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Cada incendio me devuelve al primero

Incendio en Almorox (Toledo), el 22 de julio de 2026

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Hay recuerdos que nunca desaparecen. Permanecen dormidos durante años hasta que una columna de humo vuelve a despertarlos.

Estos días, mientras veía las imágenes de los incendios que asolan España, una y otra vez volvía al mismo recuerdo. Y hoy, cuando el humo ha vuelto a aparecer en Almorox, ese recuerdo ha regresado con toda su fuerza.

El primero me lleva a mi infancia.

En mi pueblo, cuando las campanas de la iglesia sonaban de una forma distinta, nadie preguntaba qué ocurría. Todo el mundo lo sabía. Había un incendio.

No existían los grandes dispositivos de extinción que conocemos hoy ni los medios aéreos que ahora vemos sobrevolando los montes. Eran los propios vecinos quienes dejaban lo que estaban haciendo y corrían hacia el fuego con azadas, ramas o cualquier herramienta que pudiera servir para abrir un cortafuegos o sofocar las llamas. Era una lucha desigual, pero era la única que conocían.

Aquel incendio terminó de la peor manera posible. Cuatro personas perdieron la vida intentando defender el monte. Hoy descansan juntas bajo una misma lápida en el cementerio de mi pueblo. De vez en cuando me detengo ante ella y siempre pienso lo mismo: detrás de cada incendio hay mucho más que hectáreas calcinadas. Hay nombres, hay familias y hay una ausencia que el tiempo nunca termina de borrar.

Incendio de Selas (Guadalajara) en julio de 2026

Con los años comprendí que aquella tragedia no había sido una excepción. El fuego ha seguido llevándose vidas en muchos rincones de España. Nunca olvidaré el incendio de Riba de Saelices, en Guadalajara, en el verano de 2005. Once integrantes del operativo de extinción —nueve bomberos forestales y dos agentes medioambientales— quedaron atrapados por las llamas y perdieron la vida intentando salvar el monte. Aquella tragedia conmovió a todo el país y marcó un antes y un después en la lucha contra los incendios forestales.

Pero, por desgracia, tampoco fue la última. Después, han seguido llegando noticias de otros incendios, de otros compañeros caídos, de otros vecinos que no lograron escapar, de otras familias rotas. Cambian los lugares, cambian los nombres y cambian los años, pero el dolor siempre es el mismo.

Quizá por eso, cada vez que alguien reduce un incendio al número de hectáreas quemadas, siento que falta una parte esencial de la historia. Porque un incendio nunca consume solo árboles. También deja cicatrices en quienes sobreviven, en las familias que pierden a los suyos y en quienes tienen que empezar de nuevo después de ver desaparecer, entre las llamas, todo aquello que habían levantado con años de trabajo.

Con el paso de los años pensé que aquellos recuerdos quedarían atrás.

Pero el fuego volvió a cruzarse en mi camino.

Porque un incendio nunca consume solo árboles. También deja cicatrices en quienes sobreviven, en las familias que pierden a los suyos y en quienes tienen que empezar de nuevo después de ver desaparecer, entre las llamas, todo aquello que habían levantado con años de trabajo

Cuando la vida me llevó a Almorox, nunca imaginé que aquel monte acabaría formando parte de mi propia historia. Con el tiempo se convirtió en mi pueblo de acogida y aprendí a querer su pinar como si también fuera un poco mío.

Allí viví el gran incendio de 1994, que arrasó parte del monte. Después llegarían otros. Cada uno distinto, pero todos dejando una enorme cicatriz.

Sin embargo, también tuve la suerte de contemplar el otro lado de la historia.

Tiempo después de aquel incendio, subimos al pinar con los niños del colegio a repoblar parte de la zona quemada con pinos piñoneros. Todavía recuerdo aquella mañana. Pisábamos ceniza mientras los niños plantaban pequeños árboles con una ilusión contagiosa. Nosotros seguíamos viendo la devastación; ellos solo eran capaces de imaginar el bosque que algún día volvería a crecer.

Y, en buena medida, así ocurrió.

Una columna de humo se ve en la distancia, a 17 de julio de 2026, en La Mierla, Guadalajara, Castilla-La Mancha (España). La evolución del incendio declarado este jueves, 16 de julio, en la población guadalajareña de La Mierla ha provocado que el Gobierno

Muchas zonas fueron recuperándose gracias a las repoblaciones impulsadas por el Ministerio de Agricultura y al trabajo constante de los agentes medioambientales, cuyo esfuerzo merece siempre nuestro reconocimiento. Pero la naturaleza también hizo su parte. Poco a poco comenzaron a aparecer encinas, alcornoques y otras especies autóctonas que demostraban que el monte posee una extraordinaria capacidad para regenerarse cuando se le da una oportunidad.

Durante todos estos años he visto cómo ese paisaje cambiaba. No solo por los incendios. También porque cambió nuestra forma de relacionarnos con el monte.

Cuando yo era pequeña, y también cuando llegué a Almorox, el monte estaba lleno de vida. Se recogían las piñas del pino piñonero, había ganado pastando, se aprovechaba la leña y existía una actividad constante que, sin llamarla así, también era gestión forestal. Aquellos usos mantenían limpio el terreno y evitaban que la vegetación se acumulara como ocurre hoy.

Ahora muchos de esos aprovechamientos han desaparecido. La leña apenas se recoge, el pastoreo ha disminuido y los pinares acumulan una enorme cantidad de combustible vegetal. A ello se suma otro problema: la presencia de urbanizaciones integradas en el monte o muy próximas a él, donde no siempre todas las parcelas se mantienen en las condiciones adecuadas. Cuando el fuego llega a esos lugares ya no solo amenaza al bosque; amenaza también las viviendas y la vida de quienes las habitan.

Pero sería injusto pensar que esa es la única explicación.

El rastro del incendio en La Mierla (Guadalajara) el 21 de julio de 2026

Los incendios de hoy también son consecuencia de una realidad climática muy distinta. Las olas de calor son más intensas, las sequías se prolongan durante meses y el viento convierte cualquier conato en un incendio extremadamente difícil de controlar. Quienes trabajan en la extinción lo saben mejor que nadie. Lo saben bien quienes estos días luchan sin descanso contra los grandes incendios que vuelven a golpear a nuestro país y, de forma especial, a Castilla-La Mancha.

Mientras seguíamos pendientes de Guadalajara, el humo volvía a aparecer también en Almorox. Es imposible no sentir un nudo en el estómago.

Afortunadamente, ya no son las campanas las que movilizan a los vecinos. Hoy contamos con bomberos forestales, agentes medioambientales, brigadas y medios aéreos extraordinariamente preparados que realizan un trabajo admirable y que merecen todo nuestro reconocimiento. Gracias a ellos se salvan montes, pueblos y muchas vidas. Pero ni siquiera ellos pueden vencer solos una batalla que empieza mucho antes de que aparezca la primera llama.

Cada vez que veo una columna de humo vuelvo a escuchar aquellas campanas de mi infancia.

Por todo ellos, estoy convencida de que la verdadera lucha contra los incendios no empieza cuando despega el primer helicóptero. Empieza mucho antes: cuando cuidamos el territorio durante todo el año, cuando entendemos que la prevención es tan importante como la extinción, cuando mantenemos limpias las parcelas, recuperamos los aprovechamientos compatibles con la conservación y dejamos de dar la espalda al monte.

Porque un monte no es solo un paisaje. Es la memoria de quienes lo han trabajado, de quienes han crecido en él y de quienes han aprendido a quererlo. Forma parte de nuestra historia y también de lo que somos.

Quizá por eso, cada vez que veo una columna de humo, sigo escuchando aquellas campanas de mi infancia. Y entonces comprendo que hay incendios que nunca terminan de apagarse.

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