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Entrevista

Yassid Ayyad, físico nuclear, sobre los bidones radiactivos frente a la costa: “Es imposible limpiar todo ese desaguisado”

Yassid Ayyad, profesor e investigador en la Universidade de Santiago de Compostela

Luís Pardo

9 de julio de 2026 22:53 h

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Yassid Ayad (Valencia, 1980) es “una rara avis” en el IGFAE, el Instituto Galego de Física de Altas Enerxías de la Universidade de Santiago. En un centro muy ligado al CERN y dedicado sobre todo a la investigación fundamental, a este doctor en Física Nuclear lo que le apasiona es la transferencia de tecnología. En Berkeley trabajó en el desarrollo de vehículos autónomos como los que han bajado a 4.000 metros de profundidad para ofrecer imágenes de algunos de los 220.000 bidones radiactivos arrojados a la Fosa Atlántica entre finales de los 40 y principios de los 90 del siglo pasado.

Atiende a elDiario.es desde el FRIB (Instalación para Haces de Isótopos Raros) de la Michigan State University, la que fue su casa durante siete años y a donde ha vuelto este verano a impartir un ciclo de conferencias.

Después de que las imágenes tomadas por el Proyecto Nodssum confirmasen el avanzado estado de deterioro de parte de los barriles y la presencia de radionucleidos –en un nivel bajo pero mayor del esperado– la primera pregunta que surge es clara: ¿y, ahora, qué?

Desde el IGFAE, liderado por nuestro grupo, teníamos una iniciativa para responder a esa pregunta. Es muy complejo saber cuáles son los siguientes pasos porque hoy es irrealizable limpiar todo ese desaguisado. En realidad, lo que nos están enseñando es la punta de un iceberg. Hay muchos depósitos, porque hasta 1993 estaban permitidos los vertidos e incluso delante de la costa cantábrica hay un submarino nuclear hundido. Hacer un decomisionado de todo esto es básicamente imposible porque bajar a esas profundidades es un ejercicio tremendo. Es más fácil explorar el espacio que explorar las profundidades del océano, porque en el espacio sólo cambiamos una atmósfera y, aquí, cada diez metros que bajamos, incrementamos otra.

El objetivo de esta expedición era visualizar el estado de los barriles. Eso es un primer paso. Lo siguiente que sería interesante hacer, aunque tiene su complejidad, es un mapeado de la radiactividad para entender por dónde va toda esta radiación y comprobar si hay corrientes que puedan estar afectando a la vida media de los barriles, que es de unos 50 años: una bomba de relojería a sabiendas. El vertido es una gota dentro del océano, pero no significa que no pueda entrar en las cadenas tróficas o tener consecuencias en la vida marítima que pueda haber a esas profundidades.

En el remoto caso de que algún día sí pudiesen recogerse todos esos bidones, tendríamos otro problema: qué hacer con ellos.

Obviamente habría que limpiar, sacar esos residuos y hacer una disposición como se hace hoy en día en sus cementerios, que son los lugares para almacenamiento de residuos radiactivos. Los científicos no estamos parados en ese aspecto. Uno de los proyectos más importantes, junto a redefinir las centrales nucleares, hacer microrreactores... son los que investigan cómo reducir la vida media de esos residuos, a través de técnicas como el bombardeo con haces de partículas, para romperlos en elementos con una vida mucho menor. Incluso existen proyectos que parecen ciencia ficción y que se basan en reutilizar esos desechos para generar cierta energía, aunque no como la de una central: hablamos de baterías beta o alfavoltaicas, que usan la radiactividad para generar una pila de baja potencia.

Lo más difícil es sacar todo el vertido, que está a muchas alturas, a diferentes profundidades. Por cierto, no sólo existen residuos en barriles. Con varios órdenes de magnitud de diferencia, los que más se han acumulado son las pruebas de ensayos nucleares. Lo lógico, por tanto, sería organizar una expedición para bajar de nuevo, tratar de recuperar lo máximo posible y que alguien visualice una manera de contener esos barriles, que tienen una vida media que ya ha pasado hace tiempo.

Cuando los contenedores acaben de descomponerse, lo que como dices es cuestión de tiempo –y cada vez menos–, ¿qué pasará con lo que hay dentro?

Todo está sujeto al flujo y las corrientes oceánicas. En el lecho marítimo hay mucha actividad, un movimiento constante: corrientes muy fuertes y sitios donde existe una conexión con materiales radiactivos que se emiten desde el centro de la tierra. Todo esto va cambiando. Hablamos mucho ahora del cambio en las corrientes y cómo está cambiando el clima, una prueba clara de que es impredecible saber hacia dónde van a ir esos residuos. Están muy diluidos en el agua, que es mucho mayor que el contenido radiactivo, pero eso no quita que puedan llegar a entrar en vías que afecten al día a día de zonas marítimas próximas con actividad pesquera. En pocas palabras, no existe una solución simple.

¿Qué proyecto concreto proponéis desde el IGFAE?

Estamos pensando en equipar estos vehículos con sensores de radiactividad y de mapeado. Yo estuve trabajando durante un tiempo en el laboratorio de Berkeley, en California, donde desarrollábamos sistemas autónomos, en aire o en tierra, para vehículos capaces de guiarse con un mapa geográfico y, a la vez, hacer un mapeado dual de la radiactividad. Desarrollamos unos sensores para tener direccionalidad y marca de tiempo y, mientras el vehículo, se está moviendo, realizar un mapeado total. Esto se hace ya: en Estados Unidos, en cuestiones de protección civil o fronteras, pero también se han emprendido expediciones para mapear centrales nucleares, como en Chernobyl. Así no se expone a ningún trabajador a la radiación y cuentas con un vehículo autónomo que es capaz de mapear y localizar fuentes de radiactividad con muy baja actividad.

El reto es cómo demonios hacer eso debajo del agua, porque es un medio muy denso comparado con el aire, pero si han bajado a tomar las fotos es posible hacer el mapeo. La mayor dificultad es lograr una comunicación de datos eficiente. Una expedición con este objetivo permitiría tomar medidas a través de unas estaciones estáticas a diferentes profundidades que se manden la información del mapeado, conectadas con otras, dinámicas, que se encargarían de elaborarlo. Eso lo hace el proyecto europeo RAMONES (siglas en inglés de Monitoreo de Radioactividad en Ecosistemas Oceánicos). Existe además otra iniciativa enorme para mapear todo el suelo oceánico del planeta. Si eso lo combinas con un registro de radiactividad, tendría más valor aún.

Si lo que hemos visto hasta ahora es sólo la punta del iceberg, ¿qué tipo de sorpresas podemos encontrarnos en el fondo marino? Tanto en los 220.000 bidones arrojados oficialmente al océano como en lo que podemos desconocer...

Sorpresas siempre hay. Si miramos al histórico de barbaridades en cuestión de radiactividad tienes ejemplos como el ciclotrón que hay en la bahía de Tokio porque, en la Segunda Guerra Mundial, los americanos decidieron que los japoneses no podían tener nada nuclear y lo tiraron directamente al mar. Hay casos documentados de tráfico de materiales radiactivos, en Italia hubo contactos con la mafia para deshacerse de esos barriles en países subdesarrollados... Lo más probable es que el inventario de la IAEA esté obsoleto o incompleto, con vertidos que no se hayan registrado. Tenemos el ejemplo de Palomares donde, por suerte para nosotros, no llegó a pasar nada, pero puede haber accidentes como ese en alguna parte del océano que no se hayan documentado.

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