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El viaje que nos estamos perdiendo. Viajar en tiempos de saturación

Unos turistas llegan a la playa de Benidorm (Alicante). EFE/MORELL
4 de julio de 2026 18:57 h

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Llegan las vacaciones y vuelve el mismo ritual. Después de meses de trabajo, todos sentimos la necesidad de desconectar. ¿Cuándo hacerlo si no, cuando la mayoría solo dispone de unos días en julio o agosto? El deseo de viajar es legítimo. Descubrir lugares, cambiar de paisaje o compartir tiempo con quienes queremos forma parte de una vida plena. El problema es que cada vez viajamos más de la misma manera y a los mismos sitios.

Las redes sociales, los influencers, las series de televisión, el cine y las plataformas digitales han terminado por convertir el mapa turístico en un escaparate global. La fotografía perfecta en una cala escondida deja de ser un secreto para convertirse, en cuestión de semanas, en un destino saturado. Todos buscamos la misma playa, el mismo mirador, el mismo restaurante, la misma ruta de senderismo o el mismo crucero. El viaje deja de ser un descubrimiento para convertirse en un producto de consumo rápido, casi de usar y tirar.

Andalucía conoce bien este fenómeno. Sevilla, Málaga, Granada o Cádiz baten récords de visitantes año tras año. La Costa del Sol continúa siendo uno de los principales destinos europeos y ciudades como Sevilla reciben durante algunos fines de semana más turistas que habitantes en su casco histórico. El éxito es indiscutible, pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede crecer el turismo sin deteriorar aquello que lo hace atractivo?

No se trata de un problema exclusivamente andaluz. Las señales de alarma aparecen en toda Europa. Ámsterdam ha decidido trasladar su terminal de cruceros fuera del centro urbano para reducir la contaminación y la presión turística. Venecia prohibió la entrada de grandes cruceros a su laguna. Barcelona limita nuevas licencias hoteleras y endurece la regulación de las viviendas turísticas. Son decisiones que hace apenas una década parecían impensables y que hoy reflejan una evidencia: incluso las ciudades que viven del turismo han descubierto que todo tiene un límite.

Conviene recordar que el turismo constituye uno de los motores económicos de España. Representa alrededor del 12 % del PIB nacional y millones de empleos dependen directa o indirectamente de esta actividad. Andalucía, además, es una de las principales comunidades receptoras de visitantes. Nada de ello habría sido posible sin los enormes avances tecnológicos de las últimas décadas. La liberalización del transporte aéreo, el auge de las compañías de bajo coste, las plataformas digitales de reserva y la facilidad para organizar cualquier viaje desde un teléfono móvil, han democratizado el acceso a viajar como nunca antes en la historia.

Ese progreso tiene enormes beneficios. Viajar amplía horizontes, favorece el intercambio cultural, genera riqueza y crea oportunidades económicas. Negarlo sería injusto. Pero también resulta ingenuo pensar que un crecimiento ilimitado puede mantenerse sin costes.

La masificación deteriora espacios naturales, incrementa el consumo de agua en territorios especialmente vulnerables a la sequía como Andalucía y contribuye a aumentar las emisiones derivadas, sobre todo, del transporte aéreo. La proliferación de viviendas turísticas reduce la oferta residencial, dispara el precio de los alquileres y expulsa progresivamente a los vecinos de sus propios barrios. Los comercios tradicionales desaparecen para dejar paso a interminables hileras de tiendas de recuerdos, franquicias y locales pensados para un visitante de paso.

Las ciudades también pierden parte de su identidad. El antropólogo Marc Augé escribió que “las ciudades y poblaciones turísticas se han convertido, especialmente para los que las habitan, en lo que definió como «no lugares»”: espacios donde resulta difícil reconocer la vida cotidiana porque todo gira alrededor del visitante. Basta pasear por algunos barrios históricos andaluces para comprobarlo. En Sevilla, por ejemplo, empieza a resultar cada vez más difícil encontrar bares donde todavía se conserve una costumbre tan nuestra como tapear apoyados en la barra. Muchos establecimientos han sustituido ese modelo por cartas estandarizadas en varios idiomas, terrazas orientadas exclusivamente al turismo y horarios adaptados al flujo de visitantes.

Desde una interpretación económica convencional esto sería un modelo de éxito: aumenta el PIB, llegan inversiones y se crea empleo, el balance parece positivo. Pero el bienestar de una sociedad no puede medirse únicamente por el dinero que genera. Quedan fuera de las estadísticas la pérdida de calidad de vida, el acceso a la vivienda, la cohesión vecinal o la conservación del patrimonio natural y cultural. Además, muchos de los empleos creados son temporales y precarios. Mujeres, jóvenes y población migrante siguen concentrando buena parte de estos trabajos.

Como resume el economista Josep Burgaya, “estamos ante una industria donde el capital lo ponemos todos, igual que costes y molestias, y los beneficios ingentes solo los recogen unos cuantos”. Una reflexión que invita a preguntarse quién gana realmente cuando una ciudad recibe cada vez más visitantes. Frente a este escenario comienzan a surgir alternativas. La Estrategia de Sostenibilidad Turística en Destinos, impulsada por las administraciones públicas españolas con financiación europea, busca precisamente mejorar la gestión de los destinos turísticos, reducir su impacto ambiental y favorecer un modelo más equilibrado. Organizaciones como Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, o la Fundación CONAMA llevan años reclamando políticas que compatibilicen la actividad turística con la protección del territorio y el bienestar de la población local.

La solución no puede recaer únicamente sobre la responsabilidad individual de los viajeros. Tampoco pienso que baste con implantar tasas turísticas o hablar de atraer un turismo “de calidad” cuando, en demasiadas ocasiones, esa expresión acaba significando simplemente un turismo con mayor capacidad económica. La sostenibilidad no debería depender del tamaño de la cartera.

La regulación de las viviendas turísticas resulta imprescindible, igual que una planificación territorial rigurosa y límites de capacidad cuando un espacio los necesita. Un ejemplo interesante es la Playa de As Catedrais, en Galicia, donde el acceso durante determinadas épocas del año está regulado mediante reserva gratuita y un aforo limitado para proteger el ecosistema. El objetivo no es excluir a quien pueda pagar más, sino repartir el uso de un bien común sin comprometer su conservación.

Quizá también convenga revisar nuestra propia manera de entender las vacaciones. El turismo actual, paradójicamente, juega muchas veces en contra de la idea misma del descanso. Acumulamos destinos, fotografías y experiencias con la sensación de que debemos aprovechar cada minuto. Al final regresamos agotados, casi necesitando otras vacaciones para recuperarnos de las primeras.

Con los años he descubierto, que los recuerdos más valiosos de unas vacaciones, rara vez tienen que ver con el monumento más fotografiado. Permanecen las conversaciones sin prisas, las sobremesas interminables, los paseos compartidos y ese tiempo, tan escaso durante el resto del año, dedicado simplemente a estar con quienes queremos.

Si realmente buscamos escapar del ritmo acelerado de la vida cotidiana, tal vez necesitemos justamente lo contrario: unas vacaciones más lentas. Viajar menos deprisa, permanecer más tiempo en un mismo lugar, observar, leer, conversar, caminar sin un itinerario obsesivo y desconectar durante unas horas del teléfono móvil. Frente al turismo enlatado, programado al minuto, existe otra forma de viajar que deja menos huella sobre el territorio y más huella en quienes lo viven.

Posiblemente el verdadero éxito de unas vacaciones no consista en acumular experiencias, sino en recuperar aquello que el ritmo cotidiano suele arrebatarnos: el descanso, la atención, la curiosidad y el tiempo compartido con las personas que dan sentido a nuestra vida.

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