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NOTA AL PIE

Los idus de marzo

Thornton Wilder
21 de marzo de 2026 21:47 h

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No sabemos cuál fue la primera biblioteca pública de la Historia; teóricamente, la que fundó Pisístrato en Atenas, aunque no hay pruebas que demuestren lo que sin duda sería otro punto a favor del tirano griego. No contento con instaurar las Grandes Dionisias, que hicieron posible el nacimiento del teatro –a través del primer ganador de dichos festivales, el actor y dramaturgo Tespis–, también fue quien ordenó la construcción del primer Partenón y el supuesto responsable de que se recopilaran y editaran nada más y nada menos que la Iliada y la Odisea, por fortuna para Homero y el mundo. Pero, volviendo a los libros, es indiscutible que la primera biblioteca pública de la que tenemos constancia real fue la que fundó Cayo Asinio Polión en el Atrium Libertatis de Roma en el año 39 a.e.c., llevando a la práctica uno de los muchos planes de otro tirano: Julio César, naturalmente, quien según Suetonio (Vidas de los doce césares) “se proponía formar bibliotecas públicas griegas y latinas, tan nutridas como fuera posible” en beneficio del pueblo.

Quedémonos un momento con ese concepto que ya ha surgido dos veces, el de tirano. En la antigüedad, no tenía siempre las connotaciones negativas que adquirió luego; con frecuencia, sólo se refería al detalle de conseguir el poder “contra derecho” y, como el derecho tiende a defender los intereses de los ricos y no de la mayoría, también era frecuente que el tirano en cuestión fuera un reformador que contaba con el apoyo de la gran masa de excluidos. Si las apariencias engañan, las palabras engañan el doble; y qué decir de las palabras al servicio del poder. Salvando las distancias, que son muchas, este 22 de marzo tenemos un excelente caso de impostura en tal sentido: el cobarde asesinato de Pedro I de Castilla y su posterior criminalización a manos de autores como Pedro López de Ayala, buen poeta por lo demás. Afortunadamente para el último rey castellano de la casa de Borgoña, su mala fama empezó a cambiar pronto; entre otras cosas, porque Isabel la Católica era tataranieta del gran amor de Pedro I, María de Padilla. En cambio, la fascinante mujer que llegó al trono post mortem tardó siglos en liberarse de apelativos como traidora, ambiciosa y bruja.

Hay que tener cuidado con las leyendas negras. Sin Pisístrato, de quien Aristóteles afirma que gobernó “más como ciudadano común” que como dictador (véase la Constitución de los Atenienses), no se habrían sentado las bases de la posterior democracia griega y, en cuanto a Julio César, todos sabemos de qué calaña era y qué pretendía realmente la nobilitas senatorial que lo mató, aunque no todos los conjurados fueran unos canallas. La manipulación informativa no es un invento de los siglos XX y XXI; en esencia, lo único que ha cambiado es el canal principal por donde se distribuye, que en la actualidad es el periodismo en sus distintas manifestaciones y –dentro de la creación artística– el cine. César tenía buenas intenciones al querer fundar bibliotecas públicas en un mundo donde el libro era privilegio de unos pocos, pero la palabra no libera si no se desarrolla el criterio, y eso también es válido en lo tocante a la historiografía, tan abarrotada de sesgos y olvidos que a veces hay más verdad en la ficción absoluta; por ejemplo, en la de un novelista y dramaturgo muy relacionado con la imagen que tenemos del gran político, militar y escritor: Thornton Wilder.

Dentro de unas semanas, se cumplirán cien años de la publicación de su primera obra, La Cábala, cuya acción se desarrolla en una Roma distinta, la de entreguerras. Tras aquella ópera prima, llegaron –entre otras– los dos textos que lo convirtieron en el primer autor en ganar el Pulitzer de narrativa y teatro (El puente de San Luis Rey y Nuestra ciudad, respectivamente) y, ya en 1948, publicó la extraordinaria novela de estructura epistolar que justifica mi comentario sobre la ficción total: Los idus de marzo, de la que él mismo afirma en el prólogo que no tiene ningún afán de “reconstrucción histórica” y que se limita a ser “una fantasía sobre determinados acontecimientos y personas de los últimos días de la República romana”, con el hombre al que asestaron “veintitrés puñaladas” (Eutropio, Breviarium) como personaje central. Imaginación pura, fundamentalmente; una simple hipótesis novelada, “pero una hipótesis que tal vez supere la realidad” (Gabriel García Márquez, 1981).

Thornton Wilder, quien por cierto tuvo una relación tan directa con nuestro país que fue especialista en Lope de Vega y hasta influyó en nuestro teatro contemporáneo a través de su amigo William Layton (maestro de José Pedro Carrión, Nuria Gallardo, Fernando San Segundo, Juan Margallo, etcétera), podía ser un hombre bastante conservador. Los animo a investigar por qué dijo Tennessee Williams que “a este tipo no le han dado buen revolcón en su vida” (y en mi opinión, lo dijo con razón, teniendo en cuenta lo que Wilder le había soltado antes); pero, si hay algún conservadurismo en su obra más famosa, no está en el lado de la literatura, sino en el carácter de lo real, curiosamente, incluso en el terrible y permanente factor premonitorio que Julio César desprecia, harto de supersticiones. Un factor que, al final, nos acecha a nosotros y, como se está viendo, con una ceguera no más pequeña que la suya ni menos relacionada con la advertencia política que Shakespeare resumió así: “Cuídate de los idus”.

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