había acumulado una deuda de 25.000 millones de dólares [unos 21.600 millones de euros, al cambio actual], financiando su ejército con bonos no oficiales, préstamos de bancos comerciales, y hasta dinares impresos en Rusia que circulaban en su territorio. Como necesitaba que el banco central en Trípoli abriera sus arcas, el 4 de abril de 2019 lanzó un ataque total contra la ciudad. Contaba con la autorización efectiva de la Administración Trump. John Bolton: el entonces asesor de Seguridad Nacional le había dicho que actuara “rápidamente” si quería tomar la capital y unificar el país bajo su control. Días después del comienzo del asalto, el propio Trump telefoneó para elogiar los esfuerzos “antiterroristas” de Hafter. En verano, a las fuerzas terrestres de Hafter se les unieron mercenarios rusos. Lo que se había concebido como un golpe relámpago se estaba convirtiendo en un asedio prolongado.
Tras años de infructuosas conversaciones de paz, Hafter abandonó por completo la ficción del acercamiento diplomático. Seham Sergiwa, diputada de Bengasi, apareció en julio en un canal de televisión afín a Hafter pidiendo el diálogo en lugar de la guerra. La emisión se interrumpió dejándola a mitad de frase. Esa noche, unos hombres armados la sacaron a rastras de su casa y sobre el edificio pintaron con spray “el ejército es una línea roja”. No ha sido vista desde entonces. Su familia sospecha que fue secuestrada por fuerzas leales a Hafter.
Finalmente, el asalto de Hafter a Trípoli no tuvo éxito. A finales de 2019, Turquía intervino en nombre del gobierno respaldado por la ONU tratando de forzar a Hafter a una paz negociada. Al mes siguiente se celebró en Berlín una conferencia para poner fin a la guerra. Los líderes mundiales esperaban para anunciar el acuerdo, pero Hafter no aparecía por ninguna parte. Se había ido a echar una siesta. “No era porque estuviera cansado”, me dijo la ex enviada de la ONU Stephanie Williams. “Era una puesta en escena, diseñada para demostrar que él actuaba al margen de las normas”. No se llegó a ningún acuerdo.
A finales de 2020, la ONU negoció un alto el fuego para poner fin a la guerra. El acuerdo exigía de Hafter que pusiera a sus fuerzas bajo mando civil; y, una vez más, él se negó. Se prometió que en diciembre de 2021 habría elecciones. Pero las disputas sobre las leyes electorales y la elegibilidad de los candidatos terminaron por hacerlas fracasar. No ha habido ninguna elección desde entonces y el país ha vuelto a la división.
Billetes falsos
El control financiero de Hafter no ha hecho más que crecer. A finales de 2024, los funcionarios del Banco Central de Trípoli descubrieron que circulaban casi 10.000 millones de dinares [unos 1.360 millones de euros, al cambio actual] con números de serie que no habían sido registrados por sus sistemas. Los billetes falsos del este inundaban la economía, un plan que había contribuido a financiar a los soldados de Hafter y a pagar las deudas con sus mercenarios rusos. En el este de Libia los billetes falsos circulaban como moneda real y en el mercado negro se cambiaban por dólares estadounidenses, permitiendo a Moscú el acceso a divisas duras que tras la invasión de Ucrania había perdido por las sanciones occidentales.
El banco central se enfrentó a una elección: denunciar el fraude y provocar otra crisis financiera, o absorber la pérdida en silencio. “Sabíamos exactamente de dónde procedían los billetes”, dijo una persona del Banco Central. “Pero decirlo significaba una confrontación, y la confrontación significaba detener el flujo del petróleo y hacer que el dinar pierda más valor, así que los absorbimos y no dijimos nada; así es como sobreviven las instituciones en Libia, aceptando lo que no puedes enfrentar”.
A sus 82 años, Hafter enfrenta ahora el dilema definitivo de su mundo: cómo transferir el poder. ¿Qué pasa cuando el hombre detrás de la farsa se va?
En octubre de 2025, los billetes falsos se retiraron discretamente. Se hicieron las anotaciones en los libros del banco central y la riqueza de Hafter creció. Como me dijo un exfuncionario de un país occidental, “es más fácil lidiar con una mentira que puedes manejar que con una verdad que no puedes arreglar”.
El dilema: la herencia
A sus 82 años, Hafter enfrenta ahora el dilema definitivo de su mundo: cómo transferir el poder en un sistema que depende de instituciones cuyo funcionamiento necesita que nadie reconozca oficialmente el nombre de la persona que las controla. ¿Qué pasa cuando el hombre detrás de la farsa se va?
Los expertos coinciden en un análisis: Hafter quiere usar a sus hijos para asegurar su legado. “Sus ojos se iluminaban cuando te presentaba a sus hijos”, recordó Williams, el antiguo enviado de la ONU. Según las personas que conocen a la familia, uno de los hijos ocupa un lugar especial. “Saddam siempre fue su favorito”, me contó Buisier. “Tal vez porque era el que se parecía más al padre en porte y estatura”.
Los hijos de Hafter se han repartido el sistema entre ellos para un año que según los rumores podría ser el de la sucesión. Saddam, el heredero natural, fue nombrado vicecomandante en jefe en agosto de 2025 y está al mando de la brigada más poderosa de su padre. Khaled es jefe del Estado Mayor y mantiene bajo control al ejército de su padre. Belkacem, un ingeniero devenido en empresario, está a cargo de miles de millones en contratos de reconstrucción para las ciudades destrozadas por las guerras de su padre. Al-Siddiq es poeta y gestiona la política tribal creando comisiones de reconciliación que prometen la paz y el perdón pero no la traen. Okba supervisa el sector de inteligencia artificial y criptomonedas.
En una Libia fragmentada, los hijos de Hafter deben dividirse lo que el padre nunca compartió: territorio, dinero, mercenarios, y una economía remendada con moneda falsa
Cada uno tiene su título y ninguno de ellos ocupa un cargo electo. La sucesión se ha ensayado tan abiertamente que apenas puede considerarse un secreto. Según los últimos informes, hasta los diplomáticos estadounidenses participan ahora en las negociaciones para un acuerdo que unifique a los gobiernos rivales de Libia con Saddam como presidente.
Pero Hafter construyó su sistema para un solo hombre, no para cinco. En una Libia fragmentada, donde un gobierno rival cuenta con sus propias milicias y apoyos extranjeros, los hijos de Hafter deben dividirse lo que el padre nunca compartió: territorio, dinero, mercenarios, y una economía remendada con moneda falsa
Gadafi pasó décadas preparando a sus hijos. Por vacía que estuviera, les dio una ideología que contarse a sí mismos y aún así se destrozaron entre ellos antes de ser barridos por la revolución. Los hijos de Hafter no tienen ningún credo que compartir, solo el pragmatismo de la supervivencia. Gadafi se atribuía presidir un sistema basado en el gobierno popular. Hafter no se atribuye nada. Solo el consentimiento silencioso.
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