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Edgar Morin, una brújula para el pensamiento en tiempos complejos

El filósofo y sociólogo francés Edgar Morin en una foto de archivo de 2019

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La muerte de Edgar Morin el pasado 29 de mayo a los 104 años ha pasado relativamente desapercibida entre el ruido incesante de la actualidad. Sin embargo, pocas figuras intelectuales han dejado una herramienta tan valiosa para comprender el mundo que habitamos. 

Morin dedicó buena parte de su vida a desarrollar lo que llamó 'el pensamiento complejo', que en resumen viene a decir que la realidad es una red de relaciones y no puede comprenderse fragmentándola en piezas aisladas. Comprenderla exige relacionar, contextualizar y aceptar que los fenómenos tienen múltiples causas y múltiples efectos. 

Por ejemplo, la vivienda no es un simple objeto físico o un mero producto inmobiliario. Tiene una dimensión antropológica, política, económica, ecológica, cultural, entre otras. O la sequía que afecta periódicamente a Andalucía no puede entenderse solo desde la meteorología. Influye el modelo de agricultura, la gestión de los recursos hídricos, la planificación territorial, la tecnología, los hábitos de consumo. 

Lo cierto es que vivimos en una sociedad cada vez más compleja e interconectada. Quizás por eso conviene preguntarse si algunas de nuestras formas habituales de pensar, tan necesarias para analizar y criticar, son también suficientes para comprender, relacionar e imaginar soluciones a los desafíos de nuestro tiempo.

En demasiadas ocasiones la crítica degenera en confrontación y lo vemos continuamente en la política

En nuestra cultura occidental estamos muy condicionados por el tipo de pensamiento dialéctico-crítico, que tiene su origen en la Antigua Grecia: alguien propone una tesis, alguien replica una antítesis, y se supone que al calor del debate se deriva una síntesis. Pero, en numerosas ocasiones, esta secuencia comienza con alguien defendiendo una tesis y termina defendiéndose a sí mismo.

Por eso creo que es interesante explorar y entrenarse en otro tipo de pensamiento que vaya más allá del pensamiento crítico: pensamiento creativo, lateral, paralelo y por supuesto pensamiento propositivo. El pensamiento creativo nos invita a imaginar posibilidades nuevas, el lateral nos anima a explorar caminos inesperados, el pensamiento paralelo nos permite contemplar simultáneamente distintas perspectivas sin necesidad de convertirlas en posiciones enfrentadas y el pensamiento propositivo nos seduce a construir alternativas. 

El pensamiento crítico está bien, gracias a él aprendemos a detectar errores, cuestionar argumentos y evitar dogmatismos. Pero existe un riesgo cuando lo convertimos en la única herramienta intelectual legítima. Porque en demasiadas ocasiones la crítica degenera en confrontación y lo vemos continuamente en la política. Cuando un partido propone una medida, el adversario no debate o responde con una alternativa diferente, con frecuencia responde simplemente con la negación de la propuesta inicial. Si alguien propone A, el contrario ni siquiera propone B, sino que directamente afirma “no A”.

Son las preguntas difíciles, las conversaciones incómodas y los argumentos que desafían nuestras certezas los que nos obligan a explorar nuestro propio pensamiento

La discusión deja entonces de orientarse hacia la búsqueda de soluciones para convertirse en una competición por demostrar quién tiene razón. Pero ¿por qué resulta tan difícil cambiar de opinión incluso cuando nos enfrentamos a argumentos sólidos? Tal vez porque las creencias que mantenemos como incuestionables, terminan formando parte de nuestra identidad y cualquier cuestionamiento se percibe como una amenaza personal. El objetivo deja de ser comprender o convencer y pasa a ser “vencer” sea como sea. 

Hay una frase que siempre me ha parecido reveladora y que adopté hace tiempo como propia, no sé realmente a quien pertenece: “Cuando discuto es cuando me entero de lo que pienso”. Hace referencia a que son las preguntas difíciles, las conversaciones incómodas y los argumentos que desafían nuestras certezas los que nos obligan a explorar nuestro propio pensamiento. Quizás una de las formas más profundas de pensamiento crítico no consiste en criticar las ideas ajenas, sino en desarrollar la capacidad de someter las propias a examen. 

Por eso la filosofía sigue siendo tan necesaria, aunque durante años se haya cuestionado su presencia en los currículos educativos, porque nos enseña a examinar cómo pensamos. Nos invita a sospechar de aquello que consideramos evidente, a desaprender y a descubrir que existen otras perspectivas o enfoques posibles, y a abordar los problemas con la complejidad que requieren. 

El mejor homenaje que podemos hacer a Edgar Morin es asumir el desafío que planteó durante toda su vida: aprender a relacionar, a contextualizar, a argumentar, a generar espacios de entendimiento sosegados

Ese pensamiento complejo es también el que echo en falta, con la importancia que se merece, en la enseñanza de la economía. Me reconocí en la experiencia que relata la economista Kate Raworth, en su libro La Economía rosquilla relativa a Yuan Yang: “Llegó a la universidad buscando comprender problemas reales como la desigualdad o el cambio climático y acabó frustrada ante un currículo fragmentado, hiperespecializado y desconectado de las preguntas que la habían llevado a estudiar economía”. Algo similar le sucedió a Christian Felber, el ideólogo de la Economía del Bien Común. Según relata en sus conferencias, cuando llegó el momento de matricularse en la universidad, su verdadera vocación era estudiar “Todología”. Con este término inventado por él, se refería a su deseo de entender el mundo en su totalidad, conectando todas las disciplinas de manera global en lugar de fragmentar el conocimiento. 

La economía nació como una ciencia social y, por tanto, comprender los fenómenos económicos exige dialogar con la sociología, la historia, la psicología, la política, la ecología, la antropología. Exige, en definitiva, una mirada transdisciplinar, más cercana al pensamiento complejo que a la fragmentación disciplinaria. Cuando yo empecé a estudiar economía en la Universidad de Sevilla, existía una asignatura de sociología. Ya hace mucho tiempo que desapareció de sus planes de estudio. 

Y esta reflexión adquiere una importancia todavía mayor con la irrupción de la inteligencia artificial. Muchos nos preguntamos si la IA cambiará nuestra manera de pensar. O también ¿qué tipo de pensamiento queremos desarrollar con ella? Podemos utilizarla para buscar confirmación de nuestras creencias o para cuestionarlas. Podemos emplearla para obtener respuestas rápidas o para formular preguntas más profundas. Podemos convertirla en una máquina de simplificación o en una herramienta que nos ayude a explorar la complejidad. 

Quizás el mejor homenaje que podemos hacer a Edgar Morin sea asumir el desafío que planteó durante toda su vida: aprender a relacionar, a contextualizar, a argumentar, a generar espacios de entendimiento sosegados. Y, sobre todo, como defendía en sus múltiples intervenciones hasta el final de sus días, la necesidad de una “insurrección de las conciencias” basada en la fraternidad, la cooperación y la esperanza.

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