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Palabras Clave es el espacio de opinión, análisis y reflexión de eldiario.es Castilla-La Mancha, un punto de encuentro y participación colectiva.

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El fútbol nuestro de cada día

Lamine Yamal

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En estos días se está desarrollado el Mundial de Fútbol 2026. Confieso que me gusta el fútbol desde niño, desde que coleccionaba cromos que, en mi pueblo manchego, antes los llamábamos “santillos”.¿Por qué sería? Con el fútbol me pasó como con la religión que te la inculcan de pequeñito y al final acabas creyendo cosas sin saber por qué.

El futbol, como la religión o como las identidades colectivas, tiene mucho de pasión, de sentimientos irracionales y de adhesiones inquebrantables. Sin embargo, me costó más mantener la devoción religiosa que la afición por el fútbol. Tal vez porque la realidad de los tiempos conecta más con lo segundo y la verdad es que me resultó muy difícil creer en instancias superiores que gobiernen la vida y el mundo, simplemente observando las injusticias y las desigualdades de la vida, así como los desórdenes mundiales.

El fútbol es la mitología del capitalismo: triunfan los que ganan y cada uno vale según sus resultados. Salvo algunos matices y alteraciones que no se ajustan a las reglas del juego, lo que mandan son las victorias, los títulos y los trofeos. Es cierto que algunos aficionados valoramos el buen juego, como pasa en el ámbito comercial que pueden tener valor el arte y el buen gusto, aunque en los dos ámbitos todos los productos y servicios acaben convirtiéndose en mercancías.

En los últimos años del franquismo y en los años iniciales de la transición política en España, en algunos círculos intelectuales y políticos se consideraba al fútbol como el opio del pueblo, como un espectáculo que servía para tener entretenida a la gente como una estrategia de alienación para que los pueblos se olvidaran de sus condiciones de vida y de su explotación. El fútbol era como la versión contemporánea del “panen et circenses” (“pan y circo”) que utilizaban en el Imperio Romano para tener contenta y contenida a la plebe y alejada de sus intentos de rebelión.

Sin embargo, esta identificación del fútbol con el poder político establecido por la dictadura fue decayendo y a pesar de que se han ido fortaleciendo sus entramados con los intereses económicos y el mundo de los negocios, ha habido escritores e intelectuales que han declarado su pasión por el fútbol, incluso algunos han escrito libros y han teorizado sobre los valores de este deporte: Mario Benedetti, Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Galeano, Javier Marías, Umberto Eco y otros muchos.

Recuerdo uno de los primeros libros del periodista, sociólogo y polifacético escritor Vicente Verdú que leí con mucho interés en mis años universitarios y que todavía conservo en mi estantería que se titulaba ‘El fútbol: mitos, ritos y símbolos’, que publicó en 1980 Alianza Editorial, donde exponía toda una antropología social y simbólica para explicar la dialéctica entre el deporte y la sociedad civil.

También hay artistas y famosos que han confesado su pasión por este deporte. En 2013 el periodista Quique Peinado publicó el libro ‘Futbolistas de izquierdas’, en el que recoge las historias de unos cuantos futbolistas de talla mundial que dejan constancia de cómo el deporte profesional no tiene por qué estar al margen de la política.

Lo cierto es que el fútbol como espectáculo de masas sigue siendo el “deporte rey”, que por llegar a tanta gente mueve ingentes cantidades de dinero y ello es fuente de negocios opacos que sus aficionados no ven y tal vez tampoco quieran conocer para poder mantener esa emoción infantil y poder gritar: “¡Goool!..”, como si con ello se hubieran cumplido de manera efímera todos sus deseos o superado todas sus angustias vitales.

Un jugador con orígenes africanos como Lamine Yamal es un referente del equipo nacional y donde los más ultraderechistas no están siendo capaces de influir en la opinión pública con sus ideas xenófobas y de rechazo al inmigrante

En este mundial todos vamos con la Selección Española, a pesar de que los aficionados del Real Madrid apenas vean en las alineaciones a futbolistas de su equipo, que la mayoría de sus seleccionados sean del Barça, estén triunfando los futbolistas de Euskadi, que un jugador con orígenes africanos como Lamine Yamal sea un referente del equipo nacional y donde los más ultraderechistas no están siendo capaces de influir en la opinión pública con sus ideas xenófobas y de rechazo al inmigrante, haciéndolas coincidir con esa aberrante propuesta de “la prioridad nacional” que están defendiendo en las comunidades autónomas donde gobiernan.

Cuando escribo este artículo la selección continúa con su racha de victorias y tenemos la fe puesta en que este equipo consiga ganar su segundo Mundial que nos puede venir bien en términos emocionales y de autoestima colectiva, que tan necesitados estamos. Pero las derrotas son posible y tan humanas como la vida misma, por esto es importante saber perder y reconocer al ganador, otra de nuestras asignaturas pendientes como país.

Como metáfora de nuestra época, el fútbol pone en juego valores y emociones que es necesario gestionar y sería fantástico que el fútbol no solo sirva para agitar pasiones enfrentadas, sino para ser menos forofos y tomarnos la vida personal y política con más deportividad, sin necesidad de convertir a este deporte ni en el Padre Nuestro ni en “el pan nuestro de cada día”.

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