El talento no absuelve
Durante demasiado tiempo confundimos admiración con impunidad. La historia está llena de genios, artistas, deportistas y figuras de poder a quienes se les toleraron comportamientos reprobables porque su talento parecía situarlos por encima del juicio moral. Hoy, por fin, esa coartada empieza a resquebrajarse.
Hubo un tiempo en que bastaba con escribir una obra inmortal, pintar un cuadro revolucionario, marcar un gol histórico o acumular poder institucional para disfrutar de una indulgencia social que rara vez se concedía al ciudadano común. El talento actuaba como salvoconducto y la fama como escudo. Se admiraba la obra hasta el punto de cerrar los ojos ante la conducta.
La reciente polémica surgida en torno a Juan Carlos Aragón (el célebre autor del Carnaval de Cádiz, conocido como el Capitán Veneno), ha reabierto un debate que trasciende el carnaval de Cádiz. Nadie discute su relevancia artística ni la huella que dejó en la cultura popular gaditana. Sin embargo, la difusión pública de una sentencia por malos tratos en el ámbito familiar ha obligado a muchos admiradores a enfrentarse a una pregunta incómoda: ¿qué hacemos cuando el creador admirado no está a la altura de su propia obra?
La cuestión no afecta únicamente al mundo de la cultura. La historia contemporánea está llena de ejemplos que muestran cómo el prestigio y el poder pueden convertirse en mecanismos de protección. Ocurrió en el Reino Unido cuando, tras la muerte de Jimmy Savile, salieron a la luz centenares de denuncias por abusos sexuales que habían permanecido ocultas durante décadas. La muerte, lejos de cerrar el juicio social, abrió una investigación moral que cambió para siempre la percepción de quien había sido considerado una institución nacional.
También sucede con figuras que siguen ocupando un lugar central en la historia cultural. Pablo Picasso continúa siendo uno de los mayores genios de la pintura moderna, pero cada vez son más los historiadores y biógrafos que analizan críticamente la relación que mantuvo con muchas de las mujeres que compartieron su vida. Nadie cuestiona la trascendencia artística del creador del cubismo; lo que se cuestiona es la antigua costumbre de considerar que el genio exime de cualquier examen moral.
Algo parecido ocurre con Camilo José Cela. Su inmenso legado literario es indiscutible y su aportación a la literatura española resulta fundamental para comprender el siglo XX. Sin embargo, junto a la admiración por el escritor han convivido críticas a determinados comportamientos personales, actitudes públicas y episodios de su biografía que hoy serían observados con mucha menos indulgencia que en la España de su tiempo. La grandeza literaria y las sombras humanas pueden coexistir en una misma persona.
También en Castilla-La Mancha hemos conocido episodios que demuestran que el abuso de poder adopta múltiples formas
Lo que une estos casos no es el arte, la literatura o el espectáculo. Es el poder. La convicción de que el reconocimiento social, la fama o la autoridad otorgan un margen de impunidad que no está al alcance de los demás.
Y sería un error pensar que este fenómeno pertenece únicamente al universo de los famosos. También en Castilla-La Mancha hemos conocido episodios que demuestran que el abuso de poder adopta múltiples formas. Lo hemos visto en responsables públicos condenados por el uso indebido de fondos públicos, en alcaldes inhabilitados por prevaricación administrativa o urbanística y en servidores públicos que utilizaron sus cargos vulnerando los principios de legalidad que debían defender. Cambian los nombres, las instituciones y las circunstancias. Lo que permanece es la tentación de creer que una posición de privilegio permite actuar al margen de las normas.
Ante esta realidad surge una pregunta recurrente: ¿debemos borrar la obra cuando descubrimos las miserias de quien la creó? La respuesta no está en destruir el pasado, sino en comprenderlo con honestidad. Las canciones seguirán sonando, los cuadros seguirán colgados en los museos y los libros seguirán ocupando las estanterías. La cultura no desaparece porque conozcamos mejor a sus autores.
Pero una sociedad madura tampoco puede seguir rindiendo homenaje acrítico a quienes utilizaron su posición para humillar, abusar o maltratar a otros. Preservar una obra no obliga a santificar a su creador. Recordar una contribución artística no exige silenciar a las víctimas.
La verdadera grandeza de una comunidad no consiste en fabricar ídolos perfectos, sino en ser capaz de mirar de frente la complejidad humana. Podemos admirar un cuadro sin ignorar el sufrimiento de quienes rodearon al pintor. Podemos emocionarnos con una novela sin convertir a su autor en ejemplo moral. Podemos disfrutar de una obra y, al mismo tiempo, condenar una conducta.
Porque el talento puede emocionar, inspirar e incluso cambiar una época. Lo que nunca debería hacer es absolver la miseria.
0